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  • Ambigüedad

    Antonio Caballero analiza el nuevo comercial del Ministerio de Defensa en donde se hermana al ejército libertador de la Independencia con el ejército nacional.

    2010/05/27

    Por Antonio Caballero

    Sale en televisión varias veces al día, en horario “triple A”, un anuncio del Ministerio de Defensa más largo y ambicioso que un anuncio normal: casi como un cortometraje de sobreprecio. Y debió costar bastante producirlo, con sus centenares de extras, sus docenas de caballos al galope, sus cuatro o cinco helicópteros artillados en vuelo rasante y su derroche de utilería y guardarropía: ruanas blancas y pardas y casacas rojas de botones dorados, machetes y fusiles, cascos de punta que evocan alguna decimonónica guerra europea y otros más nuevos, con redecilla para las hojas del camuflaje, de la más reciente de los gringos en Vietnam. Cañones, bayonetas, visores infrarrojos. Un campesino de corrosca con la cara tiznada de pólvora comenta en medio del combate:

    –Está duro, ¿no?

    Y un más moderno soldado “carapintada”, fusil Galil en mano, le responde en tono firme de candidato presidencial:

    –¡Pero se puede!

    Una solemne voz en off informa a los televidentes:

    –Pueden haber cambiado los tiempos. El objetivo sigue siendo el mismo: luchar por la libertad, la soberanía y la seguridad de Colombia.

    Pero no queda claro el sentido del mensaje. ¿Se trata de incitar al alzamiento en armas contra las autoridades constituidas, como el de los rebeldes criollos de hace dos siglos contra España? ¿O, al contrario, de propiciar la fraternización entre soldados y campesinos? ¿Y qué entiende exactamente la severa voz solemne por la palabra libertad? ¿Y a qué soberanía apuntan esos Black Hawks del Plan Colombia que se levantan detrás? Y la seguridad que menciona ¿es la de quién? Por mucho que haya costado, ese anuncio de televisión no quedó bien hecho.

    Concluye la solemne voz en off:

    –Los héroes en Colombia ¡sí existen!

    Pero ¿cuáles son? Porque en Colombia, país en conflicto, cada cual considera héroes a los combatientes del propio bando y criminales a todos los demás. Para el Ejército nacional, promotor del anuncio, los héroes son sus soldados, como es natural. Pero los hoy presos narcoparamilitares de las AUC se llamaban a sí mismos “Héroes de Tolová”, o “de los Llanos”, o “de los Montes de María”, o nada menos que “Héroes Libertadores del Sur”, para dejar bien claro que también para ellos “el objetivo sigue siendo el mismo”. Como lo es para los narcoguerrilleros de las Farc y del ELN, que siguen hablando de “la segunda Independencia” y celebran el “Día del guerrillero heroico”.

    Los héroes lo son, o no, dependiendo de quién los mira.

    Aunque hay algunos que, al revés, terminan siendo reclamados como propios por los más enconados adversarios. Es el caso de Bolívar, tan llevado y traído y tironeado para aquí y para allá con ocasión de este Bicentenario de la Independencia a que alude el anuncio de la televisión. (Bicentenario que, por otra parte, poco tiene que ver con Bolívar, y menos con la Independencia: es el de las patrias bobas y ensangrentadas de nuestras primeras guerras civiles). Todos lo reclaman como suyo. La “revolución bolivariana” de Hugo Chávez y la “seguridad democrática” de Álvaro Uribe; la “Coordinadora bolivariana” de las Farc y la “Academia bolivariana” de los militares en retiro. No había terminado de agonizar Simón Bolívar, huyendo de las traiciones de los suyos, cuando ya esos mismos despresaban su herencia ideológica y política como el cadáver de un pollo: sus palabras, sus acciones, sin tener en cuenta –o por eso mismo– que muchas veces las unas se contradecían con las otras.

    Porque Bolívares hay muchos. Hace ya bastantes años el sabio polígrafo Enrique Uribe White editó un libro espléndido titulado Iconografía del Libertador, copiosamente ilustrado. No solo con imágenes, retratos del natural o pintados de oídas, sino con descripciones escritas del personaje, también de testigos que lo conocieron en vida o de fisiólogos que analizaron sus restos después de la muerte. Y no hay dos que se parezcan.

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