"La ley es acompañar a los muertos, aunque la ley es que los muertos deben irse solos": Andrea Mejía. "La ley es acompañar a los muertos, aunque la ley es que los muertos deben irse solos": Andrea Mejía.

Debilidad: una columna de Andrea Mejía

“La imaginación y la memoria están íntimamente ligadas. Por esos dos poderes sostenemos en nuestra mente las cosas ausentes”.

2019/04/15

Por Andrea Mejía

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Estoy esperando en una tienda a que alguien me diga qué le pasa a mi computador; es la batería, traje la batería de un computador viejo para que la cambien, pero eso no se puede hacer. No se pueden cambiar las piezas, todo debe ser nuevo y brillante, rutilante y muy caro y muy pronto inservible. Es la ley. Pero esa no es la ley, pienso. Mientras espero, leo de un libro que he traído conmigo. Llevo un tiempo leyéndolo, meses, porque he interrumpido mucho su lectura, pero ya casi voy a llegar al final. Siempre la misma emoción de estar llegando al final de un libro.

No hay sillas en la tienda y entonces leo de pie. Aunque el chico del servicio técnico se demora, no estoy de mal genio. Es un buen tipo. Tal vez está desvalijando mi computador viejo, pero qué más da. Me siento débil porque tengo una gripa leve. Tal vez por algo más que no me interesa desentrañar. Tengo en la mente la escena que acabo de leer en mi libro, la de una anciana que abandona un concierto de Mahler antes de que la música termine. Es una escena bellísima. La anciana camina en la oscuridad del teatro hacia la puerta de salida. Su pelo blanco brilla por la luz azul que irradia el escenario. Brilla como una corona. Casi creo estar ahí. Imagino a esa anciana como el ser humano más bello de la Tierra. Pienso en mi abuela y en todo lo que le debo. Me alegra mucho que esté viva y no puedo imaginar cómo será cuando ella muera. Ella no lleva el pelo blanco, se lo pinta de un color oro ceniza. Es el último bastión de su vanidad. Siempre ha sido muy guapa.

Me acuerdo de que una amiga me contó que una noche llevó a su abuela a un concierto, o a una obra. Y algo malo pasaba, eso no lo recuerdo, pero en todo caso no era muy grave y lo que me quedó de la historia es que mi amiga recorría con su abuela, tomándola del brazo, las escaleras interminables del teatro, cubiertas de una alfombra roja; que ellas bajaban despacio por esos peldaños mullidos, mi amiga acompañando a su abuela, escoltándola con pasos inaudibles. Casi creo también verlas. Esa es la ley, pienso; aunque la ley no puede aparecer ante la imaginación.

La memoria es sinuosa y lenta. Pero mi amiga y su abuela no son para mí un recuerdo. ¿Qué son? ¿Y por qué están como vivas y bajando esa escalera en mi cabeza? ¿Cómo llegó a mí esa otra anciana, la que avanza sola en la penumbra de un teatro? Vino del libro que sostengo de pie en esta tienda de aparatos donde pronto volverá a aparecer el chico de servicio técnico para decirme que mi computador no tiene arreglo; vino de mucho más allá, no pertenece a nadie. Pero ahí está, aparecida, con su pelo blanco, dando pasos lentos hacia adelante, sobrellevando su vida de espíritu en el medio radiante y móvil de la imaginación. ¿Por qué habrá querido abandonar el teatro antes de que el concierto terminara? No puedo seguirla más allá de la salida, ni sé si va a morir afuera al perderse en el viento frío de la noche.

La ley es acompañar a los muertos, aunque la ley es que los muertos deben irse solos.

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Vuelvo a mi abuela, a la última conversación que tuvimos en su balcón. Me sirvió té negro y trocitos de chocolate que yo mordisqueaba distraída mientras le contaba una historia que creía que era muy buena. Nana, tengo que contarte algo, le dije. Ella me dejó hablar y me oyó sin sobresaltarse. Luego habló ella. Mi abuela es en verdad increíblemente guapa. Y cuando habla todo se impregna de la calma de sus ojos medio grises, medio azules. Su serenidad es esa forma tan alta de inteligencia.

La imaginación y la memoria están íntimamente ligadas. Por esos dos poderes sostenemos en nuestra mente las cosas ausentes. A veces las imágenes son débiles y se espantan. Pero desde su materia muda, hechas casi solo de luz y de polvo, pueden traer, como la imagen de mi abuela, la mayor de las dulzuras.

Un chico a mi lado se prueba unos audífonos inalámbricos. Dejo que las luces de la tienda me permeen y me caigan desde arriba. Que me rodeen todas las cosas que venden, leves, rígidas y deslumbrantes. Hay teléfonos y relojes inteligentes, pantallas, audífonos de muchos modelos y carcasas protectoras hechas de siliconas brillantes. En el televisor hay un video de Shakira. No se le entiende nada de lo que canta, pero supongo que eso no importa mucho.

No me opongo ni resisto. Pienso que en la pasividad hay una fuerza secreta, y en mi debilidad hay una especie muy honda de alegría.

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