Fidel Cano, director de 'El Espectador'. Fidel Cano, director de 'El Espectador'.

La crisis de los medios nos compete a todos: el editorial de ARCADIA

Uno de los elementos básicos del periodismo es “su deber es hacia el ciudadano”, pero poco a poco se hace urgente que los ciudadanos al menos reflexionen sobre su deber con el periodismo.

2019/04/15

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Hace pocas semanas, en las redes sociales del diario El Espectador, apareció una foto que muestra al abogado penalista Abelardo de la Espriella acompañado de un aviso que dice que en “la firma DE LA ESPRIELLA Lawyers Enterprise los resultados hablan por sí solos” y que es “el mejor bufete de Colombia por Leaders League”. El post, publicado en Twitter y Facebook, también dice que se trata de una “colaboración pagada” entre el diario y la firma. Paradójicamente, no todos los días las notas que el diario comparte en sus redes sociales –muchas de ellas independientes, críticas, arriesgadas– alcanzan los números del post de esa “colaboración”: más de trece mil quinientas personas le dieron like y casi cuatro mil la compartieron en Facebook.

La tormenta de críticas al criterio comercial del diario y a su director, Fidel Cano, no se hizo esperar. Y llegó a tal punto que días después, el 10 de abril, el propio Cano salió en un video a defenderse. Dijo que era consciente de que el post “golpeó a las personas que valoran el periodismo que hacemos” y admitió que el asunto le había dejado enseñanzas: ahora identificaría con más claridad una activación de redes sociales surgida de una alianza comercial y sometería las acciones comerciales de ese tipo a mejores controles para no perjudicar la voz de su periódico.

Pero, en el video, Cano –un periodista independiente y crítico proveniente de una familia precursora de esa tradición– aclaró que en El Espectador está muy clara la separación entre publicidad e información, y le dio un giro al debate para dejar de defenderse y, más bien, plantear preguntas. ¿Puede un medio de comunicación, por principio, abstenerse a dar espacios de publicidad? ¿Y puede hacerlo, en términos prácticos, dada la grave crisis que hoy pone en riesgo la existencia de los medios y, por ende, del periodismo? Para cerrar, se mostró sorprendido por que, con sus críticas y desde una cuestionable superioridad moral, “reconocidos defensores de la libertad de expresión” prácticamente le habían exigido “una censura previa” del contenido comercial. Luego agregó, en un tono jocoso, “un contenido patrocinado final”: “Si lo que quieren es apoyar el periodismo (…), harían bien promoviendo más suscripciones para que dependamos menos de la publicidad”.

Es probable que el episodio se olvide pronto. Pero pocas veces un director de un medio se ha dirigido de forma crítica a sus audiencias, y esto debería iluminar una zona hasta ahora poco explorada del debate sobre la independencia y la subsistencia del periodismo colombiano: la parte de responsabilidad que tienen, pero no siempre reconocen, quienes lo consumen, lo necesitan y, legítimamente, lo critican.

En el corazón de la crisis que vive hoy el periodismo –que vivimos sus profesionales y sus medios– está la quiebra de un modelo de negocio: el colapso, precisamente, de la pauta publicitaria que durante décadas mantuvo en pie a medios y periodistas aguerridos (usted tiene en sus manos un claro ejemplo de esto: solo muy pocas editoriales pautaron en esta edición dedicada a la Feria del Libro de Bogotá). Como escribió hace unos años el filósofo alemán Jürgen Habermas, cuando en su país se asomó por primera vez la crisis: “Antes, el mercado liberó la comunicación política; ahora, amenaza con coartar la vitalidad discursiva del periodismo de calidad”.

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Primordialmente, podría pensarse, es tarea de los mismos medios, de sus líderes, abordar el problema con urgencia y buscar una solución mediante una transformación y un regreso a la raíz: la excelencia y la independencia. Algunos medios han perecido en el camino; otros se mantienen en pie con donaciones y apoyos internacionales, y algunas empresas de medios han emprendido el camino de forma autónoma y con determinación (entre estas, el Grupo Semana, casa editorial de ARCADIA).

Pero la tarea es ardua. Lo es porque no será siempre fácil discernir en medio de la desesperación (nadie ha preguntado cuánta plata le ofreció De la Espriella a El Espectador; nadie imagina cuántos sueldos ayudó a pagar) y porque si el modelo para mantenerse a flote significa un sometimiento a lógicas del mercado a costa de la independencia, la creatividad y la calidad, el valor democrático y social del periodismo se marchita. La transformación de los medios podría quedar incompleta si la sociedad no pasa de la indiferencia y la mera exigencia a la solidaridad y el respaldo; si no se entiende que la relación medio-audiencia será fundamental en un futuro muy próximo; si no es claro que, así como la satisfacción de la audiencia dependerá de los esfuerzos del medio, la independencia del medio dependerá de que la audiencia lo respalde. Y con urgencia.

Un medio de prensa es un bien cultural y patrimonial frágil al no poder depender de un subsidio del Estado. También es frágil porque tampoco puede depender de un modelo de mercado que ponga en riesgo su credibilidad: ya vimos una muestra de ese peligro en el caso de El Espectador. El camino parece estar, de nuevo, en la relación con el ciudadano, y con entidades que representen sus causas. Bien decían los teóricos del periodismo estadounidense Kovach y Rosenstiel: uno de los elementos básicos del oficio es que “su deber es hacia el ciudadano”. Poco a poco se hace urgente que los ciudadanos al menos reflexionen sobre su deber con el periodismo.

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