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  • Imagen del estado actual del Salto del Tequendama. Cortesía El Espectador.
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  • Lo que fue el Salto

    Antonio Caballero recuerda el poético pasado de el Salto del Tequendama y hace una radiografía del país a partir del pésimo estado en el que se encuentra actualmente.

    2010/03/16

    Por Antonio Caballero

    Ese hueco que ustedes ven ahí, negro de puro sucio en una franja vertical como rayada de hollín o untada de betún, es, era, el famoso Salto de Tequendama. Yo lo recuerdo en mi niñez, deslumbrante de altísima blancura, cayendo en el estruendo de sus propias aguas como si desprendiera a pedazos, despaciosamente, en grandes paquetes de espuma que centelleaban como paquetes de luz en el vaho más pálido de la neblina eterna e iban dejando segmentos de arco iris en su caída interminable. No se le veía el fondo. Caía entre los verdes húmedos de los helechales y los pardos y ocres relucientes de la roca desnuda. Por ahí había desaguado Bochica el antiguo lago de la Sabana, rompiendo las peñas de un golpe de su vara de oro. Ahí se había detenido estupefacto el barón Humboldt, del cual los bogotanos de la época, que no conocían el Salto, solo sabían que era barón (cosa que los dejaba estupefactos). El salto era imponente, aterrador: como un dios puesto en pie. Por él se arrojaban a veces los suicidas, dejando una carta pisada con una piedra al lado del sombrero entre los borbollones de blancura.

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