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Los elevados estándares de la desesperanza

En su columna de este mes, Margarita Valencia comenta la obra de Elias Canetti

2010/03/15

Por Margarita Valencia

Kafka, Broch, Musil, Canetti: a la sombra del revoloteo histérico de los románticos ingleses y franceses, se concentra la sustancia de estas voces, las más densas y alarmantes del siglo XX: los años críticos del imperio austro-húngaro, ignorados bajo la imagen cinematográfica de la emperatriz Sissi, dejaron al mundo una obra que aun ahora roemos cautelosamente por temor a su toxicidad sin concesiones. De origen sefardí, Canetti, el menor de los cuatro, nació en Rustschuk, al borde del Danubio: “Allí vivían gentes de las más diversas procedencias; en un mismo día se podían escuchar siete u ocho idiomas diferentes”. En la tabla de contenido de sus memorias podemos seguir la ruta de su infancia y juventud: Manchester en 1911, Lausana, Viena en 1913, Zurich en 1916, después Frankfurt, Berlín, Viena de nuevo, Londres en 1938, y de vuelta a Zurich en los setenta.

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