Foto de las manifestaciones estudiantiles del pasado 9 de noviembre. Foto: Esteban Vega | SEMANA. Foto de las manifestaciones estudiantiles del pasado 9 de noviembre. Foto: Esteban Vega | SEMANA.

Sobre la violencia en las manifestaciones: una respuesta a Zuluaga y Cárdenas

Nuestro colaborador Ángel Castaño Guzmán nos hizo llegar una columna en la que responde a las reflexiones de Pedro Adrián Zuluaga y Juan Cárdenas en el artículo "¿Debe condenarse el uso de la violencia durante las protestas?", publicado la semana pasada en ARCADIA.

2018/11/19

Por Ángel Castaño Guzmán

Lea el artículo "¿Debe condenarse el uso de la violencia durante las protestas?" haciendo clic aquí

Dos cosas antes de subir al cuadrilátero. Primero, en alguna página un personaje de Coetzee tuvo el audaz acierto de cambiar el ángulo para enfocar la polémica recomendación cristiana de renunciar al desquite y poner la otra mejilla. Decía –si mal no recuerdo– que ese gesto entrañaba una actitud muy revolucionaria en medio de una sociedad acostumbrada a resolver sus líos siguiendo a rajatabla el inmemorial ojo por ojo. La venganza dista de ser sinónimo de justicia. Segundo, en una interviú el narrador y cineasta mexicano Guillermo Arriaga afirmó, respecto a la obra de Tarantino, que solo para quienes no la conocen en carne propia la violencia puede ser bella. Estas ideas saltaron de mi magín al leer las respuestas de Pedro Adrián Zuluaga y Juan Cárdenas –sofisticados miembros del radicalismo chic criollo– a la pregunta de ARCADIA de si se debía condenar el uso de la violencia en las protestas.

Con lupa miremos al diablo de los detalles. Ambos alegatos parten de la misma premisa: la principal fuente de barbarie en Colombia es la injusticia social y sus oficiantes son los detentadores del poder. No tengo reparos. Sin duda en los hombros de la mediocre y voraz élite nacional descansa la responsabilidad de los males de la patria. Para Zuluaga “esa violencia (la de las marchas) es entonces (…) respuesta a la violencia de ese poder”. Para el crítico de cine –laureado hace nada con el Premio Simón Bolívar–, los choques de los manifestantes contra la policía son perfectamente entendibles pues nacen de “la rabia y la desesperación”. En otras palabras, el fuego se combate con gasolina. Así, además de alejarse de la mirada de Pasolini de los policías –hijos de pobres, sembrados en las periferias urbanas y campesinas–, Zuluaga justifica una práctica cuya torpeza está de sobra comprobada por la historia del país. ¿De qué han servido las mil batallas campales entre encapuchados e integrantes del Esmad, salvo para darle combustible electoral a la derecha cerril? La eficaz resistencia se cimienta en la sabiduría, en la palabra y el gesto no-violento. Se pone en jaque a la clase corrupta con el potente coctel del argumento y la creatividad pacífica, no con el molotov. De lo anterior dan elocuente testimonio los legados del reverendo King y de Monseñor Romero.

Por su parte, Cárdenas no se sonroja al calificar de natural los dislates vandálicos. El novelista cae en picada en el peor de los juegos: el de tasar quién hace más daño, el manifestante o el agente del orden. De esa forma, la “piedra lanzada con la cauchera” –¿cómo no pensar acá en el pastor judío y en el gigante filisteo?– no es criticable mientras sí lo es el gas lacrimógeno. El error de Cárdenas es del tamaño de Bacatá: ni la roca ni la bala son herramientas para resolver los dilemas sociales. La nuestra es una cronología del salvajismo precisamente por no encontrar el camino de proscribir de una vez y para siempre el uso de la violencia en los asuntos políticos.  

Dos cosas antes de bajar del ring. Uno: con estas respuestas, Zuluaga y Cárdenas se inscriben en la larga lista de letrados colombianos seducidos por el luminoso y vago concepto de la violencia. A lo mejor sin saberlo repiten dispositivos retóricos empleados antaño por Miguel Antonio Caro para boicotear a la república liberal de los gólgotas o por los agitadores profesionales de los sesenta para validar la insurgencia militar y el sacrificio de la hornada de Camilo Torres, Jaime Arenas y muchos otros. Tal vez en el discurso de sofá el acto violento sea sexi. En la realidad no lo es: no son sexis ni revolucionarios ni útiles la sangre derramada ni el cráneo hecho astillas después de recibir una descarga de metralla. Dos: el acuerdo de paz entre las Farc y el gobierno abrió una puerta para construir una ética ciudadana capaz de acometer las urgentes transformaciones sociales dentro del campo de la civilidad, el respeto y la democracia. Asombra por ello que dos escuderos entusiastas del Sí en el plebiscito del 2 de octubre derrapen de tal manera. La violencia –no importan los móviles de quien la ejerza– mancilla con mierda la nobleza de los fines.

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