“Ningún historiador interesado en los nexos entre religión y ciclismo debería dejar de lado el que tal vez sea el episodio más espinoso de esa disciplina”, escribe Mario Jursich. “Ningún historiador interesado en los nexos entre religión y ciclismo debería dejar de lado el que tal vez sea el episodio más espinoso de esa disciplina”, escribe Mario Jursich.

Tareas pendientes para un historiador ciclista

“Ningún historiador interesado en los nexos entre religión y ciclismo debería dejar de lado el que tal vez sea el episodio más espinoso de esa disciplina”, escribe Mario Jursich.

2019/08/26

Por Mario Jursich

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En su imprescindible Reyes de las montañas, Matt Rendell observa que en Colombia siempre existió un poderoso vínculo entre religión y ciclismo, y que por eso los términos que utilizamos para hablar de los santos cristianos a menudo nos sirven, sin siquiera fórmulas de transición, para describir a los héroes de la bicicleta. Eso era cierto hace setenta años, cuando Carlos Arturo Rueda describía las etapas de montaña de la Vuelta a Colombia como un “viacrucis”, y lo sigue siendo ahora que los sinónimos de “martirio” afloran en la boca de los comentaristas no bien el camino se empina y muchos corredores empiezan a flaquear. En un país geográficamente accidentado, con corredores de origen rural y con predominio de la educación católica –dice Rendell–, no sorprende que la imagen de Cristo subiendo al Calvario sea una metáfora de lo que implica conquistar las cumbres y del precio exorbitante que deben pagar por ese anhelo. Tal como nos recuerda la icónica foto de Lucho Herrera entrando con la cara ensangrentada al puerto de Saint-Étienne, la gloria deportiva, lo mismo que la santidad, solo se alcanza a través de la mortificación de la carne.

Es una lástima que esa intuición tan certera de Rendell se haya convertido, además de un lugar común, en una frase vacía de contenido histórico. Porque si bien es cierto que entre religión y ciclismo existe una poderosa mancuerna, también lo es que esa alianza ha experimentado numerosas paradojas a través del tiempo.

Cuando el inglés John Starley presentó en 1885 la primera bicicleta moderna, quienes primero reaccionaron escandalizados por los efectos que ese “vehículo anárquico” tendría en la moral pública fueron algunos hombres de ciencia y, muy señaladamente, los sacerdotes católicos. Esa resistencia se ha documentado bien para el contexto europeo –en 1900 el criminalista Cesare Lombroso sentenció que la bicicleta era “el vehículo más rápido en el camino a la delincuencia, porque la pasión por el pedal arrastra al robo, la estafa y el atraco”–; pero en el caso colombiano hacen falta historiadores que verifiquen si los denuestos contra el “artero velocípedo” de monseñor Builes fueron una manifestación aislada de su neurastenia en contra de los inventos modernos o una posición de conjunto de la jerarquía eclesiástica. Builes creía, y así lo dijo varias veces, que la grupa de los caballos, lo mismo que el sillín de las bicicletas, estimulaba la zona pélvica de las mujeres hasta un punto paroxístico, convirtiéndolas en criaturas licenciosas sin compostura ni moderación.

A la hora de verificar el alcance de estos vituperios, nuestro hipotético historiador también debería revisar el papel cumplido por los intelectuales en la aceptación o rechazo de la bicicleta, así como inventariar la amplia y con frecuencia humorística red de sinónimos que la introducción de ese nuevo medio de transporte produjo en el español colombiano.

Para lo primero resulta muy útil una conocida carta de Tomás Carrasquilla de 1895 en la que el escritor antioqueño se muestra maravillado con esos vehículos recién descubiertos en la fría Bogotá (“¡Qué delicia ver esas gentes resbalando en esas ruedas, con esa suavidad, esa delicadeza, esa rapidez y esa gracia!”), pero sobre todo su cuento “Blanca”, en el cual el autor de En la diestra de Dios Padre ironiza sobre los extravíos del Negro Rivera por andar montando a toda hora en bici y su posterior rehabilitación como esposo modelo gracias a un accidente que le arruina la rodilla izquierda.

Para lo segundo, el punto de partida inevitable es el Lexicón de colombianismos, de Mario Alario di Filippo, que ya en su primera edición de 1964 destaca que “cicla” es un aporte local al léxico deportivo del español, aunque sin añadir el estudio de contexto indispensable al momento de establecer la relación entre el nombre de una cosa y su significado. Ante nuestros oídos modernos el “pedal”, que tanto inquietaba a Lombroso, es, como dice el DRAE desde 1899, la “palanca que pone en movimiento un mecanismo oprimiéndola con el pie”; los colombianos de principios del siglo XX, en cambio, entendían casi exclusivamente con esa palabra el adminículo que tienen los pianos y las arpas y que ayuda a cambiar el sonido de algunas notas.

Por último, ningún historiador interesado en los nexos entre religión y ciclismo debería dejar de lado el que tal vez sea el episodio más espinoso de esa disciplina. Se admite sin mayores reservas que la figura central en la promoción del ciclismo como deporte de masas en Colombia es el sacerdote Efraín Rozo Rincón. Desde que en 1949 ganó la prueba de los cien kilómetros en los Juegos Nacionales de Santa Marta, el cura de Chiquinquirá nunca dejó de alentar “el apostolado del deporte” y la celebración de ciclopaseos y ciclomisas. Por desgracia, también parece que esas actividades eran la fachada para encubrir sus pasiones de pederasta. Por el bien del propio ciclismo, por respeto a la memoria de las posibles víctimas, los historiadores deberían establecer con claridad si el padre Rozo fue, además de ese entusiasta de la bicicleta que conocimos, el taimado violador de niños que desconocemos.

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