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Un violinista en el metro

¿Qué pasaría si nos pusieran a leer grandes obras literarias sin que supíeramos el nombre del autor? ¿Seríamos capaces de reconocer el genio?

2010/03/15

Hay una incómoda pregunta que muchos lectores se habrán hecho alguna vez en la vida, y que tal vez no hayan querido responderse. ¿Qué pasaría si a uno lo pusieran a leer grandes obras de la literatura sin que en ninguna parte del libro apareciera el nombre del autor? ¿Alabaríamos con tanta convicción la sutileza de un cuento de Chejov? ¿Nos perturbaría tanto un monólogo de Samuel Beckett? ¿Aplaudiríamos de pie y con tanto ahínco a García Márquez?

En otras palabras, ¿cuál es el peso real, el tamaño de la influencia de la sanción de la historia sobre nuestros juicios estéticos? ¿Cuál es la dosis de oculta hipocresía que manejamos con nosotros mismos cuando decimos que nos encanta Mozart o Bach o Picasso o Miguel Ángel? ¿Realmente somos capaces de reconocer el genio si no viene “empacado” correctamente, legitimado por un gran museo, premiado por una prestigiosa Academia, refrendado por la historia oficial de la cultura?

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