"Me impresionó la mezquindad de los miembros del gremio, tan urgidos de reconvenir a una colega, pero sobre todo me impresionó la falta de astucia que les impidió darse cuenta de que cuanto más manoseaban la palabra “verdad” más ponían en evidencia la simulación de su escándalo". "Me impresionó la mezquindad de los miembros del gremio, tan urgidos de reconvenir a una colega, pero sobre todo me impresionó la falta de astucia que les impidió darse cuenta de que cuanto más manoseaban la palabra “verdad” más ponían en evidencia la simulación de su escándalo".

Carolina Sanín escribe sobre el episodio de Vicky Dávila y Hassan Nassar

"Es interesante que la envidia sea un sentimiento tan difícil de ocultar".

2020/02/25

Por Carolina Sanín

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El otro día sucedió que la periodista Vicky Dávila, en su programa de internet de Semana, entrevistó a Hassan Nassar, antiguo colega suyo devenido alto consejero presidencial de comunicaciones, sobre una posible irregularidad en un vuelo del avión presidencial –realmente con nula trascendencia–. El consejero le respondió preguntándole a ella sobre un viaje suyo del pasado en el avión presidencial –también con nula trascendencia, y con la nulidad añadida de que el interrogatorio a la periodista no tenía ninguna pertinencia en el cuestionamiento al presidente– y procedió a acusarla de hipocresía. Ella se encolerizó, y él combinó maniobras aviesas con una utilización pasmosamente irreflexiva del lenguaje: se destacaron en su discurso un “Permítame que le dé un comparativo” (en lugar de “Permítame que haga una comparación”) y un “Vamos a poner insumos sobre la mesa” (aparentemente sin la menor idea del significado de “insumos” y quizá queriendo decir “información” o “datos”).

En el minuto octavo de la entrevista, que se puede ver en YouTube, Dávila dice: “¿Usted quiere que le diga qué pienso de usted? Con mucho gusto se lo digo”. Y entonces empieza la andanada. Ella llama a su entrevistado “inepto”, “patán”, “lagarto” “vergonzoso”, “fracasado”, “cobarde”, “tipejo”, “cosa”, “bárbaro”, “incapaz”, “badulaque”, “payaso”, “indecente”, “Tarzán” y “Archibaldo”, mientras él, que fue quien planteó una pelea personal, le reprocha, con cínica calma, que esté llevando a ese terreno la discusión, y salmodia por lo bajo fórmulas consabidas de tiralapiedra y escondelamano, con fariseísmos del estilo de “Gracias por su gentileza”. Luego termina la llamada.

El episodio no habría debido sobrevivir a un nuevo sol –pues, lastimosamente, en varios minutos de ataques y contraataques no se le ocurrió a nadie una línea ingeniosa, ni se hizo ninguna revelación íntima, ni se pronunció ninguna bella crueldad–, pero, en los días siguientes, varios y varias colegas de Dávila aprovecharon para darse autobombo menoscabando a la protagonista. Un patriarca famosamente hábil para revestir de pompa el lugar común dijo desde su solio que, tras ver el programa, “me sentí avergonzado de ser periodista” en una entrevista en la que, con motivo del Día Mundial de la Radio, habló de “la verdad por encima de todo” en la profesión. Una presentadora de noticias tuiteó que “el episodio de ayer entre dos colegas produjo una herida muy grande al (sic) periodismo”, otro salió con el disparate melodramático de que “ayer el periodismo colombiano murió un poco”, y otra ostentó sin ningún pudor su agresividad pasiva en un blog en que le dedica a Dávila insultos propios de madre superiora, tan ruines como carentes de imaginación (“Has perdido la brújula”), pero, eso sí, la trata de tú y se dirige a ella como “estimada”, dando a entender que en esa cortesía mendaz radica la ética profesional.

Personas que jamás se han esforzado por conocer el significado de las palabras que usan (que debería ser una cuestión ética capital para alguien que pretenda transmitir información) reivindicaron su “dignidad de comunicadores” y se distinguieron con el título de “periodistas de verdad”, supongo que en oposición a aquellos que presentan un espectáculo y tienen audiencia. Me impresionó la mezquindad de los miembros del gremio, tan urgidos de reconvenir a una colega, pero sobre todo me impresionó la falta de astucia que les impidió darse cuenta de que cuanto más manoseaban la palabra “verdad” más ponían en evidencia la simulación de su escándalo. Es interesante que la envidia sea un sentimiento tan difícil de ocultar. Y, si no fuera solamente mala fe, lo que mostraron sería también ingenuidad; pues, según lo que dijeron, no se habían dado cuenta de que el periodismo es también un espectáculo, y una entrevista es una obra.

Todo lo que los seres humanos hacemos frente a un espectador es drama, y es una gran tontería la sentencia prefabricada de Juan Gossaín de “La verdad por encima de todo”. Los periodistas no pueden conocer ni decir la verdad más que otros artífices. Pueden, sí, dar cuenta de hechos; es decir, de cierto plano de la realidad factual, que no es equivalente a “la verdad”. Podrían también, a veces, descuidando un poco sus aspiraciones diplomáticas y políticas, mostrar una emoción sentida genuinamente, y así acercarse a otro plano más real de la realidad. Por eso, lejos de ser deplorable, es de agradecer un embravecimiento espontáneo en público –una pérdida momentánea del papel, o una auténtica incorporación del papel– como el de Vicky Dávila frente a Hassan Nassar. (Y además fue bonito que, por una vez, en medio del desinterés del periodismo colombiano por el lenguaje, una periodista buscara y buscara la palabra precisa –aunque fuera un insulto–.)

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