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  • Muamar Gadafi, portada de Semana del 28 de febrero (izq), e imagen interior de la misma edición (der).
  • Muamar Gadafi, portada de Semana del 28 de febrero (izq), e imagen interior de la misma edición (der).
  • Muamar Gadafi, portada de Semana del 28 de febrero (izq), e imagen interior de la misma edición (der).
  • La diferencia

    Antonio Caballero analiza la imagen de Muamar Gadafi antes y después de la revolución que se levantó en su contra.

    2011/03/30

    Por Antonio Caballero

    Observen con cuidado estas dos fotografías, y compárenlas, co-mo en ese pasatiempo de “las siete diferencias” que algunas revistas publican entre el crucigrama y el horóscopo. Las dos aparecieron en la revista Semana del 28 de febrero pasado. Se trata de la misma persona: Muamar Gadafi, guía supremo de la Revolución libia. O no se sabe bien, pues cuando escribo esto está en marcha una revolución Libia contra ese mismo Muamar Gadafi, que se defiende a cañonazos. Entonces, ¿guía supremo de la contra-revolución libia?

     

    En fin: sea su título el que sea, el caso es que se trata de la misma persona. Pero en la fotografía de la izquierda —gafas oscuras, quepis militar de impoluta blancura con tupidos bordados de oro, charreteras, camisa, corbata— Gadafi parece un almirante italiano. Y en la de la derecha —turbante enrollado en la cabeza, gandura color tierra— parece un camellero beduino. Y las diferencias no son solo de atuendo, sino también de cara. En la foto de la izquierda —altivo y teatral el gesto, recién bañadas las mejillas con loción after-shave humidificante— Gadafi es un actor de Hollywood o de Cinecittá. En cambio, en la de la derecha —torvo el gesto, los párpados hinchados por las tormentas de arena del desierto y en la barbilla una rala pelambre de muchos días— es un camellero beduino.

     

    ¿Qué ha cambiado entre una y otra foto? El poder, podría decirse. Aunque sobre las propiedades estéticas del poder, para bien o para mal, las opiniones tienden a ser discrepantes. Henry Kissinger, cuando era Secretario de Estado de los Estados Unidos, aseguraba que el poder de su cargo lo había embellecido a él considerablemente. Valéry Giscard d’Estaing, cuando era presidente de Francia, afirmaba por el contrario que a él el poder lo había vuelto feo. Hace unos días contó en la prensa un poeta español de visita en Colombia que una amiga suya le había confesado que, desde que asumió la presidencia de la República, a ella Juan Manuel Santos le parece “hasta guapo”. Pero en cambio, el Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi, pese al bótox y a los implantes capilares, sólo consigue que lo llamen “papito” cuando paga en efectivo. De modo que no se sabe.

     

    Y, por otra parte, Muamar Gadafi tenía el mismo poder cuando le fueron tomadas las dos fotografías, aunque correspondan a dos momentos distintos: en la primera está exhibiendo ese poder; en la segunda, lo está ejerciendo. Y en dos lugares distintos: la primera fue tomada en Italia, la segunda, en Libia (o, más exactamente, fue reproducida de una transmisión de la televisión libia). Pero eso no es tampoco lo que importa. La verdadera diferencia entre las dos imágenes de Muamar Gadafi que se reproducen aquí es solo una, no siete, y está en la mirada del fotógrafo. O, más exactamente, en la del espectador que las contempla. La que lo presenta como un actor de cine con cara de italiano es vista como el retrato de un amigo de Occidente: un rico jeque del petróleo, cliente de las industrias europeas y norteamericanas de armamento, socio de sus empresas petroleras, y cuentahabiente (hasta por 100 mil millones de euros, según se dice) de sus bancos. La otra, la que lo muestra con cara de beduino, es vista como el retrato de un inmigrante ilegal norteafricano.

     

    Y no es lo mismo, claro.

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