Carolina Sanín Carolina Sanín
  • La ley y el orden

    2013/01/22

    Por Carolina Sanín

    Muchos de mis recuerdos más nítidos tienen que ver con la televisión. Mi noción del pasado histórico pudo originarse con la noticia de que no había televisión cuando mis padres eran pequeños, y mi imagen del futuro, en un tiempo en que el futuro era la mayor parte de mi vida, estaba cifrada en un televisor y en su promesa de conjunción de ficción y realidad: llegaría el día en que uno podría hablar con las personas que estaban en la pantalla y hacer que ellas le enviaran, por ejemplo, un sánduche. Uno de mis primeros recuerdos es el de preguntar, anticipando que no entendería la respuesta, por qué en la televisión hacía sol si en la ventana atardecía. Los programas nocturnos me estaban prohibidos y su eco me llegaba a través del corredor y me llevaba al sueño. Los comerciales me gustaban aún más que los programas. Había solo tres canales. Durante la hora que mediaba entre la llegada del colegio y el inicio de la programación sentía que la realidad me abandonaba. Varias veces llegué a encender el televisor a sabiendas de que no estaban presentando nada, para ver la lluvia estática en la pantalla. Luego llegaron las antenas parabólicas y la ciudad fue un generoso paisaje de orejas gigantescas.

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