“Un enemigo es un poco lo contrario de un río vivo. Está quieto, inmóvil. Un enemigo tampoco está vivo. Por eso deja tan pronto de existir”. “Un enemigo es un poco lo contrario de un río vivo. Está quieto, inmóvil. Un enemigo tampoco está vivo. Por eso deja tan pronto de existir”.

Mi enemigo: una columna de Andrea Mejía

“Un enemigo es un poco lo contrario de un río vivo. Está quieto, inmóvil. Un enemigo tampoco está vivo. Por eso deja tan pronto de existir”.

2019/12/04

Por Andrea Mejía

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A mi amigo Étienne lo atropelló un carro en París y murió el 6 de enero de 2018, hace ya casi dos años. La última vez que lo vi fue cuando fuimos a La Macarena con Anne, su esposa. En el río, las algas rojas nos corrían entre los dedos. Ellos se sentaron en el agua; yo me hice a un lado, me sumergí hasta el fondo de un pozo y volví a salir. El río no tenía orillas, era un paisaje rocoso y rojo, húmedo, infinito. Étienne dio un mal paso, resbaló en una piedra brillante y se abrió el codo. Fuimos al hospital del pueblo. Le tomé una foto: él con su camisa blanca tendía dócilmente el brazo a la enfermera que le iba a coser unos puntos; me sonreía a través de la ventana abierta de la sala que tenía una camilla, vidrieras con instrumentos quirúrgicos, neveras que tendrían adentro vacunas y antibióticos, sueros para las mordeduras de serpientes. (Luego yo perdería esa foto al perder mi viejo teléfono.) La enfermera seguía cosiendo la herida de Étienne mientras del otro lado de la ventana Anne y yo charlábamos tranquilas bajo la sombra de un árbol que había en el patio. Era imposible adivinar lo que ella pensaba en los largos momentos que permanecía en silencio, pero sus pensamientos corrían tranquilos, no dañaban a nadie ni chocaban con las cosas. Era muy buena su compañía. Los tres caminamos en chanclas por la plaza y las calles llenas de barro del pueblo. Nos sentamos a tomar cerveza fría en bancas de concreto atravesadas por grietas. De vez en cuando echábamos un vistazo a la herida de Étienne. Iba a sanar. Volvimos en una avioneta rusa de antes de todas las guerras. El estruendo del motor no dejaba oír nada de lo que decíamos: los tres nos gritábamos cosas que no entendíamos y hacíamos gestos; sonreíamos, nos reíamos.

En otra avioneta que volaba hacia Quibdó vi la sabana al despegar, el río. El río Bogotá apareció triste, como la señal de un daño, como una herida. Es un hilo negro, una gargantilla envenenada, pensé. Es igual de ondulado que los demás ríos. Pero quieto, estático. Como una serpiente seca por la muerte. Desde la altura el río sucio se veía pulcro, brillaba como un mártir. Sentí pena por el río.

Un enemigo es un poco lo contrario de un río vivo. Está quieto, inmóvil. Un enemigo tampoco está vivo. Por eso deja tan pronto de existir. A veces los ríos vivos lavan las heridas que han dejado la hostilidad pura, la arrogancia y el egoísmo, el cinismo.

Hace poco fui a un concierto con un amigo. Mi único enemigo estaba ahí, en la fila para comprar champaña. Me escondí detrás de mi amigo; no quiero verlo a él, le dije. Pensé que me estaba portando como una niña, y me alegré. Portarme como una adulta hubiera sido sonreír, dar la mano, hablar de la música como si nada, brindar con la champaña, o peor: alzar la cara en señal de rudo reconocimiento. Mi enemigo era espeso, visible, irradiaba oscuridad y frío. La próxima vez que lo vea no me esconderé. Solo lo veré sin hablarle. Ya no lo llamaré enemigo. Ya se habrá desmoronado en su quietud.

Algunas cosas solo se dicen una vez.

A unas horas de Quibdó fuimos a un río con Esteban Duperly, compañero de página, con Carolina Sanín y Antonio García. Había más gente. Tengo la impresión ahora de que todos estuvimos en silencio en ese paseo, adormecidos por las sacudidas de un bus destartalado, y después, en el río, hechizados por el verdor del agua. Nos bañamos. Recogí unas piedras, me acordé de algo que Carolina había escrito en un texto muy bello suyo sobre los ríos y se lo dije. Ella volvió nadando. Yo volví de pie en la canoa. En Quibdó, Antonio me enseñó el Diario del Alto San Juan y del Atrato, un libro magnífico de viajes. “El río es mil veces un arco”, empieza. Un amigo como Antonio es como un río, su vida corre tranquila al lado de la mía. A veces me gusta pensar que él es una compensación de la vida por lo que me hizo mi encuentro con el otro, el casi muerto, el enemigo. Pero creer en esas economías secretas sí que es pensar como una niña. Simplemente fue así.

Hay cosas que son mil veces, o muchas. La amistad permite esa repetición: volver a vernos, volver a almorzar juntos, hacer las mismas preguntas, otras nuevas, según lo que la vida haya traído. Esos meandros de la amistad siguen con mucha precisión la línea sinuosa del día, el curso de la vida, y procuran un conocimiento lento y profundo. La enemistad, si es que existe, es una línea recta, un recorrido letal que va de A a B, del momento del encuentro al momento del daño y la ruptura.

La amistad corre con la vida, es fiel a sus razones ocultas, dura mientras lazos más violentos se rompen; la amistad recién encontrada, que es como una flor, recibir un hermano en medio de la vida, o la amistad que aun si se deshace se sigue honrando. Aun en el olvido. Yo amo a mis amigos. También a los que han muerto o he perdido, a los que sienten por mí una antipatía que es inofensiva. Brillamos un día por los gestos del amor. Creo que tengo suerte, y que hay mucha gente como yo: todas las presencias en mi vida son amigables. Solo hay una presencia enemiga, que se irá; desaparecerá entre la multitud, en la fila sinuosa para comprar champaña, o pan, o algo.

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