"Sus Diarios carecen de fines propedéuticos, pero después de leer seiscientas páginas con semejante nivel de franqueza queda la convicción de que la cerca del decoro ha sido ampliamente corrida". "Sus Diarios carecen de fines propedéuticos, pero después de leer seiscientas páginas con semejante nivel de franqueza queda la convicción de que la cerca del decoro ha sido ampliamente corrida".

Sobre los Diarios de Héctor Abad Faciolince: una columna de Mario Jursich

"Sus Diarios carecen de fines propedéuticos, pero después de leer seiscientas páginas con semejante nivel de franqueza queda la convicción de que la cerca del decoro ha sido ampliamente corrida".

2019/12/04

Por Mario Jursich

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Existen al menos dos razones para que los Diarios de Héctor Abad Faciolince desconcierten a sus posibles lectores. La primera es de tipo histórico y tiene que ver con la práctica inexistencia de ese género en la literatura colombiana. Excepción hecha de José María Vargas Vila, de Ernesto Volkening, de Jorge Gaitán Durán y de Harold Alvarado Tenorio, nadie en nuestro país es amigo de publicar sus papeles privados. Por eso, cuando aparece un libro como Lo que fue presente, no es extraño que se lo juzgue en el marco estrechísimo del decoro, en vez de en la atmósfera libérrima de la literatura.

Yo no censuraré a quienes lean el nuevo libro de Abad buscando el chisme, la infidencia o el retrato negro de algún contemporáneo; aparte de que, a mi juicio, la curiosidad por los secretos ajenos es un impulso biológico, creo que leemos literatura autobiográfica básicamente por esa fuerza de tracción llamada morbo. Que alguien quiera conocer los gustos eróticos de Abad, saber cuál es el nombre de algunas personas mencionadas con iniciales o enterarse de cómo es una cena con Fidel Castro me parece tan legítimo como interesarse por asuntos más abstractos o menos mundanos.

Lo que intento decir es que si nos limitamos a leer Lo que fue presente como si solo fuera un sabroso venero de curiosidades y chismes, perderemos de vista que también es una sutil y trágica parábola sobre los misterios de la vocación artística. Con eso no me refiero a las dificultades financieras, a las dudas respecto a la propia valía o a los innumerables escollos que Abad tuvo que sortear mientras se transformaba en escritor, sino a que, por distintos motivos, se sentía predestinado para escribir novelas y llevar un diario le reveló que en realidad su enorme talento estaba en la autobiografía. Ante sí mismo, Abad fantaseaba con llevar al papel obras de imaginación, autónomas, creadas por el solo impulso de sus facultades; sin embargo, cuando abría las páginas del diario, se encontraba con que terca, obstinadamente, solo podía escribir sobre su propia vida.

Ese conflicto entre el escritor que Abad quería ser y el que en efecto era convierte a estos Diarios en una anagnórisis: paso a paso vamos viendo cómo el joven autor de veintisiete años abandona la fe en los principios taumatúrgicos de la ficción y finalmente reconoce –o acepta– cuál es su auténtico campo de batalla. No me sorprende que en la última entrada del diario, la del 8 de septiembre de 2006, Abad hable de “serenidad”. A un mes largo de publicar El olvido que seremos, sabe que, pase lo que pase con el libro, esa “felicidad tranquila” es la consecuencia de haberse convertido, finalmente, en quien debía ser. (Una transformación para la cual el Diario resultó decisivo.)

El segundo motivo por el cual estos cuadernos pueden desconcertar a quien los lea es su abrasiva sinceridad. De nuevo, como en el caso anterior, con eso no me refiero tanto a que Abad sea capaz de revelarnos cuestiones que siempre, o casi siempre, permanecen en la sombra –el monto del anticipo que le pagaron por algunos libros, los fiascos en la cama con mujeres, las miserias en un juicio por la custodia de los hijos– como a que esa franqueza tan descarnada sea una completa novedad en la literatura autobiográfica colombiana. En sus Diarios, Ernesto Volkening hace irónicas reflexiones sobre el mínimo dinero que ganan los intelectuales, pero jamás menciona cifras; de manera similar, Jorge Gaitán Durán nos cuenta episodios eróticos, pero solo si queda bañado por una luz favorable –conseguir que su amante tenga en una noche cinco orgasmos seguidos–.

La sinceridad es un valor literario ambiguo. Aunque los lectores la agradecemos, su presencia en un cuaderno de apuntes privados no es garantía de talento literario ni de lucidez introspectiva. Con todo, me parece que al volverla tan exigente, tan brutal, tan calcinante, Abad termina por convertirla en el vehículo de una moral muchísimo más humana. Sus Diarios carecen de fines propedéuticos, pero después de leer seiscientas páginas con semejante nivel de franqueza queda la convicción de que la cerca del decoro ha sido ampliamente corrida. Nada más por eso, por el aire vivificador que inyecta en la enrarecida cultura colombiana, yo saludaría con entusiasmo la publicación de este magnífico Diario.

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