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Un beso: una columna de Antonio Caballero

"Este beso que ven ustedes no es un símbolo de liberación homosexual, como por su orgulloso apasionamiento podría pensarse. Es más bien el símbolo de lo contrario: de la represión".

2010/03/15

Por Antonio Caballero

Este beso que ven ustedes no es un símbolo de liberación homosexual, como por su orgulloso apasionamiento podría pensarse. Es más bien el símbolo de lo contrario: de la represión. No sexual, sino política. Un apretado beso de lengua que atornilla el uno al otro, inextricablemente, a dos gerontocráticos dirigentes de lo que en el siglo pasado se llamó “el campo socialista”. A la izquierda, imperioso, el soviético Leonid Brejnev tiende su boca devoradora como una gruesa flor carnívora, chupadora como una ventosa de carne. A la derecha, entregado, el alemán Erich Honecker ofrece sus labios y cierra los ojos en un pasmo de abandono. Salta a la vista que –más en la intimidad, ya sin testigos– de los dos hombres el que muerde nuca es el ruso, mientras el alemán muerde almohada.

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