"Me prometo que hoy será un día normal, de leer y escribir, pero me exalta la promesa de salir de nuevo a la calle y ver el rostro hermoso de los amigos: ser más que yo mismo. Tener conversaciones con desconocidos. Cambiarles la letra a las viejas canciones para ajustarlas a las urgencias del día". "Me prometo que hoy será un día normal, de leer y escribir, pero me exalta la promesa de salir de nuevo a la calle y ver el rostro hermoso de los amigos: ser más que yo mismo. Tener conversaciones con desconocidos. Cambiarles la letra a las viejas canciones para ajustarlas a las urgencias del día".

Un diario inconcluso del paro nacional, por Pedro Adrián Zuluaga

"Me prometo que hoy será un día normal, de leer y escribir, pero me exalta la promesa de salir de nuevo a la calle y ver el rostro hermoso de los amigos: ser más que yo mismo. Tener conversaciones con desconocidos. Cambiarles la letra a las viejas canciones para ajustarlas a las urgencias del día".

2019/12/04

Por Pedro Adrián Zuluaga

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21 de noviembre

4:00 p. m. Camino de regreso al norte de Bogotá por la carrera Séptima, empapado y melancólico. En una esquina nos detenemos a leer poemas. Uno de mis amigos escoge “A quien vacila”, de Bertolt Brecht: “Las consignas son confusas, muchas palabras que eran nuestras han sido deformadas por el enemigo hasta tornarlas irreconocibles”. Muy cerca se escuchan detonaciones y rumor de gases. Y se siente una pesadez que oprime el corazón.

7:45 p. m. Un ruido insólito se traslapa con la voz del presentador de noticias en la televisión. La sobrepasa. Es un sonido metálico y tiene un eco a procesión de infancia. Percusión de ollas, cacerolas y tapas. Cucharas como baquetas improvisadas. Diástole del corazón. Alguien que ha sobrevivido conmigo la larga jornada me dice que en las redes sociales hay fotos de gente agrupada en las calles. Salimos a lo espeso de la noche.

22 de noviembre

4:00 p. m. La televisión transmite imágenes que parecen un apocalipsis zombi y las redes sociales cunden de racismo y xenofobia. La profecía de la violencia ha sido autocumplida.

5:00 p. m. Vuelve el sonido metálico de las cacerolas; se prolonga, intermitente, hasta después de las 9:00 p. m.

7:30 p. m. El toque de queda confirmado por el presidente y por el alcalde de Bogotá aviva la memoria de otras épocas. ¿Y pronto el estado de conmoción? Pienso en detenidos y torturados, en cantones y caballerizas. Y en gente que pide mano dura y aclama a un dictador.

11:30 p. m. Una amiga me escribe, otra me envía un audio. Me hablan de un triángulo de barrios del suroccidente bogotano atrapados en el pánico y me explican cómo y quién lo orquesta, y qué personas son usadas como “vándalos”: indigentes y otras gentes. Me alertan de que el ejército invadirá violentamente La Macarena donde grupos de vecinos no obedecen el toque de queda. Le escribo a un amigo que vive allí. Me contesta horas después. Me explica que el ejército llegó hasta La Perseverancia. Pienso en el Bogotazo y en la foto de Sady González. En los machetes alzados de los obreros de ese barrio. En ese antiguo brillo también metálico.

23 de noviembre

5:30 a. m. Las primeras luces entran por la ventana. Me acuerdo del Fausto de Goethe: “También esta noche, tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor. Y alientas otra vez en mí la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia”. Veo que el último trino que escribí anoche, angustiado y furioso, se ha vuelto viral. Invitaba a no olvidar jamás esta noche de terror y de infamia, ni a quienes la incitaron.

11:00 p. m. Regreso a mi casa después de tres horas de gritos, música y el insistente y recién descubierto sonido metálico. Me prometo a mí mismo no estar más solo. Huir de los fantasmas del encierro. Preservarme del miedo. Inventar otros afectos. Rechazar la narrativa familiar del autocuidado. Abrirme a la aventura.

24 de noviembre

6:00 a. m. Me despierto con el sabor a hiel de una pesadilla. En ella, un indigente se convertía en asesino en serie. Iba por las calles de la ciudad disparando a quemarropa. Mi yo del sueño ve desde una ventana su último crimen. El muerto queda extendido en el piso, desangrándose. El asesino se aleja tranquilo, lentamente y de espaldas. La multitud lo celebra.

12:00 m. Hay un plantón de apoyo al joven Dilan frente al hospital donde ha sido internado. Pienso en ir. Me pregunto dónde hay que estar y cómo hacer lo correcto.

9:00 p. m. Regreso a mi casa después de horas y horas de un toque de bandas independientes en el norte de Bogotá. Es hermosa la fiesta. La alegría es la otra narrativa. ¿Será suficiente cambiar el relato para cambiar la realidad?

25 de noviembre

7:00 a. m. Me despierto atenazado otra vez por la melancolía. El Gobierno hace anuncios que concretan los modos de la “conversación nacional”. Otra vez el lenguaje técnico, la gris burocracia tan distinta a la fiesta. Me prometo que hoy será un día normal, de leer y escribir, pero me exalta la promesa de salir de nuevo a la calle y ver el rostro hermoso de los amigos: ser más que yo mismo. Tener conversaciones con desconocidos. Cambiarles la letra a las viejas canciones para ajustarlas a las urgencias del día. Asaltar esa hoja en blanco que llamamos futuro…

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