Una vista de Dubái con el Burj Khalifa a la derecha. / Foto: Franck Sauvaire/AFP Una vista de Dubái con el Burj Khalifa a la derecha. / Foto: Franck Sauvaire/AFP

Dubái

Caminé por Dubái contándome la historia de un pueblo del desierto que encontró en el centro de la tierra una fuente con la que hacer un mundo en el vacío de la arena, y construyó entonces el mundo de una época que no ha llegado y quizás no llegue nunca.

2016/02/28

Por Carolina Sanín

Está el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa, que entra más en el cielo que todas las otras cosas que hemos construido. Se ve muchísimo más alto que las torres que el recelo ha derribado —las gemelas, la de Babel—, más que las torres metafóricas de nuestra aspiración, más que las antenas que recogen cuanto queremos que sea audible, y casi más que la luna. Es femenino y masculino. De noche es una pantalla en la que se proyectan luces de colores en forma de flores y estrellas, en celebración de la munificencia y la bienaventuranza. No subí porque la entrada era costosa y porque no me hacía falta ver desde arriba el mundo pequeño; miré desde abajo y comprobé que los humanos habíamos construido una columna que una sola mirada humana no podía abarcar.

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