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Antología: La poesía del siglo XX en Colombia

Alfonso Carvajal reseña Antología: La poesía del siglo XX en Colombia de Ramón Cote Baraibar Visor, 2006 435 páginas

2010/03/15

Por Alfonso Carvajal

Toda antología es un círculo de complicidades y desavenencias. Es la rivalidad secreta que encarna todo autor y lector de antologías. Antología: La poesía del siglo XX en Colombia, de Ramón Cote, no es ajena al subjetivismo pronunciado de dos partes. Si el antólogo en el prólogo señala la modernidad como inicio estructural de su propuesta, la ausencia de Silva es notable, quien a pesar de su modernismo –depurado– introdujo el primer aliento de universalidad a nuestra poesía en temas como la noche, la gran imagen melancólica, y un hermetismo erótico que algunos atribuyen a su relación con su hermana Elvira. Es decir, Silva es el paso decisivo de nuestra poesía del siglo XIX al XX: un precursor.

Extrañamos a Barba Jacob; si bien es cierto, que sus versos laten con la rimbombancia de un modernismo tardío, nadie puede negar la vitalidad desgarradora y la conciencia del dolor que imprimió a nuestra poesía dominada por la retórica y la sonoridad de la imagen. En un ensayo señala Valencia Goelkel: “...Si sobreviven los lamentos que empiezan a sonar un poco a hueco, sobrarán entonces las exégesis y los reproches. Barba Jacob, entonces, no necesitará ni nuestra alabanza, ni nuestra censura, ni nuestra inquisición. Ni siquiera nuestra piedad”.

Aunque el título de la antología suene desmesurado (resumido en veintiún poetas), Cote acertó en lo esencial de lo que representa nuestra poesía y cultura oficial –más tradición que ruptura–. Allí están De Greiff, Luis Vidales, Carranza, Aurelio Arturo, Charry Lara, Gaitán Durán, Cote Lamus, Álvaro Mutis, Carlos Obregón. Quiero destacar las figuras de Héctor Rojas Erazo, José Manuel Arango, Quessep y Jaime Jaramillo Escobar, quienes manteniendo un bajo perfil han construido una obra trascendental en la poesía colombiana del siglo XX. Aunque Mario Rivero aparezca en el prólogo, su ausencia en la selección resuena, porque su fuerza urbana y su picaresca es determinante en generaciones de poetas. En otra dimensión –de la mirada de la ciudad– se percibe la falta del transeúnte Rogelio Echavarría.

Luego están Jaramillo Agudelo, María Mercedes Carranza y Cobo Borda. Una bienvenida sorpresa es Álvaro Rodríguez, tal vez el más silencioso de todos, pero sintético y reflexivo como pocos. Completan la lista Gómez Jattin, irregular e indescartable, Piedad Bonnett, William Ospina y Roca, quienes han labrado con pasión y vehemencia una poética que marcó las postrimerias del siglo XX. Cote corrió un riesgo y su aventura en líneas generales fue exitosa. Lástima la precaria carátula que la Colección Visor escogió para esta tanto importante como polémica antología.

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