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El logro de Andrés Orozco Estrada es un triunfo solo suyo, no de Colombia: una columna de Emilio Sanmiguel

"Que nadie venga ahora a subirse en el carro de la victoria".

2018/04/17

Por Emilio Sanmiguel

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Por no encontrar otra manera de decirlo, Colombia y Venezuela son hermanas que rivalizan desde siempre. La una era Capitanía y la otra Virreinato. En los albores de la Independencia, los precursores, Nariño y Miranda, eran de talantes diferentes. El venezolano Miranda hasta tuvo escarceos amorosos con Catalina la Grande. Por siglos se han disputado a Bolívar, “que murió en Santa Marta y en Caracas nació”. A lo largo del siglo XX Venezuela fue rica, riquísima. Colombia no. Para ser bien educado, por más de un siglo hubo que seguir el Manual de Carreño, descendiente de Bolívar y caraqueño.

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En materia musical, para qué decirnos mentiras, nos tenían la pata encima. Teresa Carreño, que era hija de don Manuel Antonio, “el de la urbanidad”, descendía de Bolívar y de doña María Teresa, su esposa, quien no solo fue la primera pianista latinoamericana de prestigio, sino una de las más grandes de la historia. En Caracas nació Reynaldo Hahn, compositor de brillante carrera en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX, estrechamente ligado al círculo parisino de Proust.

La verdad es que a pesar de todo, el único músico colombiano que alcanzó prestigio internacional fue el clavicembalista Rafael Puyana, que en su momento fue el primero del mundo.

En 1976, Caracas inauguró el Teatro Teresa Carreño, que en realidad es un complejo cultural de rango internacional, con una actividad que apenas rivaliza, o rivalizaba, con Buenos Aires. En Caracas, dos años más tarde, José Antonio Abreu creó el Sistema de Orquestas y Coros infantiles Simón Bolívar, que llega a más de medio millón de niños y del que surgió la Orquesta Simón Bolívar y el director Gustavo Dudamel.

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Aquí todo es a otro precio. El sosia del Sistema venezolano es la Batuta colombiana, que en varias décadas no ha conseguido producir músicos profesionales. Bogotá, quién lo creyera, no tiene un auditorio que medianamente solvente sus necesidades culturales, y su alcalde anuncia como gran gracia que construirá uno para 800 espectadores.

Ahora los vientos soplan de otra manera: Venezuela está en crisis, José Antonio Abreu murió el pasado 24 de marzo y su sistema empieza a hacer aguas. El 30% de los músicos de la Simón Bolívar está en el exilio y la dictadura de Maduro empieza el proceso de adueñarse por completo de la organización. Por haber expresado sus opiniones contra el régimen, Dudamel ha sido proscrito de la vida musical de su país y el dictador, dos semanas después del deceso de Abreu, nombró en la junta del sistema a Delcy Rodríguez, la líder de su Constituyente de opereta, y a su hijo Nicolás Maduro Guerra. No hay que ser ningún genio para avizorar que se trata del principio del final.

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Como las cosas cambian, la migración de venezolanos a Colombia es uno de los temas del día a día, y ahora se celebra con bombos y platillos el nombramiento del colombiano Andrés Orozco-Estrada como director titular de la Orquesta Sinfónica de Viena, cargo que asumiría a partir de 2021.

En el pasado nunca un director de orquesta colombiano había escalado tan alto. Es verdad que en los inicios de su formación musical está el nombre de la directora antioqueña Cecilia Espinosa, pero también su paso por la Hochschule für Musik de Viena, uno de los mejores conservatorios de Europa, donde su innegable talento fue admirado y le permitió iniciar una carrera que le ha generado ese reconocimiento que ahora le permite ponerse al frente de una de las organizaciones musicales más sólidas del exclusivo medio musical vienés.

Pero no hay que llamarse a engaños. Si Orozco-Estrada –quien, valga decirlo, tiene también la nacionalidad austriaca– ha escalado tan alto, ha sido por su esfuerzo y su talento, no porque sea el producto de una evolución del medio musical local.

Es un triunfo suyo. En parte también de quienes participaron en los primeros años de su formación. Que nadie venga ahora a subirse en el carro de la victoria.

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