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‘El puente’: una obra maestra de Gay Talese

Se cumplieron 50 años del texto, que llega con una nueva edición en español.

2018/04/17

Por Mauricio Sáenz

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A mediados de 1957, un rumor comenzó a correr entre los residentes de la populosa zona de Brooklyn y entre los escasos moradores de Staten Island –en aquella época, una zona principalmente rural al sur de Manhattan–. Según parecía, la ciudad pensaba por fin construir un puente para conectar esos dos condados sobre la bahía de Nueva York, un proyecto que permanecía entre el tintero desde hacía por lo menos 20 años.

Pero la reacción a ambos lados era muy distinta. Bay Ridge, la zona afectada de Brooklyn, perdería 800 edificios y casas, y siete mil personas tendrían que irse a vivir a otro lado. Gente de todos los caminos de la vida: amas de casa, el capitán de un remolcador, un empleado bancario, dos amantes: un divorciado y una mujer atrapada en un matrimonio infeliz… Ahora el puente se interpondría entre ellos como un monstruo de acero y hormigón. Muchos se opusieron con pies y manos a ese progreso que no habían pedido y que les arrebataría su historia.

Del lado de Staten Island la emoción era otra, pues llevaban muchos años esperando salir del aislamiento: nacido como el condado agrícola de la ciudad, se consideraba el sector olvidado de la Gran Manzana, una sensación que al día de hoy no ha desaparecido del todo. A ese lugar se llegaba entonces por el ferry que sigue atrayendo por su vista privilegiada y su pasaje gratis a unos turistas que rara vez se molestan en desembarcar allí.

Ambos serían los dos extremos de una obra colosal, por casi dos décadas el puente colgante más largo del mundo: el Verrazano-Narrows. Para cuando la obra empezó, el 16 de enero de 1959, ya habían comenzado a llegar desde muchos lugares de Estados Unidos los verdaderos protagonistas de la proeza. Los obreros que con sus grandes botas, sus pesados cinturones de herramientas y sus cascos de acero comenzarían muy pronto a balancearse a alturas inverosímiles mientras enganchaban bloques de concreto, conscientes sin reconocerlo de caminar siempre al borde de la muerte.

Gay Talese, el pionero del Nuevo Periodismo que abrió con Tom Wolfe caminos en la literatura no ficcional, convierte a esos obreros intrépidos en los héroes de su historia, y no podía ser de otra manera. Entonces un joven reportero, Talese cubrió la construcción para The New York Times y publicó en 1964 El puente, actualizado por él mismo hace cuatro años con ocasión de los 50 años de la obra, y disponible ahora en Colombia y en español por cuenta de Alfaguara.

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Fiel a su estilo, Talese se sumergió a profundidad en su tema y pudo llegar al corazón de esos titanes, casi todos descendientes de otros que abrieron el camino: de padres que trabajaron en el Golden Gate de San Francisco, terminado en 1937; de abuelos que levantaron el puente de Williamsburg en 1902; o hasta de bisabuelos que hicieron lo mismo en Brooklyn en 1883.

Pero no solo construían puentes. Entre uno y otro trabajaban en los rascacielos o en las grandes represas que marcaban ese boom de construcción de infraestructura que tuvo Estados Unidos durante buena parte del siglo XX. Por eso les llamaban boomers (no confundir con la generación de la posguerra), que viajaban por todo el país, en sus grandes automóviles, a donde las obras los requirieran. Perseguidores de “mujeres que no tardarían en olvidar”, duros para trabajar, generalmente grandotes y fornidos, bravucones y sobrados de orgullo, en las noches se emborrachaban a morir mientras alardeaban de sus hazañas: “Parte artistas circenses, parte gitanos, gráciles en el aire, inquietos en el suelo”.

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Talese lo cuenta todo, hasta el momento en que uno de ellos resbala y cae sobre el agua, que lo recibe como un muro de concreto 70 metros más abajo. El puente, escrito hace más de 50 años, resulta hoy un texto lleno de sugerencias nostálgicas. Recuerdos de una época en la que ser obrero en Norteamérica permitía soñar con un futuro mejor para sus hijos solo con el expediente de trabajar bien y duro. Recuerdos de una época en la que el periodismo daba sus mejores pasos.

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