'Había mucha neblina o humo o un no sé qué', de Cristina Rivera Garza. Literatura Random House. 248 páginas.

'Rulfo mío de mí': una crítica de Camilo Hoyos

'Había mucha neblina o humo o un no sé qué' es un libro en el que su autora va tras las huellas de Juan Rulfo, un hombre al que nunca conoció en persona, pero con el que entabló una relación sagrada con sus textos.

2018/05/21

Por Camilo Hoyos

Mientras escribo esta columna, alguien más está escribiendo otra acerca del día en que conoció a García Márquez, y como es obvio lo llamará Gabo o Gabito. Quién sabe cuántas columnas de este tipo faltan. En la introducción de Había mucha neblina o humo o no sé qué, Cristina Rivera Garza aclara sobre Juan Rulfo, sobre quien trata el libro, que “Nunca lo conocí. No fui su alumna; no coincidí con él en librería alguna; nunca tomamos café juntos. (…) Tengo que confesarlo ya: mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto”. Para que tantos tomen ejemplo.

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El libro de Rivera Garza surge del intento de contestar a una afirmación de Ricardo Piglia en El último lector: la verdadera historia de la literatura se esconde en los reportes de trabajo de sus escritores. Así es que la autora mexicana se embarca en un viaje buscando las huellas del Rulfo que viajó en 1951 desde Ciudad Juárez hasta el Ocotal en la frontera con Guatemala, trabajando para la Goodrich-Euzkadi. Y también de los viajes laborales que realizó formando parte de la Comisión del Papaloapán, documentando en registros y archivos fotográficos la situación de ese México que necesitaba el ordenamiento territorial de la mano del desarrollo. Rivera Garza lo imagina como el Angelus Novus que Walter Benjamin detecta en el cuadro del mismo nombre de Klee, en el cual el ángel mira hacia el pasado percibiendo una catástrofe única, la misma que Rulfo: “Melancólico y rabioso, mira hacia atrás para dejar evidencia de la ruina y de la soledad, la indiferencia y la catástrofe de la modernidad mexicana de mediados del siglo XX”.

Rivera Garza nos muestra un Rulfo distinto. Tanto hay de pregunta biográfica como de análisis textual o temático de la obra del mexicano. En alguna de sus páginas, rememora el momento en que conoce a un investigador alemán que está estudiando la obra fotográfica de Rulfo, y Rivera no logra olvidar la cara de asombro cuando ella le habla de El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955). “¿También publicó libros?”, preguntó el alemán. Puede que Rulfo no haya sido tanto un escritor que tomó fotos como un fotógrafo que escribió dos libros. Porque el silencio de sus fotos complementa el de sus páginas. Si lo comparamos con Octavio Paz, entendemos que mientras que este viajó al pasado de México en su Laberinto (1950), Rulfo viajó al futuro para poder ver desde entonces lo que serían los problemas actuales del país. Al futuro: pocos autores se refieren como él lo hace a la sexualidad, comenzando con las sexualidades polimorfas de los niños en sus obras, pasando por el Rulfo queer cuyo narrador afirma que “Doroteo o Dorotea es lo mismo”.

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Para la Fundación Juan Rulfo, el libro de Rivera Garza es “peligroso” precisamente porque muestra un acercamiento al escritor que ellos no tenían programado, que no resultó cómodo con la imagen general del autor que ellos promocionan. La intimidad del libro de esta autora y la reacción de quienes ostentan los derechos de imagen nos da mucho para pensar en nuestro país, con respecto a la imagen de García Márquez. ¿Tendrá dueño en cinco o diez años? Un ejemplo: al cumplirse un año de su muerte, a falta de lugar, se decidió realizar el primer homenaje en la Catedral Primada de Bogotá. El acto comenzó con la bendición del cardenal Rubén Salazar, se leyeron algunos versículos del Evangelio sobre los bienaventurados, y por último sonó el Réquiem de Mozart. En Vivir para contarla, García Márquez agradece que en la academia sueca hubiera sonado Béla Bartók el día de su Nobel, pero confiesa que hubiera preferido escuchar un vallenato de Francisco el Hombre. A la salida de la misa (porque en eso se convirtió), se desplomó un aguacero tremendo en el centro de Bogotá, que a duras penas dejó escuchar un grupo vallenato que, sobre la Plaza de Bolívar, interpretaba “La diosa coronada” de Leandro Díaz. Ya cuando estábamos buscando dónde escamparnos, cayó un trueno que nos sacudió a todos hasta los huesos. A eso le llamo justicia poética.

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