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La disciplina de un conde universal

Luis Fernando Charry reseña los Diarios que Lev Tolstói llevó durante toda su vida

2010/02/09

Por Luis Fernando Charry

La muerte fue una presencia constante en los primeros años de vida de Lev Tolstói. Su madre –la princesa Maria Nikoláievna Volkónskaia– murió dieciocho meses después de su nacimiento. Su padre –el conde Nicolái Ilich Tolstói– murió antes de que cumpliera diez años. Ambos pertenecían a la antigua nobleza rusa, una nobleza que no dista demasiado de cualquier otra nobleza: al abuelo materno de Tolstói, por ejemplo, le gustaba mandar a lavar su ropa blanca a Holanda. Y a la abuela paterna, que se hizo cargo de los huérfanos, le gustaba que un siervo ciego le recitara cuentos todas las noches. Descontando el anterior segmento no exento de frivolidad, Lev Tolstói ha sido acaso el conde más grande de la literatura universal. Y sus diarios –la selección que aquí nos ocupa va de 1847 a 1894– son una buena muestra de su grandeza.

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