Portada de 'La hija de Stalin' - Rosemary Sullivan. Portada de 'La hija de Stalin' - Rosemary Sullivan.

El fantasma de su padre

El doloroso relato muestra el peso de la herencia sobre la vida de una mujer que intentó reconstruirse fuera del horror de la muerte y la dictadura de Stalin, su padre

2017/10/20

Por Mauricio Sáenz

Cuando Lana Peters murió en 2011 en un ancianato, en Wisconsin, pocos residentes tenían claro quién era esa amable viejecita de 85 años cuya hija la visitaba con alguna frecuencia. No imaginaban que con ese final callado terminaba la vida novelesca de una mujer que nunca dejó de huir de sí misma y del fantasma de su padre. Porque Lana Peters era Svetlana Stalin, la consentida de uno de los dictadores más sangrientos del siglo XX.

Rosemary Sullivan cuenta, en La hija de Stalin, la historia desgarradora de esa mujer inteligente, contradictoria e impulsiva que nació en 1926, cuando la revolución era joven, y pasó su infancia jugando en los corredores del Kremlin. Hasta sus 6 años todo iba bien y Stalin parecía adorarla; pero entonces comenzaron los dramas. Su madre, Nadezhda Allilúyeva, apodada Nadia, se suicidó a los 31 años tras discutir a gritos con su marido borracho. Eso habría sido la última gota de una desesperación largamente acumulada.

Svetlana solo supo del suicidio años después, pero pronto su entorno comenzó a desmoronarse. Sus tíos y otros parientes empezaron a desaparecer, víctimas de las purgas de Stalin. La paranoia del tirano le hacía ver enemigos por todas partes y sus círculos más cercanos le parecían los más peligrosos.

A los 16 años conoció a su primer amor, el escritor de guiones Aleksei Kapler, que no solo tenía 38, sino que era judío. Ese romance platónico terminó cuando Stalin, abiertamente antisemita, acusó al hombre de espiar para los británicos y lo condenó al destierro en Siberia.

En su juventud Svetlana se casaría fugazmente dos veces, una de ellas en un enlace urdido por conveniencias políticas, y tuvo dos hijos. Muerto Stalin, en 1953, sus crímenes salieron a la luz, para consternación de su hija, que lo ignoraba todo. Comenzó a usar el apellido Allilúieva y a tratar de poner distancia con el poder, mientras seguía buscando al hombre de su vida. Este pareció llegarle con un comunista indio que se encontraba en Moscú para tratarse sus dolencias, pero los nuevos dueños del Kremlin no la dejaron casarse. Brajesh Singh murió a los pocos años y Svetlana consiguió permiso para al menos esparcir sus cenizas en el Ganges.

Su vida nunca sería la misma: en una decisión sorpresiva, como todas, pidió asilo en la embajada de Estados Unidos en Nueva Delhi. La noticia le dio la vuelta al mundo con grandes titulares, ante el desconcierto de Moscú, que le quitó la nacionalidad y acusó a la CIA de tramar su huida justo cuando la revolución cumplía 50 años.

Tras un viaje lleno de incidencias, Svetlana llegó a Estados Unidos en busca de la libertad. Pero en realidad nunca la consiguió. Era una papa caliente en un momento de acercamiento con la Unión Soviética, y para justificar su visa el Departamento de Estado le consiguió un contrato de edición para sus memorias. Svetlana no solo era “libre” sino millonaria. También un peón en el ajedrez geopolítico de la Guerra Fría.

La plata sería una nueva fuente de problemas, pues ella en realidad no entendía el concepto de dinero. Aparte de invertir la mitad en un hospital de caridad en India, prácticamente fue regalando su fortuna y perdió el resto a manos de su último marido, un arquitecto llamado Wesley Peters. Este enlace final, sin embargo, le dio a los 44 años una hija, Olga, que la acompañó en sus últimos años.

En Estados Unidos Svetlana nunca logró la tranquilidad: se mudaba constantemente y se sentía manipulada y explotada. De modo que en 1984, tras una temporada en Inglaterra, decidió regresar a su patria para tratar de recuperar a los hijos que había abandonado hacía tanto tiempo. Pero aunque la Rusia postsoviética la recibió de brazos abiertos, aquellos ni siquiera quisieron verla y terminó de regreso en Estados Unidos. Nunca dejó su costumbre de mudarse: en sus últimos años vivió en varias residencias de la seguridad social, siempre esperanzada en que la siguiente sería mejor.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 156

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.