Leonardo Da Vinci: La biografía, de Walter Isaacson. Editorial Debate. 582 páginas.

Los límites no existen

Leonardo Da Vinci fue un hombre adelantado a su tiempo, con capacidades de percepción y curiosidad sobrehumanas. Acá una mirada al libro que contiene su vida y obra.

2018/05/21

Por Mauricio Sáenz

Leonardo da Vinci nunca acabó su obra más conocida. Cuando murió en 1519, a los 67 años, todavía llevaba consigo el retrato de Lisa del Giocondo, que le había encargado su esposo Francesco 16 años atrás. Cargó la tabla de un lado a otro, a veces a lomo de mula, y de vez en cuando le daba una que otra de sus pinceladas casi invisibles, siempre negándose a darlo por terminado. Por supuesto, jamás se la entregó a su cliente, ni cobró un solo ducado por su trabajo. De alguna misteriosa manera, intuía que esa obra contenía su testamento vital y que allí quedaría condensado, para la posteridad, ese legado nunca planeado, inasible, disperso y a veces delirante, pero siempre genial.

Además, la Mona Lisa confirmaría que Leonardo fue Leonardo hasta el final. Porque su renuencia a cumplir los plazos y a terminar los trabajos, que lo acompañó toda su vida, lo convirtió además en el mayor procrastinador de la historia. Y, de paso, nos negó obras que tal vez lo hubieran acercado aún más a la inmortalidad.

El norteamericano Walter Isaacson se ha dedicado a escribir la biografía de los genios. Ya se había enfrentado a personajes como Steve Jobs, Albert Einstein y Benjamin Franklin, así que no resulta una sorpresa que haya abocado la existencia del máximo polímata y visionario de la historia. Solo que en el caso de este último, sus circunstancias personales se hunden a veces en una cierta bruma digna del sfumato, la técnica pictórica que Da Vinci perfeccionó a lo largo de su carrera. Leonardo sabía de la inexistencia de las líneas en la naturaleza, y por eso los objetos en sus cuadros carecen de ellas. A cambio, sus contornos se funden sutilmente para dar una sensación de realidad solo conseguible tras decenas, centenares de pinceladas casi imperceptibles.

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De la vida íntima de Leonardo se sabe mucho menos que de sus miríadas de ideas, teorías, construcciones y experimentos, todos ellos consignados en más de 7200 páginas de los cuadernos que siempre llevaba consigo. Un tesoro invaluable de mapas, dibujos anatómicos, planos de máquinas imposibles para su época, armas novedosas, patrones geométricos, pájaros y observaciones científicas de anticipación asombrosa, como el funcionamiento de la aorta, 450 años antes de que la explicara la medicina. Papeles que, en fin, nos han permitido acceder a esa mente genial, siempre activa e inquieta, dotada de una capacidad de percepción y una curiosidad casi sobrehumanas.

Así como en un sfumato, en la mente de Leonardo la ciencia y las humanidades se funden. Por ejemplo, sus obsesivas observaciones anatómicas resultaron fundamentales en su obra pictórica: entre 1508 y 1513 Leonardo diseccionó no menos de 20 cadáveres para estudiar y dibujar sus músculos, órganos y venas. Está claro en sus dibujos previos que para llegar a la sonrisa de la Mona Lisa ya había estudiado meticulosamente los músculos y los nervios que producen el encantador gesto. Eso, y su manejo casi científico de la óptica y de la luz, explican esa sonrisa esquiva pintada por un experto en representar las manifestaciones externas de las emociones. Manifestaciones que sin embargo, como demuestra el cuadro más famoso del mundo, siempre resultan equívocas.

Isaacson combina hábilmente el análisis de la escasa obra pictórica del genio, apoyado en múltiples láminas con los detalles conocidos de la intimidad de Leonardo, quien vivió una existencia tan plena como podía un hombre de sus calidades en el Renacimiento. De buena presencia, gay, vegetariano, elegante y extrovertido en el vestir, amistoso y afable, impredecible en sus hábitos de trabajo y astuto a la hora de autopromocionarse, vivió en las cortes de los personajes más prominentes, como Ludovico Sforza y César Borgia, sin que los cambios de fortuna política le afectaran en lo más mínimo. A su muerte, en los brazos del rey Francisco i de Francia, ya tenía un pie firme en la historia.

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