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La "verdad" musical

Eso que escribieron los verdaderos genios, como Bach, Händel, Mozart, Haydn o Beethoven, para apenas citar cinco nombres, no es letra muerta sobre el papel sino música con una fuerza casi sobrenatural que puede traspasar el tiempo.

2018/02/20

Por Emilio Sanmiguel

A nuestro público le encanta todo lo que tenga que ver con Mozart y con Beethoven. De todos los compositores, son los más taquilleros. Por eso tuvo tanto éxito el maratónico ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven que programó el Teatro Mayor de Bogotá con la Orquesta Wiener Akademie, entre el 31 de enero y el 4 de febrero. Es verdad que el concierto con las dos primeras no agotó el aforo del teatro, porque son las menos populares. También lo es que el público, casi todas las noches, no parecía muy “melómano” y se puso en evidencia porque aplaudía a rabiar entre movimientos; una práctica que no es delito, pero parecía ya superada.

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El teatro programó las sinfonías cuando todavía en la sala resonaban las ovaciones a la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, que las interpretó bajo la dirección de Gustavo Dudamel en 2016.

Repetirlas pudo tener justificación en el hecho de que la orquesta vienesa es una de las agrupaciones sinfónicas dedicadas a la restauración –si es que esta es la palabra adecuada– del sonido “de época”. Porque obviamente es imposible reconstruir la atmósfera de las circunstancias originales. Empezando porque, a diferencia de lo que ocurre en nuestro tiempo, el público de tiempos de Beethoven –ni hablar del de Mozart– era menos circunspecto, no estaba en condiciones de “engullirse” una sinfonía de una sentada, había que insertar obras ligeras entre los movimientos. Con todo y eso, los músicos casi no lograban llegar al final de la Heroica, y con la Novena no les cupo duda de que era verdad lo que se rumoraba en Viena: que Beethoven estaba loco.

En todo caso, estas agrupaciones tienen la noble misión de traer al presente el sonido del pasado. Lo hacen con orquestas numéricamente inferiores a las modernas, instrumentos menos desarrollados técnicamente y por lo mismo menos contundentes, amén de una afinación –o diapasón– menos alto que el actual. Lo cual implicaría, en teoría, una discusión de fondo en el sentido de si lo que se oye hoy en día en la mayor parte de los teatros del mundo es una tergiversación de la verdad musical del trabajo del compositor. Asunto que, desde luego, tiene defensores y detractores.

Pero el tema, en el caso de Beethoven, tiene tanto de largo como de ancho y es una navaja de doble filo. Al fin y al cabo puede haber sido, de todos los compositores, el primero que, más que para su tiempo, escribió para la posteridad y tenía la certeza de que si lo que escribía no era comprendido por sus contemporáneos, sí lo sería para los del futuro: esto no es una especulación y está ampliamente documentado.

Lo que queda puesto sobre el tapete es la vigencia de la obra musical, la capacidad de una composición de evolucionar en el tiempo. De otra manera no tendría el menor sentido que la música del pasado pueda lograrlo. El público de hoy tiene poco o nada en común con la aristocracia vienesa de las primeras décadas del siglo XIX, es más democrático que el de entonces y hasta se acerca más al de los ideales del compositor, que en más de una oportunidad –también está documentado– no titubeó en manifestar su malestar hacia las clases dirigentes de su tiempo.

Bienvenida, claro está, esa labor de las orquestas y musicólogos que dedican su vida y esfuerzos a la reconstrucción del sonido, y no solo el sonido: del pasado. Y mucho más bienvenida la evolución de las orquestas modernas y la de un público que se toma tan en serio la obra de Beethoven, así aplaudan entre movimientos. Pues lo ocurrido a lo largo de más de 150 años de tradición y evolución no ha sido otra cosa que evitar que la música caiga en el peligroso terreno de la museología.

Han demostrado que eso que escribieron los verdaderos genios, como Bach, Händel, Mozart, Haydn o Beethoven, para apenas citar cinco nombres, no es letra muerta sobre el papel sino música con una fuerza casi sobrenatural que puede traspasar el tiempo. Tan sobrenatural que, con orquesta “de época” o moderna, aplaudían en el Teatro Mayor hasta el exceso.

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