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Para salir de la política envilecida

Hernán Darío Correa reseña La idiotez de lo perfecto. Miradas a la política, de Jesús Silva-Herzog

2010/03/15

Por Hernán Darío Correa C.

El radicalismo de los colombianos de izquierda de los años sesenta y setenta tuvo un supuesto: salirse del juego del “sistema” para reinventarlo todo. Con algo de justificación histórica por lo hermético del Frente Nacional, la violencia incesante, el entonces precario análisis del país y la profundidad del cambio cultural de dichas décadas, esta postura condujo sin embargo a una idea de la razón política, autocentrada; y produjo, a su vez, aparte de los problemas propios de la ideología sobre vanguardias, partido y sistemas de representación basados en “la conciencia” (de clase, en sí o para sí, etc.), varios tipos de salidas personales o colectivas del estrecho callejón impuesto por las recomposiciones del poder dominante: el militarismo o el pragmatismo colectivos; el cinismo o el desistimiento personal; y en todos los casos, el lento desteñirse de una real postura crítica; como quien dice, el envilecimiento de la política: o perfecta, o simplemente abierta a la improvisación y al oportunismo.

Este libro, en cambio, propone otra mirada en el análisis de las obras y las circunstancias de cinco autores, mostrando, desde “los caprichos de un lector”, el claroscuro con que, un jurista, un biógrafo, un profesor, un historiador y un poeta, rompieron “la idiotez de lo perfecto” a partir de un hilo común: la entidad de sus preguntas en torno a los misterios centrales de aquella (11): “Juego o guerra, la política que ellos dibujan es una manera de lidiar con la imperfección. No hay en ellos utopías, paraísos perdidos o por ganar. Ningún atajo al fin de los tiempos, (pues) la política llevará siempre las marcas fastidiosas de la fuerza, el azar y el conflicto” (13).

Cada uno llevó el peso de sus propias contradicciones y las de su tiempo (Carl Schmitt y el nazismo, Bobbio y el fascismo, Isaiah Berlin y el sionismo, Michael Oakeshott y el liberalismo, Octavio Paz y el socialismo), pero en cada uno encontramos claves críticas, porque precisamente preguntaron, y se asumieron desde sus preguntas: “¿Dónde está lo antipolítico? En el liberalismo: se refugia en los juicios éticos y en el cálculo económico” (Schmitt, 36); “la crítica se clava igual en los devotos del Estado que en los fanáticos del mercado; sustitúyase ‘nacionalización de los medios de producción’ por ‘privatización’, y ‘planificación’ por ‘libre competencia’ y tendremos una estructura ideológica sorprendentemente similar” (Oakeshott, 54); “el pecado de la derecha es el cinismo; el de la izquierda, la ingenuidad; un derechista es un político enamorado de los males existentes (def. de Bierce), un izquierdista quien quiere reemplazarlos por nuevos males; ambos se diferencian por su postura frente a la igualdad” (Bobbio, 103-104); “la política es elección de valores, ahí está nuestra tragedia” (Berlin, al cual ha prestado con fortuna tanta atención Carlos Gaviria, 140); “Mi abuelo, al tomar el café, me hablaba de Juárez, y el mantel olía a pólvora/mi padre, al tomar la copa, me hablaba de Zapata, y el mantel olía a pólvora/Yo me quedo callado, ¿de quién podría hablar?” Los líquidos se enfrentan: chocan, se envuelven, se estrangulan, después son uno en el paladar de Octavio Paz, para el cual no es esto o lo otro, sino esto y lo otro: “Mi abuelo tenía razón pero también era cierto lo que decía mi padre” (158). Así, cada uno no podría ser leído en la clave del cinismo o del pragmatismo reinante, sino desde las alturas a las que llevaron sus vidas, y sus obras, más allá de sus dramas. La pertinencia de este libro, aquí y ahora, además de sus virtudes críticas y literarias, que no son pocas, está precisamente en que la dimensión de cada uno de estos autores es lo que le está faltando a la política en el país: poesía, dimensión histórica, pensamiento crítico, en fin, altura.

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