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Un ave rara

Daniel Vega reseña el disco de música infantil de Edson Velandia y el Jardín Infantil La Ronda, Sócrates

2010/03/15

Por Daniel Vega

Edson Velandia, el hijo insurrecto de Piedecuesta, Santander, es quizás uno de los personajes más inquietantes de una generación de músicos cocinados a fuego puro en las agrestes montañas del Cañón del Chicamocha. Junto a la exuberante genialidad del grupo Cabuya, Velandia se despachó líneas de marcado acento montañero como estas que hoy, después de un poco más de cuatro años, se recuerdan con profunda nostalgia: “Canto de mujer en amoríos/ es su voz aderezada. /Loma puro despejada/ es su risa envilecía y su pecho envenenao. /Y envenenaá está mi gana de quedármele en el rancho y salir amanecío”. Retirado oficialmente de Cabuya, Edson editó en 2007 Once rasqas, un registro inclasificable que dejó perplejo al público por su excentricidad sonora y sus enrevesadas líricas que nos recordaron inevitablemente a León de Greiff: “Se me quiebra la zanca, /Tapáseme la tráquea. /Se me amaña la nigua, /La chingua se me rancia. /Se me espina, /Se me raja la lengua. /Se me adiabla el elkin, /El perro se me manda”. Aunque reconoce que algo del hiperbólico antioqueño se deja ver en su trabajo lírico, Velandia asegura que letras y músicas tienen un origen coloquial pero no por eso menos elevado. Su padre, el humorista Germán Velandia, es un célebre juglar que le enseñó todos los secretos de la jerga popular y de la carranga, género de donde viene su particular estilo sonoro. Curtido en los malabares de la palabra, no es arriesgado afirmar que el santandereano pertenece al privilegiado bando de los bardos y eso lo confirma Sócrates, su más reciente disco donde se muestra, al mismo tiempo, temerario, inocente y desbordado. La razón es bien sencilla. Reunió un buen puñado de niños bumangueses del Jardín Infantil La Ronda y los puso a cantar (en lo que imaginamos fue una delirante fiesta) diez canciones no aptas para espíritus racionales y aburridos.

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