A la izquierda, Nidia Góngora, cantante y líder cultural de Timbiquí (Foto: Camilo Gómez); a la derecha, Don Gu, marimbero y líder cultural amenazado (Foto: Daniel Reina). A la izquierda, Nidia Góngora, cantante y líder cultural de Timbiquí (Foto: Camilo Gómez); a la derecha, Don Gu, marimbero y líder cultural amenazado (Foto: Daniel Reina).

El Pacífico: entre la riqueza cultural y la violencia medular

#ColombiaEsNegra | El especial “Colombia es negra” es un proyecto para darles el espacio que merecen a las tradiciones y a la cultura negra del Pacífico, históricamente ignoradas también por los medios de comunicación. Esto poniendo el acento sobre sus dos caras: una cultura potente y fascinante, y una violencia medular.

2018/07/24

Por Revista Arcadia

Este artículo forma parte de la edición 154 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En la gestión por conseguir apoyo para este proyecto, “Colombia es negra”, el equipo de ARCADIA visitó una empresa privada muy grande del Valle del Cauca. Nuestro interlocutor nos recibió de manera amable y nos escuchó, pero en cierto momento dejó notar la brecha que había entre lo que queríamos presentarle –un proyecto de contenidos sobre la cultura del Pacífico colombiano– y lo que él esperaba de una publicación de la capital del país –una propuesta no necesariamente vinculada con la población negra–.

Esto sucedió cuando le hablamos sobre nuestra idea de poner a la cantora timbiquireña Nidia Góngora en la portada de esta revista. Al principio, el hombre no sabía quién era la mujer. Le explicamos que se trataba de una de las artistas de mayor influencia en el Pacífico colombiano y con mayor proyección internacional. Sin embargo, su desinterés inicial permaneció, y ni por su liderazgo local, ni por su valor para la cultura nacional, ni por su atracción internacional, el nombre de Nidia Góngora le permitió al empresario entender por qué para una compañía de esa misma región podría ser una ganancia, o al menos algo interesante, asociarse con un proyecto como este. La distancia, sentimos, entre lo que él representa y lo que Góngora encarna en ningún momento se achicó. La despedida fue cordial, las puertas de la empresa quedaron abiertas para futuras ideas y el hombre nos deseó mucha suerte con nuestro proyecto.

Esa distancia entre dos mundos, el de la población negra y el resto del país, persiste en Colombia ya bien entrado el siglo XXI. Como el empresario valluno, quienes no hemos vivido la vida de la gran mayoría de los ciudadanos afrodescendientes vemos sus tradiciones, sus problemas y sus logros desde otra orilla. Y desde esta orilla lo vemos también, casi siempre, a través de un lente específico: el de la conmiseración, el del beneficio propio y el del racismo.

Este mea culpa vale para nosotros mismos, los citadinos que hacemos esta revista, y en específico para este proyecto, pues llevarlo a cabo nos reveló que también nosotros estamos muy lejos de ese mundo, y que lo desconocemos.

Por estas mismas razones quisimos hacerlo, pues hay una diferencia, que no es sutil, entre la inacción del empresario valluno y el intento por aproximarse y entender. “Colombia es negra” es un proyecto justamente para darles el espacio que merecen a las tradiciones y a la cultura negra del Pacífico, históricamente ignoradas, también por los medios de comunicación.

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Sin embargo, usar las palabras “Colombia es negra” no significa desconocer arbitrariamente que Colombia es diversa, ni que pensemos que solo la cultura del Pacífico tiene raíces afro. Por lo contrario, la escogencia del título forma parte del esfuerzo por reconocer que exaltar esa diversidad pasa a veces por poner un acento y por darle a alguna de sus caras (en este caso una de las más violentadas) todo el protagonismo. Sin condescendencia, con humildad.

Entonces, sin olvidar que seguimos anclados en una orilla, con esta edición queremos abrir un diálogo. Como lo dice el padre Francisco de Roux, la tarea todavía pendiente de construir nación está condicionada por la necesidad de vernos desnudos de ideologías y abiertos a aceptar la diferencia como un valor cultural. A ese diálogo nos referimos al decidir usar la palabra “negro” y no “afro” en esta revista, más allá de los dilemas éticos que esto todavía suscita. Aún así, ni la corrección política, a veces tan necesaria, ni el tratamiento condescendiente de quienes prefieren hablar de “negritos” para referirse con una equivocada benevolencia a personas negras son el camino.

Pero los dilemas van más allá de cuestiones exclusivamente del lenguaje; y más allá incluso de los daños hacia una cultura específica. Tienen que ver con la violencia que por décadas, en el sentido más crudo y directo, azotó a toda Colombia. El Pacífico es tan solo un punto de partida posible para hablar de cómo la cultura en todo el país está rota. Y es que el Pacífico mismo está roto por dentro. Basta pensar por un momento en el empresario valluno, o en una de las críticas que le hacen al Festival Petronio Álvarez (que las hay, más allá del entusiasmo que nos motivó a dedicarle buena parte de esta revista): una vez se van los turistas y una vez se apagan las luces, la mayoría de los representantes del patrimonio vivo de la región vuelven a una cotidianidad pobre y marcada por los conflictos, también entre las mismas personas que conforman sus comunidades, como lo describe, al hablar del cuerpo femenino, la escritora chocoana Yijhan Rentería.

Esta edición de ARCADIA está partida en dos, pero esa división es solo aparente porque, en realidad, las dos caras del Pacífico –una cultura potente y fascinante, y una violencia medular– pertenecen a una sola cultura. Esa es una de las paradojas de Colombia que, como dice De Roux, estamos llamados a resolver.

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