Foto Archivo Institucional Banco de la República. Foto Archivo Institucional Banco de la República.

“La BLAA cambió mi vida”

Nueve asiduos visitantes de la biblioteca le hacen una declaración de amor.

2018/02/20

Lucas Ospina,

profesor de la Universidad de los Andes

“¿Cómo la BLAA cambió mi vida? Recuerdo haber ido a la inauguración, en 1978, de una exposición la fotógrafa Vicky Ospina, una retrospectiva que borraba fronteras entre reportería de prensa y arte. Destacaba, entre todas las fotos, la imagen de una “gallada de gamines” que parecía salida de un cuadro de Caravaggio. En 1990, recuerdo haber ido a ver cien dibujos de la revista satírica alemana Simplicissimus, que retrataban la fisonomía de su época –finales del siglo XIX hasta la llegada del nazismo al poder–, combinando lo mejor del dibujo académico con las técnicas de reproducción.

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En esa época no había Internet y aprendí más de dibujo al visitar esa exposición que en las muchas clases de dibujo y de Historia del Arte que vi en la universidad. Recuerdo haber ido a la sala de conciertos, las noches de los miércoles, sin prestar atención a la programación y sí mirando el techo, sentado en sus cómodas sillas, mientras se me cerraban los ojos y veía el negativo del entramado de madera de ese maravilloso espacio. Recuerdo haber ido deseando encontrar a esa bella lectora ideal (hasta que la encontré). Recuerdo haber ido a la cafetería del último piso de la BLAA, ya desaparecida, con su vista panorámica sobre las montañas, para almorzar ejecutivo, barato, un ejemplo de igualdad y acceso ahora que todos los restaurantes de las instituciones culturales le apuestan a la comida gourmet, una asociación necia de valor y precio propia del arribismo cultural.

Recuerdo haber pedido libros únicos a través de una terminal tipo matrix de computador y luego la emoción de verlos llegar a las salas de lectura. Recuerdo la llegada de la donación y autodonación Botero, que me ha permitido ver gratis un grabado intenso de Lucian Freud y un boceto “censurable” de Balthus, pero también me deja ver, en su segundo piso, el secuestro museográfico –por siempre y para siempre– de varias salas para exhibir Boteros repetibles, ningún Botero irrepetible (anterior a los años setenta), y donde las 123 obras del maestro arrinconaron a la bodega del banco –por siempre y para siempre– a decenas de piezas y a curadurías imaginarias. A esta toma espacial y presupuestal de la institución se suma la de una burocracia que no corta ni presta el hacha, donde, a veces, unos cuantos funcionarios ejemplares meten goles y hacen jugadas memorables en la cancha de la BLAA”.

Alexandre Legler,

pianista, Joven Intérprete 2007

“Diez de septiembre de 2007. Esta fue una fecha esperada, pero también temida y preparada, porque fue el día de mi recital de piano en la BLAA. Soy pianista y docente de piano. Mi recital formaba parte de la serie Jóvenes Intérpretes, y ahí, por primera vez, supe cómo funcionaba una audición de concurso. Jóvenes Intérpretes es un proyecto apasionante que aporta experiencia y conocimiento, y eso es de aplaudir. Recuerdo cada instante de los 55 minutos de música del recital, pero recuerdo sobre todo ese sonido circular que viajaba por la sala. Tampoco olvido la generosidad de su público y la experiencia de estar en ese mítico escenario bogotano que, para mí, es también uno de los más maravillosos. Al terminar el recital, recuerdo que pensé: “¡Ya di un concierto!”. En ese sentido, la BLAA indudablemente cambió mi vida y mi experiencia con la música, pues me proporcionó un espacio y una oportunidad inigualables de compartir con el público”.

Mateo Patiño,

bandolista, Joven Intérprete 2017

“Soy estudiante de séptimo semestre de Licenciatura en Música con énfasis en bandola en la Universidad Pedagógica Nacional. Hago parte del trío Itinerante (junto a Diego Bahamón y Sebastián Martínez), con los que ganamos, entre otros premios, el Premio Mono Núñez a Mejor Trío Instrumental en 2015 y el Primer Puesto de la modalidad Instrumental del Festival Hatoviejo Cotrafa ese mismo año. En 2017, me presenté en la serie Jóvenes Intérpretes de la BLAA. Hacía mucho tiempo que quería tocar en esa sala tan importante para el país y, sobre todo, en esa serie de trayectoria: grandes músicos colombianos, en su juventud, han pasado por ahí. Ese concierto en la BLAA fue importante para mí porque, entre otras cosas, me enseñó cómo funcionan los grandes auditorios del mundo. Además, fue mi primer concierto como solista: tuve que diseñar y preparar un recital que iba a llevar mi nombre. ¡La gente fue a verme y a escuchar mi propuesta! Eso fue inolvidable”.

Filipe Antunes Madeira da Silva,

estudiante de doctorado en la Escuela de Derecho en Sciences Po, París

“Durante mi doctorado en París, el año pasado hice un intercambio en la Universidad de los Andes. Conocí la BLAA por unos amigos en Colombia que me hablaron de ella y decidí ir a conocerla. Definitivamente, lo que más me gustó fue la calidad del catálogo y la variedad de libros, en español y en otros idiomas, a los que tuve acceso. Y, por supuesto, la belleza del edificio. En ese año utilicé el servicio de préstamo y las salas de lectura. Para mi investigación, la BLAA fue un apoyo enorme, pues pude consultar libros de la región del país que estoy estudiando, muchos de los cuales no se consiguen en las bibliotecas universitarias. Pero lo más útil fue la sección de los Libros Raros porque ahí hay libros y mapas muy interesantes y antiguos que fueron vitales para mi investigación”.

Natalia Puerta,

psicóloga con especialización en Gestión Cultural

“Mi tía Martha trabajó como bibliotecaria de la BLAA por más de 20 años clasificando y guardando en su lugar los libros que estudiantes como mis papás iban a consultar cuando aún no existía Internet.

Yo clasifico y guardo este recuerdo desde antes de que yo naciera junto a otras memorias vividas en ese mismo lugar (ubicado geográficamente en la calle 11 con carrera cuarta), entre ellas, la de la exposición de arte cinético de Le Parc que visité en 2007 con mi primer novio y con quien, entre luces y espejos, exploramos también los besos cinéticos.

Junto a los libros, la sonrisa de Marthica y las esculturas de Le Parc, guardo en la memoria un domingo de 2013 cuando fui con mi papá a un concierto de guitarra portuguesa de Pedro Caldeira y Joaquim Silva, que nos dejó el alma revolcada. También las cantigas de Santa María que escuché junto a una amiga del coro de la universidad en 2015, interpretadas por el ensamble vocal Discantus. Más recientemente, recuerdo los testimonios de la relación entre música y transformación social que los bogotanos conocimos en el seminario internacional que organizaron Batuta y el British Council en octubre de 2016, y que la BLAA acogió en su sala de eventos. Más recientemente, recuerdo que en 2017, cuando planeaba asistir a un concierto de música andina de la serie Jóvenes Intérpretes, descubrí con asombro que el recargo que cobraba el operador de la boletaría por las reservas eran los mismos 5.000 pesos que costaba la boleta para un espectáculo que prometía ser, y que en efecto fue, conmovedor.

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Así, entre libros, arte, música, café, preguntas y respuestas, la BLAA ha hecho mi vida, y de la de muchísimos bogotanos, más amable, emocionante, interesante, apasionante y digna”.

Carolina Silva,

gestora cultural y docente de literatura y lingüística

“Para mí, la BLAA es importante porque fue por mucho tiempo mi lugar de exploración y formación. La conozco desde 1995, cuando estaba en el colegio, y ya entonces la visitaba para hacer mis tareas. Recuerdo que no existía el sistema digitalizado de hoy. Había ficheros, y así ir a la biblioteca terminaba siendo una aventura de un día para encontrar libros. También fue importante en mi carrera. Yo estudié en la Universidad Distrital, y allá no contábamos con una biblioteca como esta. Todas las tardes iba a la BLAA a leer los libros del semestre. Además, como también estudiaba música, me encerraba en un salón independiente a escuchar a los grandes clásicos y a practicar flauta.

La BLAA es un lugar fantástico para los bogotanos, una de las pocas instituciones que logra cambiarles la vida. Es pública, todo el mundo tiene acceso, no solo a los libros, sino también a los computadores, a las salas de música, a las exposiciones. Probablemente, lo que más me gusta de la BLAA es la Sala de Conciertos. Uno ve a los intérpretes más reconocidos del mundo a precios absolutamente increíbles en una sala arquitectónicamente hermosa, perfectamente construida y con una acústica ideal. A mí, la BLAA me cambió la vida, porque le debo toda mi formación profesional, intelectual y artística”.

Enrique Nieto,

docente de inglés

“Conozco a la BLAA desde niño, desde hace más de 25 años. Mis tíos estudiaron en la Universidad Nacional y mi casa tenía un ambiente académico, entonces siempre nos traían por acá. Yo soy egresado de la Universidad Distrital. Me convertí en un usuario frecuente de la biblioteca desde que empecé la carrera, es decir, desde 2001, y estoy afiliado desde 2003, más o menos. Definitivamente lo que más me gusta es la lectura en sala, pero también llevarme los libros en préstamo a mi casa. La BLAA hace parte de mi vida y es uno de mis lugares favoritos, un lugar de paz donde, a pesar de estar solo junto a un millón de libros, me siento muy acompañado”.

Iris Ordóñez,

docente de comunicación social

“Yo vine a la BLAA por primera vez con el colegio hace como 20 años. Empecé a visitarla con frecuencia cuando inicié mi carrera hace ocho años y también desde que inicié la maestría que curso actualmente. La Luis Ángel es un escenario icónico de la ciudad, y para mí, es el lugar en el que puedo siempre aprender cosas nuevas: dialogar con autores y con personas que pueden ya no estar presentes, pero que están en los libros. Y el archivo de la historia y del pensamiento que se conserva acá es lo que me permite hacer lo que hago y ser lo que soy. La BLAA, al abrirme sus puertas para leer, simplemente me permite imaginar y navegar por mundos posibles”.

Carl Henrik Langebaeck Rueda,

Universidad de los Andes

“Uno se enamora de mujeres especiales, y cuando no es de una mujer, sino una institución, también debe ser especial. La Biblioteca Luis Ángel Arango es una isla en medio de un mar difícil. Cuando se recortan los presupuestos de investigación, cuando se pone en duda el papel de las artes y humanidades, de las ciencias sociales, allí está la Luis Ángel con sus cientos de miles de libros, con sus colecciones de manuscritos, de fotografías, con sus servicios, y con su gente, siempre amable y atenta. Es una isla a la cual acudimos todos los que nos refugiamos en la lectura, los que queremos encontrar cosas nuevas y los que sentimos un especial placer con los "raros y curiosos". Sin la Luis Ángel ningún investigador serio habría podido llevar a cabo su investigación. Y muchos estudiantes de todo el país habrían encontrado difícil despertar su curiosidad por aprender, leer e investigar. Y no solo en Bogotá: en cada rincón donde esa institución tan especial, y tan hermosa, llega con sus brazos acogedores”.

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