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¿Qué efectos prácticos puede tener un fallo que convierte en sujeto de derechos a un territorio de 48 millones de hectáreas de selva en peligro?

2018/04/17

Por Antonio Caballero

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Esta joya que aquí ven es un estero en los llanos del Yarí, entre la Orinoquia y la Amazonia: una laguna circundada por palmas de moriche que parecen atropellarse para beber formando un collar de esmeraldas en la sabana agostada por el verano. Sus sombras negras se reflejan en el azul profundo de las aguas, como dibujadas con tinta china. En El Espectador del viernes 6 de abril esta fotografía aérea ocupa toda la primera plana. El pie de foto informa: “En una decisión histórica, la Corte Suprema de Justicia falló a favor de 25 jóvenes colombianos que exigen frenar la deforestación de la Amazonia”. ¿Cómo? Decretando que de ahora en adelante la Amazonia se convierta en sujeto de derechos, como si fuera una persona.

Foto cortesía FCDS

Mucho me temo que todo se quedará en la bella foto y en el titular triunfalista del artículo de las páginas interiores del periódico: “Corte Suprema, al rescate de la Amazonia”. Un texto rebosante de entusiasmo y de optimismo: reto colosal, pulmón del mundo, sentencia revolucionaria, decisión histórica, recurso hídrico, que es como se llama ahora el agua en la jerga judicial y periodística. ¡Con lo bonita que era esa palabra, agua…! Pero se está perdiendo, como se está acabando el agua misma. Para salvarla tal vez habría que recurrir a una acción de tutela como esta que presentó DeJusticia en nombre de 25 niños de las regiones amazónicas del país. Una tutela que, como la de ellos, busque un fallo de la Corte que les dé a las palabras bonitas el reconocimiento de ser ellas también sujetos de derechos, para que puedan defenderse solas.

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Ahora bien: ¿qué efectos prácticos puede tener este fallo que convierte en sujeto de derechos a un territorio de 48 millones de hectáreas de selva en peligro? Dice el artículo del periódico, emocionado: “Lo que parecía un acto simbólico se convirtió en una realidad”. Pero a mí me sigue pareciendo más simbólico que real. Me parece incluso extravagantemente irreal. Porque pretende obligar a la Presidencia de la República y a otros órganos del Estado (los ministerios de Ambiente y Agricultura, los Parques Nacionales, las Corporaciones Autónomas Regionales, las gobernaciones de cinco departamentos y las alcaldías de 78 municipios) a que trabajen con los niños demandantes para formular “un pacto intergeneracional por la vida del Amazonas colombiano (PIVAC)”: un pacto que en el plazo de cinco meses consiga “reducir la deforestación a cero”.

Un detalle: señala el artículo que “los grandes ausentes del fallo” son la Fiscalía y el Ejército. Es decir, los únicos que podrían, sobre el terreno, combatir a los deforestadores ilegales mediante la ley y mediante la fuerza.

Y menciona otra sentencia “revolucionaria” de otra alta Corte, la Suprema, que el año pasado declaró sujeto de derechos al río Atrato en sus 650 kilómetros de sinuosa y selvática longitud, los cuales, como es sabido, son nido de grupos guerrilleros, bandas de narcotraficantes, mineros ilegales, empresas madereras ilegales también, campesinos sembradores de coca y carteles de políticos corruptos. ¿Qué consecuencias tuvo la solemne y revolucionaria declaratoria? Cito: “Se designaron dos delegados para hacerle seguimiento al caso como “guardianes del Atrato” para neutralizar y erradicar definitivamente las actividades de minería ilegal que se realicen no solo en el río Atrato y sus afluentes sino también en el departamento del Chocó”.

La fotografía del diario es adecuada, a pesar de ser tomada en las sabanas del Yarí y no en la Amazonia propiamente dicha; porque el fallo de la Corte es igual: un oasis muy bello en medio del desierto. Si nuestra historia patria sirve de guía para estos casos, ya vislumbro desde aquí su suerte: se obedece, pero no se cumple.

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