Las monjas y el cardenal (1987). Débora Arango. Cortesía Museo de Arte Moderno de Medellín. Las monjas y el cardenal (1987). Débora Arango. Cortesía Museo de Arte Moderno de Medellín.

Ni contigo ni sin ti

En el corazón mismo de la mentalidad antioqueña, y del arte y el pensamiento como expresión de las ideas, ha prosperado una tradición de oposición a los valores regionales oficiales. Lejos de la oposición simplista entre los bogotanos atildados y prepotentes, y los gamonales paisas, hay un torrente de imaginación que nos une en una poderosa patria simbólica.

2017/08/25

Por Pedro Adrián Zuluaga* Bogotá

El resultado del plebiscito de octubre fue la punta del iceberg de una compleja trama de prejuicios que han flotado en la vida intelectual colombiana y que han conducido a posturas ambivalentes frente a lo antioqueño. El carácter duro, melancólico, lleno de pliegues –entre lo que se dice y un no sé qué que quedan balbuciendo– del antioqueño ha sido la expresión de una otredad irreductible, de algo difícilmente asimilable por el resto de lo que ampulosamente se llama “nación colombiana”. Digo ambivalencia porque es una admiración con subterráneas corrientes de desprecio, o un desprecio con subterráneas corrientes de admiración. De manera que el “antiantioqueñismo” que hoy está a la orden del día no solo tiene poco de original, sino que opera como un superficial barniz de progresismo que oblitera cuestiones de fondo.

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