Un fotograma del cortometraje 'Alguien mató algo'. Un fotograma del cortometraje 'Alguien mató algo'.

Por sus cortos los conoceréis: 15 años de Bogoshorts

El programa Bogoshorts Classics, que se lanza como parte de la celebración de los 15 años del festival, es una plataforma de circulación de cortometrajes colombianos. La selección del programa es una buena disculpa para recordar títulos, pensar en lo que ha sido dominante, lo que ha permanecido marginal y proponer desafíos para el futuro.

2017/11/22

Por Pedro Adrián Zuluaga* Bogotá

En el vocabulario de las artes, la palabra clásico remite a varias cosas que no pocas veces resultan paradójicas. Lo clásico representa la excelencia en cualquier disciplina: un punto de llegada que decanta una tradición previa de tanteos y búsquedas. Clásico también puede ser lo normativo o ineludible, y que, precisamente por su carácter de obligatoriedad, suele ser el objeto predilecto de todas las contenciones y ataques. Un clásico puede ser lo demasiado visto, aquello que de tanto estar ahí pierde todo su potencial de extrañeza. Pero hablar de clásicos, sensu stricto, tendría como condición una cierta noción de solidez. El adjetivo “clásico”, aplicado al conjunto de cortos colombianos de los últimos años que hacen parte del programa Bogoshorts Classics, representa un desafío, o al menos una provocación.

El cine colombiano en general ha vivido históricamente en un estado embrionario. Su desarrollo lo marcan sobresaltos y discontinuidades que hacen muy difícil el establecimiento de tradiciones, o la simple acumulación de experiencias y saberes. Ya hablar de clásicos en el largometraje colombiano nos pone frente a serias dificultades y nos obliga a ser flexibles con los criterios de calidad, pero sobre todo con una condición que también define lo clásico: su manera de ser apropiado por una comunidad. Y sí, existe una comunidad del cine colombiano, pero en esa comunidad falta –o sería mejor decir que flaquea– el público, que históricamente se ha relacionado con el cine colombiano desde el rechazo, la negación o la condescendencia.

Declarada esta dificultad de base, hay que pasar a la siguiente pregunta. ¿Si difícilmente hay clásicos en el largometraje colombiano, cómo se puede hablar de clásicos en el corto? El corto ha sufrido el albur de ser considerado el escalón obligatorio para un más allá cinematográfico (el largo). No obstante, un repaso a la selección de 15 títulos del programa Bogoshorts Classics revela lo que, a pesar de ser una obviedad, hay que repetir con mayúsculas: el corto es un formato con posibilidades expresivas tan complejas como las de un largo. Algunos de los trabajos incluidos son, en efecto, los mayores logros artísticos en la carrera de sus autores, por encima de sus posteriores largometrajes: es el caso de Alguien mató algo (Jorge Navas, 1999), La cerca (Rubén Mendoza, 2004) y Rodri (Franco Lolli, 2012). Estos tres cortos nos permiten el acceso a un universo autoral autoconsciente. Así que no es temerario llamarlos clásicos, pues cumplen algunos de los requisitos de esta definición.

En 2007, en un artículo escrito por Jaime E. Manrique, director de Bogoshorts, y yo, suscribíamos la siguiente formulación: “Postulamos Alguien mató algo como la semilla del actual cortometraje en Colombia. Este ejercicio de estilo, à la manière del cine mudo y con referencias explícitas al expresionismo alemán, tiene la suficiente fuerza y el carácter para inaugurar algo. ¿Pero qué, exactamente? Una forma de ubicarse en la tradición de las imágenes en movimiento que a falta de una palabra más precisa llamaremos contemporánea, y que está hecha de contaminaciones, citas cinéfilas, hibridación de formatos, superficialidad ética y política, cinismo, desencanto y un fuerte desequilibro entre poder, querer y saber”. Pero Alguien mató algo no solo sembró una semilla, sino que recogió todo el legado anterior del Grupo de Cali, sus lecturas iconoclastas del cine, el gusto por lo vampírico y la voluntad de transgredir el mito de la inocencia de los niños.

Algo semejante, en cuanto a la tensión entre pasado y futuro, se puede decir de La cerca. Este corto, premiado en una convocatoria de la Cinemateca Distrital, reúne como en un palimpsesto no solo las violencias históricas que se han ensañado con Colombia, sino la representación de las mismas en el cine. Con su incierto estatuto temporal, el trabajo de Rubén Mendoza nos habla de la circularidad de la violencia, de su repetición como legado familiar y colectivo. Aquí se combina eficazmente una historia de violencia de alcance universal (un padre y un hijo enlazados en la lucha por una herencia, que no es solo la de un terreno sino la de una mirada sobre el mundo) con un tratamiento enraizado en el paisaje geográfico, humano e histórico del país.

Rodri, el segundo corto de Lolli, prolonga la estética de Como todo el mundo y anuncia lo que vendrá en Gente de bien (2014). Su puesta en escena realista, la dramaturgia de lo cotidiano que desarrolla y el empleo de actores no profesionales beben de fuentes muy diversas (Víctor Gaviria, Maurice Pialat, entre otros) que muestran las huellas de la formación de Lolli entre Colombia y Francia.

Los que están y los que no

Los 15 cortometrajes de este programa de Bogoshorts abren el consabido debate que genera cualquier lista cerrada, y mucho más si se le agrega el complejo adjetivo que hemos venido discutiendo. Hay que empezar por mirar lo que se incluyó para calibrar lo que se dejó por fuera. Algunos de los cortos calificados como clásicos, además de los tres mencionados, son Agarrando pueblo (Carlos Mayolo y Luis Ospina, 1978), Rojo red (Juan Manuel Betancourt, 2008), Marina, la esposa del pescador (Carlos Hernández, 2009), Ciudad crónica (Klych López, 2006), Río (Nicolás Serrano, 2012), Animalario (Sergio Mejía, 2012), Sara (Íngrid Pérez López, 2014), Martillo (Miguel Salazar, 2005) y Asunto de gallos (Joan Gómez, 2010).

Estos títulos permiten abstraer tendencias y al mismo tiempo generan preguntas. Hay una ficción realista que sigue siendo dominante como modo de expresión, si bien partiendo de ella hay derivas hacia mundos simbólicos más amplios como se puede ver en Marina, la esposa del pescador, un corto filmado en el Pacífico colombiano que abre una perspectiva de sanación (imaginaria) en un entorno de aguda violencia. A partir de este corto, impecablemente dirigido por Carlos Hernández, se puede hablar de una concentración en la narración (¿típica del corto?): acciones y personajes que se desarrollan en una sola jornada, sin acudir a construcciones psicológicas que siempre suponen una causalidad o una temporalidad más extendida. Marina se levanta y toma la decisión de internarse en el mar para devolver los peces al agua después de sanarlos con un cuchillo, en un gesto de resonancias simbólicas a la vez claras y abiertas.

En la misma línea de rompimiento del realismo se ubica Rojo red. Su director, Juan Manuel Betancourt (quien participa en Bogoshorts este año con su corto Storylines), cuenta la historia de Federico Guillermo, un niño que busca deshacerse de los torturantes zapatos ortopédicos que usa. La película, según Betancourt, surgió de una idea abstracta (“los tejidos de la realidad”), y en su desarrollo se hacen explícitos hilos, texturas y cuerdas que al mismo tiempo amarran, sueltan y en definitiva tejen la trama. Para María Antonia Vélez, Rojo red “es también una representación o celebración del proceso de hacer cine en general (…) en Rojo red se trenzan y entrelazan las ideas e imaginación de muchas personas, y las opciones estéticas asociadas a muchas técnicas distintas para crear y transformar la imagen en movimiento”. Técnicas y tecnologías –animación, stop motion, etcétera– no son en Rojo red un fin en sí mismas, como ocurre en muchos otros cortometrajes que las usan como fetiches, sino soluciones puestas a disposición de las necesidades narrativas.

En esta selección llama la atención la escasa presencia de documentales, sobre todo de cara a una tradición como la del cine colombiano donde este tipo de registro es tan fuerte y ostenta auténticos clásicos como Chircales (Marta Rodríguez y Jorge Silva, 1967-1972) o la obra estrictamente documental de Luis Ospina, pues ya sabemos que Agarrando pueblo está filtrada por elementos ficcionales. Es cierto que, en una mirada a vuelo de pájaro, es difícil encontrar documentales de corta duración que puedan competir con lo logrado por títulos como La cerca o Rodri. Para dar con ellos habría que extender la mirada a trabajos producidos por fuera del país, como los realizados por Camilo Restrepo (Tropic Pocket, La impresión de una guerra, Cilaos o La Bouche) o Laura Huertas Millán (Aequador, Viaje en tierra otrora contada).

Esto abre otra discusión que concierne a la propia idea de cine colombiano. Decir “cine colombiano” supondría una cierta noción de colectividad y esfuerzo conjunto: un nosotros. Por un lado, la diversidad temática y estilística de la producción contemporánea hace compleja la agrupación. En este punto estaríamos frente a una sana y bienvenida diversidad. Si bien hay tendencias dominantes, al menos en el programa referido (la ficción en general, la ficción realista en particular, los recursos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico como motor de la producción), los hilos sueltos son muchos.

El principal que vale la pena discutir es cómo incluir dentro de la noción de cine colombiano una producción que ocurre en los márgenes del país o afuera de las fronteras que tradicionalmente han definido lo nacional (territorio y lengua, específicamente). Por ejemplo, ¿son Cilaos y La Bouche, dirigidos por el colombiano Camilo Restrepo, referentes del corto documental colombiano contemporáneo así hayan sido hechos en Francia y sean hablados en idiomas distintos al español? ¿Cómo incluir en su justa medida voces marginales como las de realizadoras indígenas como Mileidy Orozco Domicó, cuyo trabajo Mu Drúa es esencial para entender no solo la autorepresentación indígena sino las narrativas del yo? ¿O las voces de otras mujeres que en el último tiempo han tenido una fuerte incidencia con cortometrajes de calidad como Diana Montenegro (Sin decir nada, El susurro de un abedul) o Marcela Gómez (Migración, Flores)?

Estos reclamos no son específicos para el programa de Bogoshorts Classics. Aunque también. Son desafíos para todos los implicados (críticos, periodistas, programadores, festivales) en escribir y dejar como legado una historia más plural, no por arrebato de afirmación minoritaria sino porque en efecto estas voces nacidas desde lugares menos centrales, o atípicamente centrales/marginales, merecen ser oídas, conservadas y legadas a las futuras generaciones.

*Periodista y crítico de cine de Arcadia.

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