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Escenas de la vida literaria

Las ideas y la literatura siempre se combaten con mejores ideas y mejor literatura.

2018/04/17

Por Mario Jursich Durán

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Las cosas fueron así: el pasado 23 de marzo la Cámara Colombiana del Libro empezó a distribuir en redes un anuncio para invitar a la charla de Mario Vargas Llosa en la Feria del Libro de Bogotá. Como es habitual, el aviso venía acompañado con una breve cita. “Por eso había sido izquierdista y comunista en mis años mozos; pero, en la actualidad, nada representaba tanto el retorno a la tribu como el comunismo, con la negación del individuo como ser soberano y responsable, regresado a la condición de parte de una masa sumisa a los dictados del líder”.

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Naturalmente, uno podría inquirir por qué, existiendo tantas novelas espléndidas y tantos ensayos literarios de primer orden en la obra del nobel peruano (Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo, Historia de un deicidio, Carta de batalla por Tirant lo Blanc), la Cámara decidió promocionar su visita con un texto espigado en un libro sobre política y neoconservadurismo. ¿En serio esperaban que con esas palabras los lectores nos sintiéramos entusiasmados para ir a Corferias? ¿De verdad creían que una opinión desencantada de Vargas Llosa sobre la izquierda en el mundo iba a “cambiarnos la vida”? Al margen de cuál sea la respuesta –que, para efectos prácticos, no me interesa controvertir–, lo interesante es lo que sobrevino a continuación.

Contrariado por las palabras del anuncio, el joven crítico José Castellanos decidió que no se podía tolerar tanta “infamia”: “¿Quién se apunta al sabotaje?”, preguntó en su página de Facebook con el tono airado de un angry young man de los años sesenta.

Todos sabemos que en Facebook la gente habla por hablar, de modo que no necesariamente uno debería tomarse esta declaración de intenciones al pie de la letra. Más que como un llamado al boicot, habría que entenderla como parte de los ritos confrontacionales tan comunes en la literatura (y por supuesto en las serie de NatGeo): el joven novato olisquea el aire, percibe el olor del macho dominante y emite un bufido para darle a entender que no ande con tanta confianza: esa podría ser la causa de su ruina.

Si aquí me tomo en serio el post es porque veo en él, condensadas, dos formas sumamente equívocas de relacionarnos con la libertad de expresión. En primer lugar, me asombra que no solo Castellanos sino otros jóvenes escritores se tomen tan deportivamente algo que me gustaría llamar cortesía entre pares. En cualquier feria del mundo se vería con malos ojos que un invitado oficial como el crítico bumangués promoviera actos de sabotaje contra quien –¿hará falta recordarlo?– es el último integrante vivo del Boom, el más prestigioso movimiento literario latinoamericano. ¿Qué podremos decir entonces de que Giuseppe Caputo, director de programación de la Feria, haya aprobado con un like este llamado a sabotear la presentación de alguien a quien él mismo seguramente invitó?

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Con esto no quiero insinuar que, por haber recibido un premio en Escandinavia, Vargas Llosa goce de inmunidad crítica. Sus obras, lo mismo que sus opiniones, no solo pueden sino que deben ser pasadas por un cedazo exigente e inconformista. Simplemente me interesa hacer ver que estas torpezas, boberías o frivolidades –­escoja el lector como prefiere calificarlas– resultan inaceptables en personas cuya posición los debería obligar cuando menos a guardar las formas. Es bochornoso que un invitado a la Feria promueva un boicot contra uno de sus colegas. Es inverosímil que una de las cabezas de la Cámara del Libro lo secunde en estos propósitos.

A muchos críticos de la última generación les encanta recordar que el único instrumento de combate de los escritores es la palabra. Sin embargo, resulta extremadamente significativo que, confrontados con opiniones distintas a las suyas, lo primero que se les ocurra sea acudir a las vías de hecho. No otra cosa es posible concluir cuando uno descubre que, además de Castellanos y Caputo, también Alberto Montoya Guiral, el director de la revista Literariedad, se ha unido al plan del sabotaje: “Me sumo, Jose. ¿Cómo le hacemos, pues?”.

Dar consejos o lecciones éticas no es parte del quehacer de un columnista, pero en este caso me permitiré una amistosa reconvención. Estimados José, Giuseppe y Albeiro: promover boicots contra los escritores es lo que hacían los bolcheviques durante el gobierno de Stalin, los fascistas en la Italia de Mussolini y los falangistas en la España de 1936. (Me abstengo de dar ejemplos locales para evitar polémicas innecesarias). Por lo tanto, si ustedes quieren mantenerse lejos de esos tristes golpeadores, deberían tener claro que la libertad de expresión no es una calle de dirección única: sirve, cómo no, para que podamos decir lo que nos venga en gana, pero sobre todo para que los demás puedan hacerlo. En vez de promover o aprobar sabotajes (y “sabotear” no es un “decir” sino un “hacer”), ¿qué tal si oyen con calma lo que Vargas Llosa tenga para contar y luego, si así lo consideran conveniente, escriben vehementes artículos para refutarlo? Las ideas y la literatura siempre se combaten con mejores ideas y mejor literatura.

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