Cortesía. Cortesía.

El arte emocional, herido y genial de Caravaggio

El documental Caravaggio: el alma y la sangre, que trata sobre la vida y la obra del gran maestro del Barroco, podrá verse en las salas de Cine Colombia.

2018/05/22

Por Halim Badawi* Bogotá

En 1517, el fraile agustino Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg, una ciudad alemana a orillas del río Elba, su manifiesto: un documento que refutaba la compra y venta de indulgencias y planteaba su doctrina de salvación, argumentos que le indisponían frente a la tradicionalista Iglesia católica romana. Las ideas fueron rápidamente difundidas a través de la imprenta (un invento divulgado en Alemania unos 70 años antes) y encontraron amplia circulación y acogida gracias a la predisposición generalizada del pueblo frente a las costumbres, los excesos y los abusos de la Iglesia romana. En algunas regiones del centro y el norte de Europa, los antiguos fieles católicos empezaron a desconocer la figura del papa, y se iniciaron varios enfrentamientos violentos entre unos y otros. Incluso el ala radical de los seguidores de Lutero (la de los llamados “reformadores radicales”) se había propuesto destruir el arte religioso (pinturas, esculturas, tallas, vitrales, etcétera), especialmente el de gran formato, al considerarlo expresión de idolatría.

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El episodio, que dio inicio a la Reforma protestante, fue prontamente contrarrestado por la Iglesia romana a través de la Reforma católica, popularmente conocida como “Contrarreforma católica” e iniciada en el Concilio de Trento, un encuentro de la cúpula de la Iglesia llevado a cabo entre 1545 y 1563. En la Contrarreforma, la Iglesia romana se valió de una serie de estrategias para afianzar su poder. Entre estas estaba la promoción de cierto tipo de pintura, escultura y arquitectura con el objetivo de ganar adeptos. Se trataba de un arte de propaganda al servicio de la fe, un arte para la piedad, la conmoción, la devoción, el arrepentimiento y el temor, un arte fácil para el pueblo, sin metáforas demasiado complejas o exceso de intelectualización.

A partir de la Contrarreforma se desarrolló el arte barroco, con sus pinturas que parecen sacadas de escenarios teatrales, un arte de movimiento y claroscuro dramático (luces y sombras que acentúan las fibras del cuerpo, los músculos, las heridas y la piel maltratada), un arte emocional que acude al cuerpo herido y adolorido, un arte que hace énfasis en los éxtasis y las agonías de los santos y mártires de la cristiandad. Mientras que el arte del Renacimiento prefería representar el momento anterior a los acontecimientos, el del Barroco prefería el momento de la acción, el “punto más dramático” de cada historia. A través del temor encarnado en las imágenes, la Iglesia católica buscaba recuperar su popularidad y univocidad (puestos ambos en entredicho), y acercar la doctrina religiosa al pueblo.

venerado y odiado

En este concierto, el pintor Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), mejor conocido con el nombre de Caravaggio, fue una figura tan protagónica como ambivalente, tan apreciada (y protegida) por cierto sector de la Iglesia como denostada por otro, tan venerada como polémica. Caravaggio, buscando acercar al pueblo la imagen religiosa (uno de los propósitos del Concilio de Trento), empleaba como modelos para sus lienzos a personas del pueblo. Hombres y mujeres dedicados a la prostitución eran convertidos en sus cuadros en imágenes de santos. Inclusive, se afirma que la modelo de su cuadro La muerte de la Virgen (1606), cuya representación en extremo realista muestra el vientre hinchado de la madre de Cristo, fue el cadáver de una prostituta embarazada ahogada en el río Tíber. Así mismo, Caravaggio convertía no solo a sus amigos artistas en personajes mitológicos, sino también a los mendigos de la calle. Y no hay que olvidar las tensiones homoeróticas en algunos de sus figuras masculinas, además de una vida personal propensa a la fiesta, al alcohol, al sexo y a las reyertas.

Como afirma el historiador del arte Ernst Gombrich, por un lado, la humanidad de los personajes (buscada por el Concilio de Trento) era puesta por Caravaggio en contraste con las viejas pinturas del Renacimiento italiano, aquellas que, como Miguel Ángel en sus frescos para la Capilla Sixtina, idealizaban y sublimaban a los santos hasta un punto de perfección lejana y antinatural, alejándolos de los problemas de la carne, de los humanos y sus vicisitudes. De la misma manera, la austeridad pregonada por el protestantismo parecía avanzar en contravía de la humanidad promovida por el Barroco y por personajes como Caravaggio (lo que resultaba deseable a los ojos de la Iglesia Romana).

Pero, al mismo tiempo, al tener los personajes de Caravaggio una extracción tan humilde, tan marginal y tan vulgar (vulgar para los ojos de la aristocrática Iglesia romana), sus personajes iban en contravía de la pureza y la santidad promovida por la propia Iglesia. Caravaggio se ubicaba en una grieta, en una delgada cuerda floja entre la piedad más auténtica y la herejía más horrenda, un punto crítico poco frecuente en la historia del arte, un punto medio que sus (no pocos) contradictores supieron aprovechar.

La obra de Caravaggio fue olvidada por un tiempo: el artista murió a la temprana edad de 38 años y habría producido alrededor de 60 pinturas, cuyo inventario ocasionalmente crece con algún nuevo descubrimiento. Pero una gran parte de los artistas europeos de los siglos XVI y XVII encontraron en él a un gran maestro, a uno auténtico: los extraordinarios Rembrandt y Velázquez tal vez jamás habrían alcanzado tal humanidad y perfección en la ejecución de sus pinturas si Caravaggio no hubiera existido unos años antes. Incluso Velázquez conoció sus obras en un viaje a Italia.

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Hoy la figura de Caravaggio parece emerger para recordarnos que la obra de arte no tiene significados únicos, que el arte poco tiene que ver con la moral, que lo políticamente correcto no siempre va en la línea de lo humano, que no hay nada más poderoso para transformar la realidad que el pensamiento crítico, y que no existe ningún escritor, artista o creador con una vida impoluta, libre de contradicciones. En alguna medida, el arte siempre necesitará del tormento.

*Crítico de arte

Esta nota surge de una alianza entre ARCADIA y Cine Colombia.

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