En 2009 hizo germinar las semillas del nenúfar pigmeo de Ruanda, una especie que llevaba un cuarto de siglo sin crecer. Así nació su leyenda: fue apodado "el Mesías de las Plantas". Foto: Carlos Magdalena. En 2009 hizo germinar las semillas del nenúfar pigmeo de Ruanda, una especie que llevaba un cuarto de siglo sin crecer. Así nació su leyenda: fue apodado "el Mesías de las Plantas". Foto: Carlos Magdalena.

Carlos Magdalena y la alquimia de la vida

Carlos Magdalena pasa sus días rescatando plantas en peligro crítico de extinción. Su oficio, en los últimos años, dejó de ser el paisaje habitual de su vida para convertirse en una bandera de lucha política. ¿Por qué el mundo se vendría abajo sin la horticultura?

2018/11/27

Por Felipe Sánchez Villarreal*

Este artículo hace parte de nuestro especial sobre el Hay Festival 2019. Para leer todos los contenidos haga clic aquí

De Carlos Magdalena se habla como de un profeta del reino vegetal. O de un Jesucristo naturalista. Su advenimiento lo han irradiado los periódicos, los noticieros: “El mesías de las plantas”, “el milagroso salvador de las especies”, “el resucitador de las plantas olvidadas”. También le confirieron habilidades divinas cuando lo apodaron The Plant Whisperer, en un guiño irónico a la película de Robert Redford sobre un entrenador hípico que puede escuchar y entender a los caballos. Lo han dicho una y otra vez: que Carlos Magdalena tiene un don, que puede hacer milagros. Y es que desde hace diez años, el horticultor botánico estrella del Real Jardín Botánico de Kew –la institución que alberga la colección más diversa de plantas del Reino Unido y uno de los herbarios más grandes del planeta– ha deslumbrado a la comunidad científica con sus particulares hazañas de resurrección de “muertos vivientes”. No de zombis: de especies en el umbral inminente de la extinción.

Magdalena, el menor de cinco hermanos, nació en 1972 en Gijón, una ciudad costera del Principado de Asturias en España. Sus habilidades en jardinería y horticultura –recuerda del otro lado del teléfono, en su casa en Londres– germinaron allí: “Asturias es un lugar increíble para la vida salvaje; el lugar perfecto para que un niño aprenda sobre la naturaleza”. El clima oceánico, las temperaturas moderadas y sus altas precipitaciones han hecho que las geografías asturianas ostenten cerca de sesenta áreas naturales protegidas y el primer parque nacional reconocido en España, los Picos de Europa. También hizo florecer el fastuoso jardín de Edilia, su madre, florista, con quien iba cada fin de semana a una casa rural en la montaña, a quince kilómetros de la ciudad, donde afinó su ojo hortícola y la destreza de sus manos. “En la finca no había ni televisión ni libros, por lo que trabajar la tierra se convirtió en nuestro principal interés y nuestro entretenimiento”, cuenta. “Íbamos allí una vez a la semana a trabajar y, al final, cuando me fui de España, teníamos más de dos mil árboles frutales, entre ellos melocotoneros, manzanos, membrilleros, perales, ciruelos y kiwis”.

En ese “jardín botánico privado”, como lo recuerda Magdalena, aprendió a sembrar, cultivar e identificar los nombres de todas las plantas de la región. Cada vez que recogía una, su madre le decía el nombre de la especie, su procedencia, para qué podía utilizarse y dónde la había visto antes. Desde entonces, a los cinco años, comenzó a devorar con paciencia los cuatro tomos de la Enciclopedia de ciencias naturales (1967) de la editorial Bruguera, una reliquia que su familia todavía conserva en su biblioteca. Memorizó los nombres de todos los peces de su acuario y, poco después, ya se había iniciado en la ornitología en el gran aviario que tenía su padre, adonde llegaban muchas aves de la región en época de anidación. A los diez años, allí realizó su primer injerto: el de un kiwi que no florecía. “Injertar es el equivalente del trasplante de órganos en el mundo de las plantas, es como crear una planta Frankenstein”, explica en su autobiografía El mesías de las plantas (Debate, 2018). “Hay que seguir una serie de pasos, tener destreza con una navaja afilada y ser capaz de hacer una serie de cortes en el orden correcto”.

La rigurosidad que aprendió de ese procedimiento –que parte de tomar el sistema radicular de otra planta y unirla, con meticulosidad quirúrgica, a un vástago de la variedad que quiere hacerse brotar–, tamizada por su ingenio creativo, lo llevó años después a sorprender a los investigadores botánicos ingleses con una proeza: la reproducción de la Ramosmania rodriguesii, una especie en peligro crítico de extinción redescubierta en 1980 en su estado silvestre por un niño en la isla Rodrigues, en el océano Índico. Corría el 2003 y Magdalena llevaba pocos meses como practicante en el Real Jardín Botánico de Kew. Había llegado allí por necesidad e instinto, tras una temporada como jardinero en un hotel cuatro estrellas en el centro de Londres, adonde viajó a los 26 años para probar fortuna. “Me di cuenta desde muy temprana edad de que debía ir a Inglaterra, de que allí había más oportunidades y más apreciación por los temas de ornitología, horticultura, jardinería y botánica”, afirma. “Es parte del espíritu patriótico nacional ser jardinero: si eres inglés, tienes un jardín”.

EL RESURRECTOR

En los invernaderos del vivero tropical de Kew, en los que Magdalena ha trazado los más importantes surcos de su trayectoria profesional, se conservaba un esqueje de esa planta, conocida popularmente como “café marrón”. Durante veinte años, los científicos habían intentado reproducirla sin éxito. Pero “un cruce de ciencia con manos a la obra” lo llevaron a probar técnicas experimentales derivadas de sus investigaciones sobre injertos y reproducción clonal. Como explicó luego en la revista científica The Journal of Botanic Garden Horticulture, “amputando el estigma y depositando polen en la herida creada” consiguió que del fruto de ese último clon, que se especulaba era macho o estéril, brotaran siete semillas. Tras pruebas sucesivas, y más de tres años de exploraciones con diversas condiciones de iluminación y temperatura, nuevos clones florecieron. “Desde entonces, durante los 16 años que llevo en Kew, la Ramosmania no ha dejado de florecer ni un día”.

Ese florecimiento, el de la especie misma, fue también su propio florecimiento. La popularidad posterior a la resurrección del café marrón –hasta entonces señalada como un muerto viviente biológico– hizo que, en 2010, Pablo Tuñón, periodista del diario español La Nueva España, lo bautizara con su mote profético: El Mesías de las Plantas. “Creo que lo que le inspiró ese apodo fueron mi barba y mi pelo largo, posbíblicos, aunque prehípsteres. Además, por todo el tiempo que había pasado intentando salvar plantas que estaban al borde de la extinción”. Cada vez que lo llaman “Mesías”, Magdalena se imagina como el protagonista de La vida de Brian (1979), la comedia satírica de los Monty Python en la que una comunidad confunde a un niño judío con Jesucristo. “En esa película todo el mundo le dice a Brian: ‘¡Eres el Mesías, haznos el milagro, sálvanos!’. A mi familia le encanta imaginarse a mi madre saliendo al balcón a gritar: ‘¡No es el Mesías, es solo un chico muy travieso!’”.

A Magdalena le llegó la fama mundial en 2012, cuando el legendario científico y presentador de documentales sobre naturaleza de la BBC, David Attenborough, popularizó el apodo en el programa Kingdom of Plants. Eso a raíz de su segundo milagro botánico: en 2009 hizo germinar las semillas del nenúfar pigmeo de Ruanda, una especie que llevaba 25 años sin crecer. La Nymphaea thermarum, un lirio de agua cuyas hojas miden un centímetro de ancho, había sido descubierto por el botánico alemán Eberhard Fischer en 1987 y, desde su primera recolección, las condiciones para su cultivo habían sido un enigma. Cuando un paquete de veinte semillas llegó a sus manos, la especie estaba al borde de la extinción.

Pero, para Magdalena, el misterio de sus prodigios está en lo más próximo, en lo visible, que suele pasar de largo. La iluminación sobre la “fuente sospechosa” que impedía que el nenúfar creciera, a pesar de sus pruebas con la dureza del agua y la intensidad de la luz, llegó mientras preparaba una cena de tortellini. “Viendo el tortellini en el agua burbujeando lo entendí: el dióxido de carbono no se disuelve en el agua tan fácilmente como en el aire”. Agua, luz, dióxido de carbono. De la conjunción alquímica de esos elementos brota la vida natural. Con eso en mente, de regreso al invernadero, Magdalena puso sus ojos en la obtención del CO2: “Como la hoja crecía a solo un centímetro cuando germinaba por primera vez, debía plantarlo a un milímetro de profundidad para que pudiera tocar la superficie y sacar de ahí el dióxido de carbono. Lo hice y ¡bingo!”. Tres meses después, el nenúfar pigmeo de Ruanda empezó a crecer.

La mayor sorpresa de este renacer se la llevó cuando un botánico extranjero visitó Kew. La ilustradora encargada de registrar las especies del jardín estaba dibujando en el herbario la Nymphaea thermarum, a la vista de todos. Al pasar por allí, el botánico se quedó petrificado. “Le preguntó a la chica de dónde había pintado eso, y ella le dijo: ‘Están ahí abajo, ahora hay un montón’. Él no lo podía creer”. El hombre era Eberhard Fischer, el mismo que había descubierto la especie hacía veinte años. “Venía de Ruanda de declarar extinta esa población”. Por años, Fischer seguiría narrando cómo en una visita por los reinos de Magdalena lo que estaba muerto volvió a nacer. Cómo en ese herbario atestiguó la alquimia de la vida.

Para Carlos Magdalena la conservación botánica hoy ha dejado de ser el paisaje habitual de su vida para volverse una urgencia política. Ha usado ese mesianismo imputado por los periódicos, por los noticieros, como un instrumento de abierta lucha ambientalista. Su libro, que abre con lo que él llama un “manifiesto mesiánico”, es una denuncia de los sistemas de explotación desmedida del mundo natural, una defensa de la conservación y la horticultura como un oficio vertebral para la supervivencia del mundo, por su capacidad de preservar los insumos naturales de los que depende la vida. Cuestionando sin tapujos a quienes dudan de los efectos del cambio climático y arremetiendo contra prácticas perniciosas del sistema agrario industrial, Magdalena ha querido volverse un traductor sibilino del reino vegetal. “Las plantas no sangran cuando se les da un machetazo ni gritan cuando se les quema. No pueden escribir un mensaje en un libro y necesitan que alguien lo haga en su lugar”. Abanderarse de esas necesidades que las plantas parecen susurrarle es su nuevo pregón, un pregón que parte de estudiar la vida orgánica para multiplicarla. O, al menos, para retrasar su muerte. Después de 16 años en el Jardín Botánico de Kew, Magdalena quiere difundir un único mensaje: “Todas las extinciones son evitables”.

*Editor digital de ARCADIA.

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