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El caso Carlos Vives: una columna de Mario Jursich

"¿Esa triste incursión en los campos del reguetón es todo lo que tiene para mostrarnos un cantante que ha ganado hasta el último premio que se puede ganar en la música?"

2018/05/21

Por Mario Jursich

Hace unos meses, cuando la organización del Festival Vallenato anunció que el artista homenajeado sería Carlos Vives, se desató la clásica tormenta de verano. Nervioso y sudando, Rodolfo Molina Araújo tuvo que salir a explicar la decisión con el argumento de que necesitaban “internacionalizar” la música del antiguo valle de los chimilas: “No podemos desconocer lo que Vives ha hecho por nuestro folclor en el extranjero. Ama nuestras melodías. El homenaje nos ayudará a seguir con esa proyección”, dijo mientras se secaba con un pañuelo el sudor que le perlaba la frente.

Aunque en la prensa local hubo algunos conatos de bronca y se le preguntó con insistencia a Molina Araújo si, a su juicio, la música del cantante samario se ajustaba a la “identidad que tejieron la caja, la guacharaca y el acordeón”, el asunto no pasó a mayores. El pasado 27 de abril Carlos Vives estrenó en la capital del Cesar su obra de teatro La ilíada vallenata y, como de costumbre, sedujo a cientos –qué digo: a miles– de sus seguidores.

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A mí me causó alivio que la polémica se hubiera extinguido nada más empezar. En cualquier campo artístico, el purismo solo conduce a callejones sin salida (es, como se dice en la jerga ferrocarrilera, una vía muerta.) De allí que ningunear a Vives –o negarse a reconocer su papel dinamizador dentro de una tradición que languidecía– equivalga a volver a los infecundos debates sobre los supuestos daños al folclor que infestaron la música colombiana en los años setenta.

Dicho esto, agrego que, contra lo que pudiera pensarse por sus declaraciones, a Vives no le han resbalado los constantes reparos a su forma de apropiarse del pasado. De hecho, La ilíada vallenata es, entre otras cosas, un alegato de noventa y pico de minutos contra algunas críticas persistentes a lo que él hace.

Por curiosidad, me puse a investigar si alguien había reseñado la obra o hecho algún comentario sobre la extraña equivalencia entre una epopeya griega del siglo VIII antes de Cristo y una forma musical nacida en la primera mitad del siglo XX, o sobre la edulcorada versión que da de los orígenes del Festival Vallenato, o sobre la aparatosa actuación de Antonio Sanint en el papel de “Johnnie Centella, el productor de estrellas”, o sobre el inesperado debut en las tablas de la excanciller María Consuelo Araújo, o sobre los evidentes sesgos con que Vives intenta reescribir la historia de su carrera musical. (Ya que aquí no dispongo de espacio, me limitaré a comentar que resulta difícil tragarse que fue desde niño un enamorado del folclor si uno sabe que en sus primeros discos solo se dedicó al pop en español y a la balada romántica, y encima está al tanto de que Sony Music casi no logra convencerlo de sacar los dos volúmenes dedicados a Escalona.)

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Lo que encontré en mi pesquisa es que, así como hay comentaristas con notorios prejuicios puristas en contra de Vives, así también hay una legión de comunicadores dedicados a rociarlo con incienso día y noche. Esta descarada forma de adulación va desde las cursilerías de la revista Jet-set, empeñada en convencernos de que Vives y su tercera esposa son la versión musical de Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha, pasando por el solemne blablablá de Daissy Cañon en KienyKe (“Lo que está pasando con Carlos Vives nos remonta a Johann Strauss, a quien por haber apoyado, antes de alcanzar la fama con sus magistrales valses, a los revolucionarios de Austria, fue rechazado por la corte durante mucho tiempo”) hasta las ignorantes hipérboles de Diego Ortiz, el director de la edición criolla de Rolling Stone: “Carlos Vives es el artista más grande de todos los tiempos en Colombia”.

Aquí no pretendo situarme en ningún justo medio, que es el modo más eficaz de no tener perspectiva y sucumbir a la retórica. Nada más llamaré la atención sobre el hecho de que Vives cabe en la categoría del intérprete cuyo carisma es inmensamente superior a su arte. Como es guapo, seductor y evidentemente buena persona, se tiende a juzgar sus discos con un criterio benevolente y a pasarle por alto cuestiones que ameritarían un debate. (Un ejemplo entre muchos: el acuerdo con el que le otorgó la venta exclusiva de sus cedés al Grupo Éxito y que implicó marginar a todas las tiendas de discos en Colombia. En su momento la medida cayó tan mal, que hubo un intento soterrado de declararlo persona non grata. Naturalmente, ningún medio del país registró ese malestar.)

No soy un malqueriente de Vives y admiro sin reservas canciones como “Altos del Rosario” o discos como La tierra del olvido. Sin embargo, creo que Vives ha ido languideciendo como artista. ¿Ese cándido romanticismo de sus últimos trabajos es todo lo que puede ofrecernos un hombre ya cerca de cumplir los 60 años? ¿Esa triste incursión en los campos del reguetón es todo lo que tiene para mostrarnos un cantante que ha ganado hasta el último premio que se puede ganar en la música?

Francamente, esperaría que no.

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