Carolina Sanín.

Generaciones: una columna de Carolina Sanín

¿Hay diferencias reales entre los 'millennials' y las demás generaciones? ¿Está bien usada la popular frase "en mi época..."? La escritora colombiana reflexiona sobre ello.

2018/05/21

Por Carolina Sanín

Se me afloja una cuerda cuando oigo que una persona de 40 años o 50 o 60 dice “En mi época…” para referirse a lo que se usaba en su juventud. Principalmente, porque la persona que lo dice está viva y debería saber que su época es el tiempo entero de su vida (asumir lo contrario implica que después de cierta edad se empieza a ser del pasado; que quien llega a cierta edad empieza a vivir como fantasma, como extranjero en el mundo). Pero también me descorazonaría la expresión si supusiera que la época de uno es estrictamente la época en la que uno vive. Prefiero concebir al hombre como un solo personaje en cuya historia se suceden los nacimientos y las muertes, y, aunque suena como una vaguedad, siento que “mi época” es el período en que los animales han habitado la tierra. Para eso no necesito creer en la reencarnación de las almas; me basta con saber leer. Al ser capaz de entender, con mis facultades vivas, el Poema de Gilgamesh, constato cuán falaz es la importancia que la gente da a lo que llama “contexto”. Esa falacia los lleva a pensar que meterle motocicletas a un montaje de Don Giovanni es modernizar a Mozart, o que Mozart requiere modernización, o que los artefactos actualizan el mundo. Todo cuanto tiene y ha tendido cabida en el mundo es actual. Pensar lo contrario es concebir la realidad como una sucesión de conjuntos de utilería. No creo que sea necesario hacer adaptaciones de una época a otra; sí traducciones de una lengua a otra, que no es lo mismo.

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Hace años se llamó “generación x” a la de quienes tienen mi edad. La denominación connotaba cierta indiferencia, cierto malestar, cierta dificultad de clasificación; o sea, nada, como no fuera la tensión entre las distintas edades del hombre, y una forzada perplejidad por parte de una generación anterior ante la juventud de la nueva. No creo que la perplejidad calificativa sea el vínculo más sutil entre las generaciones, ni, ya que estamos, creo que haya que imaginar ningún vínculo distinto del que ya existe: la educación. Tampoco creo que para describir la diferencia entre las generaciones (que en últimas remite siempre a una sola cosa: la tensión entre la vejez y la juventud) sean útiles los nombres con los que se evade la perplejidad, como se hace ahora con intensa autocomplacencia en la denominación de los millennials.

El término congrega virtualmente cualquier calificativo: los millennials son buenos trabajadores y malos trabajadores, desconcentrados pero ágiles, indiferentes a la política pero comprometidos con las causas ambientales, fatuos y relevantes. En suma, se puede predicar de los millennials cualquier contradicción, y lo único concluyente parece ser que usan internet: al igual que sus mayores, que se inventaron la internet.

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Para lo que sí sirve el término, como suele suceder con los productos de la terminología, es para no describir; para pensar en paquete, que es pensar como los medios de comunicación, que es pensar como la publicidad. El término millennial es a la vez un producto y su propaganda, y es un instrumento tanto para la discriminación de los mayores como para la discriminación de los jóvenes.

Que hay una diferencia sustancial entre los millennials y todas las generaciones que los precedieron, argumentan algunos, y que esa diferencia es que los millennials nacieron cuando ya existía la internet. A mí no me parece una diferencia tan grande. Creo que éramos los mismos simios con ínfulas al comienzo del milenio anterior que al comienzo de este. Pero no necesariamente quiero sonar como el Eclesiastés (“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol”), y además ya dijo Pierre Menard, el otro autor del Quijote, que la idea de que todas las épocas son iguales es tan primaria como la de que todas son distintas. Si no acabara de recibir hoy de Borges esa advertencia, cometería la temeridad de añadir que ya Isidoro de Sevilla conoció internet en el siglo VII, cuando escribió las Etimologías.

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