Entre el público general del Teatro Adolfo Mejía se asoma el rostro de la actriz Tilda Swinton en la noche de su tributo. Cortesía FICCI.

Una crónica del Ficci por Carolina Sanín

La escritora viajó a Cartagena para asistir al festival de cine y escribió esta crónica. A pesar de la saturación, de ver una película tras otra como en una suerte de maratón embriagante, la sala de cine se convirtió en una cueva inspiradora y en un refugio en una ciudad indolente.

2018/03/21

Por Carolina Sanín* Cartagena

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Cartagena de Indias ha sido y es nuestra joya, y también, actualmente, es la cifra de nuestra degradación nacional. Pero ser la cifra y clave de la degradación de un país también es ser una joya, un cristal puro: un poderoso lente.

Si se da un paseo con los ojos abiertos por Cartagena se pueden ver muchos de los principales síntomas de nuestra enfermedad social: la voracidad del centralismo político, el saqueo de los recursos públicos, la destitución sin fondo de los desposeídos, la exclusión de las mayorías, la especulación, el servilismo y su resentimiento recóndito, la explotación de las mujeres, el arribismo de nuestras supuestas élites, el singusto de nuestras supuestas élites, la mediocridad de nuestras aspiraciones culturales, el desprecio por el medio ambiente, el maltrato a los animales, el arrinconamiento de lo local y su transformación en lo pintoresco, la desfachatada fealdad de nuestra contemporánea arquitectura turística –que parece el gesto exacto del odio–. En Cartagena tenemos además la oportunidad de ver una de las más increíbles consecuencias de la acción nefasta del hombre: la de haber podrido un mar.

No me gusta el reflejo que me devuelven los muros de Cartagena, antes dignamente encalados y ahora pintados de colores de revista de decoración, como en una inútil negación de la blanca verdad coincidente de las casas y los cementerios. Me agravia su febril rechazo a la simpleza. Me parece una ciudad obscena, olvidada, destruida. No quiero comer –ni puedo– en sus restaurantes de sesenta mil pesos el plato. Vuelvo a la calle de casas y almendros donde viví cuando niña, que ahora es una réplica de alguna calle de Benidorm, el vulgar balneario español donde se originó nuestro Frente Nacional, y a la playa donde aprendí a nadar, ahora permanentemente tapizada de colillas de cigarrillo y tapas de cerveza. Recuerdo que en los poemas de Luis Carlos López ya Cartagena era de la nostalgia.

Entonces me esfuerzo por ver, como en un cine de espectros, qué me llega de su perceptible sufrimiento lejano y presente: ¿de dónde viene ese grito amordazado que oigo remotamente? ¿De la historia de la esclavitud, de la antigua inquisición, del asedio a la ciudad colonial sitiada, de la vergüenza anual del reinado de belleza, del turismo de prostitución y cocaína, de la bahía séptica, del sábalo extinto, del caballo fustigado que arrastra las carrozas de los turistas en una triste fantasía de marquesados?

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A pesar de la basura que hay entre tumba y tumba –o con una sensación de justicia al ver el desperdicio junto al despojo– encuentro cierta belleza en el cementerio de Manga, blanco y hacinado, lleno de ángeles de yeso y también lleno misteriosamente de tumbas abiertas (ruinas de ruinas) de donde parecen acabar de levantarse los zombis. Hay un ángel chiquito al que le faltan el brazo y el ala de un lado. En los nichos de la pared de la entrada hay tumbas de niños con juguetes y fotos de niños eternizados. Este año he visitado el cementerio entre una película y la siguiente, en un descanso de mi función de espectadora del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (Ficci). Entre dos noches de noventa minutos, el sol que se refleja en el blanco de la muerte me deslumbra.

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Cartagena es zombi y yo he pasado allí cinco días para satisfacer el vicio vampírico de hacer la noche en el día, metiéndome a pleno sol en la oscuridad de los teatros a ver días de otros. Veo una película a las doce, luego otra a las tres, otra a las seis y otra a las nueve. Adopto una rutina que divide el día en cuatro partes y que me recuerda la rutina canónica de los monasterios medievales: sexta, nona, vísperas y completas (prematiné, matiné, vespertina, nocturna). Ya al segundo día siento que quisiera vivir así, con ese orden y en esos espacios para siempre.

Hago filas y anoto lo que oigo en las filas. En la penumbra del teatro escribo torcidamente en mi cuaderno. De los costeños me parece que hay sobre todo señoras. Del interior me parece que han venido sobre todo estudiantes. Escribo sobre el fastidioso afán de la gente que se sale de la película antes de que pasen los créditos. Todos estamos ansiosos por conseguir las boletas del día. Cuanto más vemos, más queremos ver, y cinco días se convierten en muchos más, pues cada salida del cine es un amanecer. Yo ando entusiasmada: desde hacía años quería venir al festival y extrañamente me parecía complicado; temía no entender cómo se hacía para conseguir entradas, no saber qué ver, no entender la tabla de los horarios. Para mi alivio, la estructura del festival, de esa ciudad de cine construida para cinco días, es tan sencilla como la ciudad que la alberga: abarcable como un castillo, donde uno se pierde tan fácilmente como se encuentra.

Del Ficci me pareció bien todo: la imagen preciosa y astuta de su cartel promocional (el 8 incandescente sobre la sombra selvática de las bromelias), la sorpresa de asistir en Colombia a un evento con tan pocas exclusiones y exclusividades (es gratis ir a todas las películas, o casi gratis), la selección tan coherente como diversa, la eficiencia de la organización, y sobre todo la rara ocasión de asistir a un evento que consiste exactamente en lo que consiste (pues, a diferencia de los festivales de cine –a los que se va para ver cine–, a los festivales literarios, a los que yo suelo ir, no se asiste para leer ni oír textos, sino para oír a los escritores exponer nociones vagas y más o menos falaces sobre lo que hacen. Por cierto, en los festivales de literatura podrían hacerse lecturas en voz alta, largas y breves). Anoto en mi cuaderno que el festival de cine reúne sin ser una reunión –o siendo una reunión escurridiza–, pues los espectadores asistimos sin hablarnos, somos contiguos pero estamos solos, y en la sala es como si durmiéramos lado a lado y soñáramos aproximadamente el mismo sueño.

Vi La telenovela errante, de Raúl Ruiz y Valeria Sarmiento, que explora la afición latinoamericana por el melodrama, esa sentimentalidad sin contención que busca una autenticidad esquiva en el exilio y entre los espejos del retorno. Vi La familia, de Gustavo Rondón Córdova, que investiga el sentido de la culpa a través de la inamovilidad de los límites de lo habitable. Vi Cocote, de Nelson Carlo de los Santos Arias, que es turbulenta en su ritmo y hospitalaria con los lenguajes necesarios para su investigación sobre las relaciones entre la fe, la naturaleza y la ley, mediadas por el acto sacrificial. Vi As boas maneiras, de Juliana Rojas y Marco Dutra, que inventa a un niño lobo en San Pablo para hablar de la ternura y el hambre, y de cómo el servicio y el deseo pueden ser intercambiables y engendrarse mutuamente. Vi Caniba, de Lucien Castaing-Taylor y Verena Parabel, un documental tan exigente como generoso sobre un hombre que mató y se comió a una mujer, sobre la intensidad de las superficies, y sobre el desencadenamiento mutuo del canibalismo y el incesto. Vi Hadewich, de Bruno Dumont, que afirma la explosividad del amor místico –es decir, de todo amor– y propone que el anhelo amoroso exige la destrucción del tiempo. En Pororoca, de Constantin Popescu, que construye una narrativa gratuitamente lenta de la desaparición, el despojo y la sospecha, me dormí y me di cuenta de que dormirse en el cine es parecido a dormirse en un vehículo en movimiento. Vi In the Fade, de Fatih Akin, que tiene actuaciones impresionantes y un final afortunado, pero que parece demasiado tributaria de los ritmos y las expectativas de Hollywood. Vi otras que no menciono porque no las disfruté: tenían en común que disimulaban la confusión de su intención con una pretensión caprichosa y una desmedida confianza. No pude ver muchas que quería ver, entre ellas todas las otras de Dumont, Amanecer, de Carmen Torres, y Matar a Jesús, de Laura Mora, que ya veré en Bogotá. Y vi por segunda vez la formidable Zama, de Lucrecia Martel, un tratado sobre la no correspondencia que condiciona la vida de los americanos, y de la que me ocupo en otro lugar de esta misma revista.

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A medida que pasaban los días del festival, las películas se me solapaban en la memoria. Cada una se volvía un recuerdo iluminado por la luz de la película precedente, y me preguntaba qué tan condicionado estaba mi criterio por el exceso; cómo habría juzgado esas mismas películas si las hubiera visto cada una en un día aparte. Al final, las tramas y las imágenes quedaron mezcladas y entre todas forman una sola cinta, un sartal de película, como sucede con los episodios de La telenovela errante, que fue la primera función a la que asistí en el festival. En la memoria, mi viaje al Ficci es un baile de fantasmas y un conjunto de sueños dentro de sueños. En el centro de ese baile y ese sueño hay una imagen que se formó por una superposición adicional: la del mucho cine con la lectura de cierto libro sobre la prehistoria, que llevé al viaje para leer mientras esperaba el comienzo de la película siguiente.

La imagen es esta: dentro del acto urbano de Cartagena de Indias –tan decadente, tan sugerente del final de la civilización, tan apocalíptico– entramos en la sala de cine como el hombre del paleolítico entra en la caverna al comienzo de la civilización para ver en la pared las marcas y los dibujos que ha hecho. Nos salimos del mundo inhospitalario y entramos en la oscuridad, en la boca del abismo. En la cueva –en la sala– se enciende una luz –la antorcha de entonces, el proyector de ahora– para que veamos en el fondo imágenes reflejadas de hombres y animales: los infinitos mundos. Solo en los detalles técnicos se distinguen la pintura de las cavernas y el cine. Nuestro mejor invento no ha sido otro que este: una luz que viene de atrás y alumbra una visión.

* Escritora. Autora de Los niños y Yosoyu, entre otros libros. Columnista de Arcadia.

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