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Rimas

"Al hacer poemas políticos nos hacemos conscientes de nuestra ciudadanía; la asumimos, pero al mismo tiempo, al reflexionar sobre ella, nos distanciamos de ella lo suficiente como para darnos cuenta de que la política es un juego": una columna de Carolina Sanín.

2018/02/20

Por Carolina Sanín

Hace dos días, el domingo, me puse a buscar una rima para apoyar al candidato por el que votaré en las próximas elecciones presidenciales, que es Gustavo Petro, y entonces empezaron a salirme otras, con los nombres de los demás candidatos. Las puse en Facebook, y los lectores empezaron a comentar en mi muro con sus propias rimas, con las que celebraban esperanzas políticas compartidas y se burlaban de esas mismas esperanzas, y se quejaban de males múltiples nacionales y se burlaban de su propia quejumbre. Convoqué entonces expresamente a todos mis lectores a que hiciéramos versos: por cualquier candidato, contra cualquier candidato, en contra o a favor de distintas políticas, y me llegaron decenas de poemas de todo el país, de personas a quienes no conozco y de algunas pocas a quienes sí. Ya vamos por el tercer día de componer poemas graves o satíricos sobre la política nacional. Quienes comentan los poemas, también lo hacen en verso. Sobre todo han llegado contenidos con posiciones de izquierda, lo cual no sorprende: tradicionalmente la izquierda ha recurrido más a la canción, por una simple razón: porque cree en la necesidad de recuperar espacios públicos, espacios comunes.

La mayoría hemos escrito en mi muro de Facebook en octosílabos o en otros versos de arte menor, que nos salen naturales por ser los más vernáculos –todos tenemos estampada en los nervios la fórmula del romancero, que se basa en la prosodia espontánea–, pero otros se han aventurado con el endecasílabo y hasta el alejandrino. He recibido octavillas, sonetos y décimas, y he publicado en Facebook ya muchas decenas de buenos poemas: todos los que he recibido.

Ha sido un ejercicio feliz. He sentido que es la recuperación de un territorio común, o al menos el asomo de la intención de recuperarlo. Todo el mundo oye canciones y canta canciones. Todos hablamos en esta lengua. Si muchos estamos haciendo simultáneamente coplas –cada uno en su casa, cada uno en su cabeza– podemos sentir que estamos por un momento trabajando en lo mismo. La búsqueda de la rima y el conteo de las sílabas abren un espacio de suavidad, de consideración: entramos en la palabra, la miramos, vemos su tamaño, oímos cómo suena, cómo termina, y luego, con qué otra palabra –aparentemente muy distante de ella– exige que se la hermane. Ha sido interesante cómo la risa y la rabia se entretejen hasta volverse una misma cosa en la construcción de una copla: el encuentro de la palabra compañera, de la palabra que rima –que puede ser la que, en cuanto al significado, es su contraria– es siempre un instante de gratitud.

Al hacer poemas políticos nos hacemos conscientes de nuestra ciudadanía; la asumimos, pero al mismo tiempo, al reflexionar sobre ella, nos distanciamos de ella lo suficiente como para darnos cuenta de que la política es un juego y la guerra es otro juego y ambos caben dentro de otro juego mayor, que es el del lenguaje. Otro modo de decir eso es que nos dignificamos. Y en los poemas les hablamos de tú a los poderosos: estamos a su mismo nivel. O no: estamos por encima de ellos, pues estamos hablándoles poéticamente. El discurso y la política son lo mismo, y un pueblo que conoce su lengua, que la concibe como suya y la ocupa, es un pueblo con consciencia política.

El poeta italiano Francesco Petrarca (1304-1374). Crédito: Michael Nicholson Corbis / Getty Images.

Hay otra cosa: cuando consideramos al enemigo como el sujeto de un verso, pensamos en él; le dedicamos tiempo y esfuerzo. Lo interiorizamos. Queremos tener gracia estando en su tema, y entonces terminamos mostrándonos como mejor somos al hablar de alguien o de algo que aborrecemos. No importa cuán agresivo o corrosivo sea un verso, es hecho con paciencia, con amor. No importa cuán horrendo sea lo que decimos: al decirlo rimado, su veneno queda desactivado. No creo que nadie quiera matar a otro sobre el cual ha pasado una hora rimando, pues ya lo ha hecho vivir dentro de sí. Y eso es una práctica de la violencia aceptable; es decir, es una práctica exacta de la paz.

Y una cosa más: en prosa tendemos a recorrer siempre los mismos caminos, los que ya una y otra vez hemos abierto en la mente y se han convertido en amplias avenidas ineludibles. Cuando me propongo el juego de desarrollar una idea en tres versos que rimen de cierta manera entre ellos, y que tengan once sílabas, y que luego se encadenen con otros tres que rimen de otra manera, entonces le propongo al pensamiento un nuevo camino, que él no ha transitado. Descubro en mí ideas nuevas. Paradójicamente, la métrica –el cumplimiento voluntario de una ley– es la libertad. Esto ustedes, señores cultos, seguramente ya lo saben: en el inicio de la modernidad está el soneto, que educó a nuestra mente en la producción de ideas complejas de cierta manera. Para que Galileo Galilei existiera, antes tuvo que escribir Francesco Petrarca.

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