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Las novelazas

Las grandes novelas realistas gringas de las últimas décadas, que nos hemos acostumbrado a entronizar como parangones de la calidad literaria, son más novelones que novelazas. Una columna de Carolina Sanín.

2017/08/25

Por Carolina Sanín

Acabo de terminar de leer una novelaza. Cuatrocientas páginas en letra muy pequeña. Argumento relevante y de actualidad: un adolescente hace una matanza en su escuela secundaria en Estados Unidos. Tema importante y poco (cada vez menos poco) explotado: las ambivalencias de la maternidad. En la portada, un sello: “Now a major motion picture” (Ahora una peliculaza). Se publicó hace ya unos años. Se titula Tenemos que hablar de Kevin (en el original, We Need to Talk about Kevin), y su autora es Lionel Shriver. La anuncia una cita del Boston Globe: “Imposible parar de leer… brutalmente honesta… ¿Quién, en últimas, necesita hablar de Kevin? Quizás todos nosotros”. Efectivamente, yo no pude parar de leer (y, efectivamente, parece además que ahora también necesito hablar de Kevin). Los capítulos acaban en punta, como enseñó la tradición de la novela por entregas del siglo XIX, para que la lectora quede picada y empiece en seguida a leer el siguiente; o como enseñó la publicidad del siglo XX, para que la consumidora quede insatisfecha (con una insatisfacción sin fin, que no es pregunta sino solo ganas) y quiera seguir comprando. Los personajes pueden imaginarse como personajes “reales”, es decir, como personas a quienes uno podría conocer y de quienes sabría qué decir. Tienen nombre, apellido, procedencia étnica, estudios en determinadas universidades, y parientes que se mencionan con nombre propio, oficio y domicilio, aunque no tengan ninguna incidencia en la historia. Se mencionan ciudades y suburbios que existen en la realidad geográfica, marcas y modelos de carros, productos conocidos de todo tipo. Hay fechas exactas, convenientemente contrastadas con los acontecimientos mundiales que tenían lugar mientras ocurría la acción ficcional. La novela está escrita en segunda persona, pues consta de una serie de cartas de la madre de Kevin a su esposo, el padre de Kevin. No falta, claro, el truco, la gran revelación para el lector, después de que este ha leído tropecientas páginas: ¡las cartas eran para un muerto! ¡Kevin también mató al papá! ¡Y además mató a la hermanita, que la novela nos había hecho creer, hasta ese punto, que seguía viva!

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