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Carolina Sanín comenta la película ‘Zama’, de Lucrecia Martel

La escritora habla de una película que, para ella, completa una trilogía dantesca de América.

2018/03/21

Por Carolina Sanín

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La última película de la genial Lucrecia Martel (La niña santa, La ciénaga, La mujer sin cabeza), que se presentó recientemente en el Ficci, observa el caso de un funcionario de la corona española que, en un puerto fluvial de la América del Sur de la colonia, espera su traslado a una ciudad mayor. Zama está adaptada de la novela de Antonio Di Benedetto, del mismo nombre. Es el resultado de la traducción del lenguaje literario al cinematográfico, y su asunto es también la conversión de un lenguaje a otro, de un mundo a otro –o la imposibilidad de esa conversión, o la resistencia a ella, o el abismo que se abre en la empresa condenada del traslado–. Muestra el Nuevo Mundo como el escenario de la experiencia del desfase que se produjo y aún se produce en el desplazamiento transoceánico; figura al desfigurado sujeto americano –histórico y presente– que quiere ser o finge ser lo que no es –que vive entre los imperativos destructivos del hacer como si y el hacer por hacer–, sin que su pretensión sea clara para él mismo, y sin darse cuenta de que el traslado provocó una fisura fundamental en el tiempo, en la relación entre el pasado y el futuro, y en el valor de todas las cosas –o bien, dándose cuenta y aceptándolo al cabo de un insondable dolor–.

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Uno de los problemas americanos de los que Zama parece consciente es el de la contradicción presente en la construcción de un nuevo escenario desconocido. En América tiene lugar el drama de la no correspondencia, pero, precisamente, este drama no tiene allí ningún lugar: el escenario americano no es un escenario (ni real, ni teatral): no tiene límites, no tiene estructura; no es un escenario, sino un infinito entreabierto; no puede encontrarse ni llega a establecerse nunca.

Zama es rica en todos sus planos y hallazgos: en el foco en la excelente actuación de Daniel Giménez Cacho, y en el fondo del chillido, el zumbido y el bolero anacrónico. La película entiende e ilustra la América de los fantasmas: ese lugar después de la muerte donde llegaron los hombres para tener una nueva vida, y ese lugar en el que se despliega (o se repliega) el español, la lengua que se formó lejos de aquí y sin ver nada de lo que aquí existía. Muestra un territorio que no suscita admiración por su exuberancia, sino anonadamiento ante su incierto sinsuelo pantanoso. Cuenta una historia sobre la espera como índice de la fatuidad y la insistencia, y expone un tratado descoyuntado sobre el desencuentro entre el referente de la palabra, por un lado, y su acento, su tono y su contexto, por otro; sobre la apariencia que se multiplica y no representa. La película logra poner en escena el improbable espectáculo de la inhospitalidad.

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Se me ocurrió que, junto con Aguirre, de Werner Herzog, y The New World, de Terrence Malick, Zama podría conformar la trilogía –o la secuencia– de las grandes películas que formulan la pregunta sobre qué ha sido ser americano. Según una analogía dantiana, Aguirre sería el infierno de América, The New World sería el paraíso, y Zama sería el purgatorio.

La empresa delirante de la construcción de América (o de la mudanza a América, que encuentra en la película un correlato en la mudanza a casas sucesivas) construye en el espectador también una experiencia de exclusión, de expulsión, de ansiedad desperdiciada. Zama es tan maravillosa, inteligente y grande como es tediosa. Habla del sueño y conduce al ulterior análisis del sueño, y es, a la vez, somnífera.

Para algunos, esa coincidencia entre la forma y el asunto es un logro. Para mí, no lo es. Dante nos lleva por su Purgatorio sin que sintamos, al leerlo, que pasamos un siglo en el purgatorio (eso sería pretencioso y gratuito); nos señala la experiencia del tiempo de la espera sin imponérnosla, sino sugiriéndola a la imaginación. En la lectura de las Mil y una noches nos extraviamos en la noche –en el relato que ocupa el lugar del sueño dentro del sueño– y accedemos a la experiencia del infinito, pero no nos perdemos, pues hay una claridad atómica, una contundente visibilidad interna, en la escala de la frase y la conjunción. Mi reparo a Zama no es que sea lenta, ni que sus transiciones argumentales sean abruptas, ni, mucho menos, que en ella “no pase nada”, como sería el reparo de un espectador formateado por Hollywood. Sin embargo, mi reparo es también conservador: creo que una obra de arte tiene que establecerse como un lugar, aunque sea para realizar luego una operación de desubicación y dislocación; que debe establecer unas coordenadas para ser un mundo en sí misma y así poder decir otro mundo. Que debe ser elementalmente clara.

En el cine y en la literatura me opongo al imperio de la trama, pero no al del suspenso. Pues el suspenso no radica necesariamente en el “¿Qué va a pasar?”, sino que puede proceder también de la inteligibilidad. El espectador siente deseo de ver la escena siguiente si ha entendido algo de la anterior. Si entiende, entonces quiere entender más. Si se ubica en un nivel, entonces quiere profundizar. Zama es formidable y también creo que es fallida: para decir lo que dice y provocar cuanto provoca, no era necesario que cansara tanto. Pero siento que quizá también esa falla es franca, elocuente y bella.

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