Fotograma de Octubre (1927), de Serguéi Eisenstein. Fotograma de Octubre (1927), de Serguéi Eisenstein.

El teatro eléctrico

Animados por la censura y conscientes de la necesidad de separar el cine de otras formas de arte, los directores rusos de los años veinte le dieron un vuelco formal a una industria entonces incipiente. De Vértov a Eisenstein, una generación que buscó lo excepcional por encima de la norma.

2017/02/24

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

Los años veinte. La década prodigiosa. Cuando los pioneros del cine lo inventaron todo para decidir el rumbo que aguardaba en el futuro. Con el riesgo y el coraje que hicieron de sus películas aventuras de dimensiones épicas. Por ejemplo, filmar la vida de Napoleón y proyectarla simultáneamente en tres pantallas, multiplicando el relato de su historia, un director de temperamento heroico, Abel Gance, sorprendió a su público en 1927 cuando estrenó la megaproducción en la que se rebasaron los límites físicos y emocionales del mundo recreado en la penumbra de una sala.

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