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ETA baja el telón: una columna de Antonio Caballero

El escritor y periodista revisa una fotografía para ver cómo tres etarras parecen, más que terroristas, actores con una cuidada puesta en escena.

2018/05/21

Por Antonio Caballero

No sé muy bien si esta fotografía corresponde a la ceremonia del día 5 de mayo en que se anunció la disolución de ETA, la organización independentista y terrorista vasca, o si retrata otro de los muchos anuncios de retirada o de reanudación de su lucha que esa banda ha hecho en sus 59 años de existencia. En todo caso sin duda es una foto reciente, porque muestra una ETA próspera, como corresponde a un País Vasco próspero, ya sea del lado español o del lado francés de la frontera que lo parte en dos. No es como las fotos aquellas de cuando la verdadera y dura clandestinidad de ETA, bajo el franquismo de hace medio siglo: fotos oscuras, desenfocadas y borrosas, con los enmascarados de turno tapados apenas con la mano, o con un trapo de asaltante de diligencias, o con un pasamontañas tejido en lana por su mamá. Es una foto de ricos.

Y de ricos exhibicionistas: vean esas capuchas de diseño de alta costura y de blancura impoluta, que parecen de seda, y a lo mejor lo son. Esa mesa vestida con un blanco mantel de hilo de holán, un mantel como los de los más elegantes restaurantes del País Vasco, que son los mejores y los más caros de España. También –a lo mejor– es uno de esos. Vean esas boinas negras y limpias, sin sudar, como de guardarropía de teatro. A lo mejor lo son. Y vean esos puños cerrados, enguantados de fino cuero negro, que se alzan en histriónico gesto de desafío. Los tres etarras de la mesa se destacan en negro sobre el profundo azul del telón de fondo, y llevan en el pecho el mismo afiche de ETA que cuelga detrás, blanco y azul claro, con su emblema de la serpiente enroscada en el mango de un hacha y su divisa de combate: “bietan jarrai”, que en vascuence –en euskera– significa “seguir con las dos”. Es decir, con las dos formas de lucha: la armada, representada por la fuerza del hacha, y la política, por la astucia de la serpiente. A la izquierda, completando el attrezzo, se yergue la ikurriña, la bandera vasca, roja, blanca y verde. Es una muy cuidada escenografía, que hace que los terroristas no parezcan terroristas: parecen actores de teatro.

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Crédito AFP.

Tal vez sea esa condición teatral la que explica la prolongación de la existencia de ETA durante sesenta años, cuarenta años más de los que justificaron el accionar militar y político de sus primeros tiempos. ETA nació para combatir la dictadura franquista, impuesta no solo sobre el País Vasco sino sobre España entera desde la guerra civil de 1936-39. Y se estrenó de manera espectacular (después se hizo una película) con la pirotécnica voladura en una calle del centro de Madrid del automóvil del presidente del gobierno y sucesor designado del dictador Francisco Franco, el almirante Luis Carrero Blanco, que saltó a 40 metros de altura y cayó despatarrado en el patio de una iglesia jesuítica. Fue la “operación Ogro”, aplaudida entonces (1973) en medio mundo por los románticos amantes de la libertad. Pero a continuación, y cuando muerto ya Franco en su cama los españoles se abrieron paso pacífico hacia la democracia en lo que se llamó La Transición, ETA no se disolvió, sino que siguió por el camino de la violencia. Sin contar al almirante Carrero, lleva hoy 853 asesinados por tiro de pistola en la nuca o por explosión de bomba en un supermercado o en un cuartel, 79 secuestrados en busca de extorsión económica, de los cuales 12 salieron muertos, y a pesar de varias amnistías e indultos tiene todavía unos 300 militantes presos. Y, volviendo a lo mismo, ha acumulado una docena o dos de convocatorias a ruedas de prensa con encapuchados de boina vasca y metralleta sentados a una mesa ante los fotógrafos para reclamar su derecho al asesinato en nombre de una opresión que desde hace cuatro décadas ya no existe.

Y que sin embargo en su teatral canto del cisne todavía alegan: dicen que seguirán luchando, aunque ya sin armas, por un País Vasco “reunificado, independiente, socialista, euskaldun, y no patriarcal”. ¿Reunificado? Nunca estuvo unificado, salvo tal vez en tiempos de las cuevas de Altamira (que no son vascas) hace 30 mil años. Independiente nunca ha sido: voluntariamente Vizcaya y Guipúzcoa se unieron a la Castilla y al Aragón de los Reyes Católicos hace cinco siglos. Lo de “socialista” no es verosímil, dado que ETA, y más en general el nacionalismo vasco, es militantemente racista: eso es lo que significa la palabra “euskaldun”, o vasco verdadero. Y lo de “no patriarcal” parece un chiste: tal vez no haya en todo el mundo una sociedad más matriarcal, y en consecuencia más machista, que la vasca de los gudaris (combatientes) etarras.

Pero bueno. Ya no pegan tiros. Que dejen de hacer teatro.

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