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Granizo

"Se necesita una mente disciplinada para separar meteorología y teología. Yo no la tengo." Una columna de Andrea Mejía.

2017/11/22

Por Andrea Mejía

Después de la tormenta de granizo empecé a leer a Pablo de Tarso, el judío y ciudadano romano que persiguió a una secta de galileos que seguía “la nueva vía” y empezaba a emerger por todos los confines del Imperio. En medio de un camino Pablo tiene una revelación, se convierte a la secta que perseguía y se vuelve el fundador de lo que hoy conocemos como cristianismo. Pasó de ser Saúl el perseguidor, el hombre de ley, a ser Paulus, el pequeño. Aceptó la invasión de una cosa enorme y monstruosa que en vez de destruirlo lo salva. Aunque no deja de murmurar que tiene una espina enterrada en la carne, algo que resulta muy perturbador, su corazón parece una enredadera en flor, algo potente y reptante. La mayor parte del tiempo uno no tiene idea de lo que está hablando, tan duros y fuertes son sus enigmas. Y aunque soy más bien ignorante de los Evangelios, encontré en Pablo, a diferencia del resto del Nuevo Testamento, un pensamiento intenso, personal, penetrante. Al mismo tiempo vital y amenazador. Con una traducción del griego lo más literal posible, no cristianizada ni adormecida por siglos de reiteración doctrinal, y a pesar de que temblé de principio a fin leyendo sus cartas, salí de ellas transformada. Se necesita una mente disciplinada para separar meteorología y teología. Yo no la tengo. En realidad no empecé a leer a Pablo por la tormenta sino por la calma pavorosa que al día siguiente cubrió la ciudad. Con esa calma, ese sol y los pájaros que volaban de una rama a otra como envueltos en una campana insonorizada, estaba en verdad asustada. Me puso inquieta tanta quietud. Era como si el mundo se hubiera tomado un ansiolítico potente. Pensé que no solo no existe el fin del mundo, sino que el tiempo permanece idéntico, independientemente de lo que contenga, de la dicha o la desdicha que lleve en su bolsa. No valen los desastres meteorológicos ni las violentas sacudidas. Ni las masacres, ni el amor, ni las fiestas. No vale la embriaguez histórica o individual en la que estamos dando vueltas como en remolinos. No vale lo corto y lo brutal, lo delicado y lo pasajero: el tiempo es siempre el mismo. Es como si la materia del presente permaneciera intocada en el fondo. Si esto es así, el tiempo es una ilusión, como escribió una vez Einstein acerca de la muerte de un amigo. “Michele se me ha adelantado en dejar este extraño mundo. Es algo sin importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, por persistente que esta sea”.

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