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La crisis de la decisión electoral

Tres mecanismos clásicos que contribuían a darle pistas al electorado sobre el nivel de compatibilidad entre sus preferencias y las de los políticos hoy están en crisis y sin mucha capacidad de cumplir con su propósito.

2018/02/20

Por Sandra Borda

Por décadas los politólogos hemos alimentado el mito del elector racional. Se trata, en síntesis, de un elector en condiciones de tomar decisiones hiperinformadas sobre la base de una definición clara de sus prioridades y de sus preferencias en materia política. Siempre creímos que, en la medida en que alguien tuviese claro qué temas le importan y cuál es su posición frente a los mismos, era simplemente cuestión de encontrar el candidato o partido político que más se acercara.

Recientemente, varios académicos han insistido en la necesidad de desmitificar la elección racional para intentar incorporar en la explicación el papel de las emociones. Cramer-Walsh, haciendo referencia al triunfo de los republicanos en el estado de Wisconsin, llegó a la conclusión de que el resentimiento, como emoción, es el pilar mismo de la decisión electoral. Quien mejor logre articular esta emoción y transformarla en discurso político, más probabilidades tiene de ganar elecciones.

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La decisión electoral es, entonces, una decisión imperfecta, desinformada y muy poco racional. En este escenario, cualquier mecanismo que contribuya a reducir estos niveles de incertidumbre y a hacer de la decisión electoral un fenómeno menos azaroso debe ser potencializado. Pero resulta que allí también estamos en problemas. Tres mecanismos clásicos que contribuían a darle pistas al electorado sobre el nivel de compatibilidad entre sus preferencias y las de los políticos, hoy están en crisis y sin mucha capacidad de cumplir con su propósito. Los partidos políticos, los medios de comunicación y las encuestas electorales están sumidos en una crisis de credibilidad sin precedentes y ello solamente contribuirá a hacer más difícil la decisión electoral y a incrementar las probabilidades de que nos equivoquemos a la hora de poner el tarjetón en la urna.

Para empezar, los datos de múltiples encuestas muestran que la confianza e identificación de la gente con los partidos políticos es cada vez más baja. Evidencia clara de su desprestigio es la tendencia de los candidatos en estas elecciones a presentarse a la contienda por firmas en vez de hacerlo a través de los partidos políticos tradicionales. Los partidos son atajos o guías que le ayudan a los electores a identificar quién se acerca más a sus preferencias políticas: por pura cuestión de tiempo, un elector no puede escuchar a todos los candidatos (especialmente en las elecciones legislativas) y sus propuestas. Los partidos políticos le ayudan a reducir el espectro de los candidatos compatibles con sus intereses y, de esta forma, facilitan la identificación del elector con los políticos. Si los partidos son débiles y los candidatos hacen campaña fuera de ellos, los electores se confunden, se llenan de información desarticulada y poco útil y esto puede desplazar sus preferencias políticas y dejarlos vulnerables a la siempre más fácil política de las emociones.

Los medios de comunicación cumplen con la función de transmitir masivamente las propuestas y posiciones de los candidatos y de esta forma, en teoría, facilitan un voto más informado. El problema es que en la actual coyuntura, la gente ya no cree que los medios estén transmitiendo esta información en forma equilibrada y objetiva. La encuesta de LAPOP muestra que la confianza de la gente en los medios en 2008 era de un 64,5% y para 2016 ya iba en un 35,8%. Así que los medios tampoco están contribuyendo a reducir la confusión y la incertidumbre de los electores. Y para añadirle injuria al insulto, no solo están en una difícil crisis de credibilidad, sino que adicionalmente han proliferado múltiples formas de comunicación –las denominadas fake news– que intensifican la desinformación y aumentan la confusión de los electores.

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Por último, si bien las encuestas no pueden ni deben determinar preferencias políticas, en algunos casos sí le ayudan al elector a tomar decisiones más pragmáticas: el votante puede tener preferencias políticas claras e informadas, pero también puede estar interesado en votar “útilmente” y no “perder” su voto en un candidato con el que es muy compatible pero que no tiene ningún chance de ganar. Pero desafortunadamente –y esto no sucede solo en Colombia–, los resultados de las encuestas se han apartado muchísimo de los resultados de los procesos electorales recientes. Tanto, que hay una gran divergencia en el electorado en materia del candidato que favorece y el que realmente cree que va a ganar. De hecho, a pesar de que Fajardo y Petro son los que más alto puntúan en las encuestas más recientes, la gran mayoría de la gente cree que el ganador será el candidato que clasifica –dependiendo de la encuesta– como tercero o cuarto (Vargas Lleras). Las encuestas como guías parciales también están fallando.

Así las cosas, los votantes se encuentran en un escenario de intensa confusión. Ninguno de los factores que se supone deben contribuir a superar esa condición está realmente cumpliendo con esa función y, al contrario, están creando grandes distorsiones y produciendo un altísimo nivel de desconfianza entre el electorado. Una democracia se caracteriza justamente porque haya incertidumbre antes de los procesos electorales, no se supone que debamos saber ya quién ganará. Ese no es el argumento. El punto es que hoy el elector se encuentra más políticamente desinformado que antes (paradójicamente, en la medida en que estamos en la denominada “era de la información”), y por tanto el riesgo de que tome una decisión al azar y/o equivocada (no acorde con sus preferencias políticas) se ha incrementado ostensiblemente.

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