Curruca tropical (Polioptila plumbea) 70x90 cm Fotografía digital. Bogotá. 2016. / Foto: Alfonso J. Venegas. Curruca tropical (Polioptila plumbea) 70x90 cm Fotografía digital. Bogotá. 2016. / Foto: Alfonso J. Venegas.

Re-activa Berlín

El descubrimiento de un amor, de una pulsión, de una relación entre dos HSH -hombres que tienen sexo con otros hombres- es también el inicio de un enfrentamiento con la idea de la muerte, de la enfermedad y el valor y la responsabilidad de enfrentarla. Historia de dos hombres.

2017/11/22

Por CamiloArt * Bogotá

El día en el que se conocieron Alejandro y Patrick ocurrió lo que nunca más volverían a hacer (de esa forma). Días antes del encuentro acordaron telefónicamente una entrevista luego del concierto gratuito que Patrick dirigiría en la Filarmónica de Berlín. Y así fue. Cumpliendo la cita, Alejandro tocó a la puerta y en menos de nada Patrick estaba desajustándole el cinturón. No hubo tiempo de explicaciones, no tenían protección. Esas cosas a veces pasan, de momento, sin planearlo. Solo esa vez lo hicieron así. En adelante se cuidaron, pero pues ya qué.

Patrick se preocupó cuando supo la situación de su efebo. Era de esperarse. Ad portas de irse a Berlín y que ocurriera todo esto, su esposa le propuso que, mientras el viaje, abrieran la relación. Ahora se arrepentía de haberse negado. En estas circunstancias, él también podría estar en riesgo. No tenían otra opción que esperar, Alejandro y Patrick, el resultado. No era tanto, tres meses y sabrían. En ocasiones la tensión los acompañaba y resto de preguntas. ¿Qué pasaría con Carolyne y las niñas? ¿Cambiaría su relación consigo mismo de ser positivo? ¿Quién tenía la culpa?

Patrick desde jovencito sentía tanta cercanía con la muerte, con el otro lado. En realidad no le afanaba tanto. Podría tener un diálogo más efectivo con ella. Recurrió a la literatura y los viajes, a besar la cara peluda de Alejandro. Carlos Castaneda era su oráculo; Fernando Pessoa, su santo. Cambió las novelas por los cuentos. Dejó de lado a Carver por ser tan hetero para esta faceta, se volcó en los beats, en Ginsberg, en Burroughs. Patrick y Alejandro se fueron a vivir juntos. La pasaban bien; cocinaban, salían a bailar, leían como cerdos, sacaban fotos y hacían el amor todo el tiempo. No era muy diferente con Carolyne. Cocinaban, salían a bailar, leían como cerdos, ella pintaba y él componía en el piano y hacían el amor todo el tiempo. Él la extrañaba, pero no la estaba pasando mal. Carolyne sabía todo de él, bueno, casi todo, incluso que su roomate en Berlín era Alejandro. Estaba al tanto de los planes de su esposo, los sitios que visitaba con su amigo, era la primera en darle “me gusta” a sus fotos en Instagram.

Pasaron tres meses y el resultado dio reactivo. Lo esperaban. Alejandro estaba diagnosticado hace cuatro años. Había sido un accidente, pero ¿qué se le va a hacer? Inició tratamiento recién ocurrió la transmisión y la verdad es que no sentía nada de odio por el tipo que había sido. Esto no era un asunto de culpas, ni de odios. Esas cosas pasan. Y Patrick tampoco odiaba a Alejandro. Lo quería mucho. ¿Quién iba a imaginar que apenas cerraran la puerta del camerino pasaría eso? En verdad no hubo tiempo para hablar.

En Alemania, a Patrick le quedaban más de tres años para terminar su contrato con la Filarmónica de Berlín. En esos años viajó algunas veces a Colombia, visitaba a su esposa que, claro, lo extrañaba, pero se enfocaba en la pintura en su ausencia, además porque siempre que Patrick estaba, ella se distraía mucho. Eso era lindo, pero a veces un poco raro. Les llevaba regalos a sus hijas, a Carolyne la llevaba a restaurantes lindos, hablaban todo el tiempo, como enamorados. La pasaban muy bien, jugaban con las niñas, él cocinaba para todas. Ambos se dedicaban a una crianza más tradicional.

A Carolyne le inquietaba un poco que luego de tantos años juntos, él llegara con la obsesión del condón; por arriba, por abajo, siempre y casi para todo. Ella no quiso preguntarle por qué. Imaginaba cosas, no era tonta. Pero él estaba allá y ella estaba acá y en ese tiempo que compartían, lo que primaba era pasarla bien. También ella se cuidaba en su ausencia, ni más faltaba. La noche antes de volver a Berlín, él le pidió a ella que se pusiera un dildo. Ella accedió, animosa, al acto. Tomó a su esposo por la espalda, lo llenó de lubricante y se corrieron. ¿Por qué no habíamos hecho esto antes? Preguntó ella.

* Escritor. Trabaja en la Liga Colombiana de Lucha Contra el Sida.

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