Foto: Alfonso J. Venegas.

Estación Museo Nacional

Una crónica imaginaria de un trayecto, una ensoñación y una desaparición en Bogotá.

2017/11/22

Por Lorena Duarte* Bogotá

Cuando esperaba el bus en la estación del Museo Nacional un joven pasó por detrás de mí y noté que me estaba mirando la cola de manera lujuriosa. Me subí al bus y aquel joven ya se había sentado en las sillas azules del bus híbrido. Volvió a mirarme. Él quedó sentado en la silla de adelante y eso me permitió observarlo todo el tiempo. Me llamó la atención que tuviera una camisa vaquera: siempre tuve predilección por ellas, al igual que por ciertos olores masculinos. El joven tenía una barba espesa que lo hacía ver mayor de lo que en realidad era. Tendría unos 25 años y aunque estaba muy sucio y andrajoso, tenía una belleza natural por el equilibrio de sus facciones. Una raíz recta y bien definida, pómulos salientes, ojos negros y profundos con unas pestañas largas, crespas, enmarcados en unas espesas cejas. Para rematar, unos labios gruesos y bien delimitados. Tenía una cachucha azul que lo protegía del sol, me imagino, por las largas jornadas que debía pasar a la intemperie. También tenía un pequeño costal, era amarillo, marcado con el logo de arroz Roa.

Seguía observándolo desde atrás como una espía secreta. Alguien se sentó a su lado. Era un señor mayor, canoso que sacó una Biblia y empezó a leerla. Eso llamó mucho la atención del joven e iniciaron una conversación. El joven le preguntó si era cristiano a lo cual el anciano asintió con la cabeza. Cuando el chico empezó a hablar me dí cuenta de que era de origen campesino –tal vez boyacense por el acento que tenía–. Hablaron sobre cómo todos somos pecadores. El señor mayor le decía que era necesario aprovechar la vida que teníamos porque no sabíamos cuándo la podemos perder. El anciano respondió que por eso era importante hacer las cosas bien en la Tierra para que cuando tuviéramos el llamado del Señor estuvieran todas nuestras deudas espirituales saldadas y poder descansar tranquilos en la eternidad. Súbitamente el joven se levantó apurado porque ya se tenía que bajar. Empezó a sentirse su angustia puesto que por estar hablando con el anciano no se había alcanzado a bajar en aquella parada. Daba retumbos contra el piso y les pegaba insistentemente a las barandas. Timbraba y timbraba sin ningún resultado (de pronto no sabía que el bus solo se detendría en el próximo paradero. Quizá tampoco sabía que probablemente solo se estaba postergando ese encuentro con lo espiritual…). Dicen que las cosas siempre suceden por nuestro bien... o quizás no. El bus llegó a la siguiente estación. El joven se bajó abruptamente y salió corriendo por la séptima con calle 70. A los pocos segundos un carro que venía a gran velocidad lo arrolló, salieron a volar su cachucha y su costal amarillo. No se movió más. Tampoco supe más de él. El anciano continuó leyendo su Biblia mientras esperaba volver a casa.

* Actriz, cursa la maestría en Artes Vivas en la Universidad Nacional.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación