| 6/26/2018 10:00:00 PM

La distopía naranja: ¿Qué peligros encarna el modelo cultural de Iván Duque?

La economía naranja ha sido una de las banderas del presidente electo, Iván Duque, desde que trabajaba en el BID. Analizamos el concepto –su realidad, su plausibilidad– a la luz de sus promesas de gobierno. ¿Qué peligros encarna esta visión de lo cultural?

'Not Hot Dog', una instalación en Silicon Valley. Foto: Jim Bennett/ Wireimage. 'Not Hot Dog', una instalación en Silicon Valley. Foto: Jim Bennett/ Wireimage.

"Los imperios del futuro serán imperios de la mente”. Las palabras son, decía Iván Duque en un congreso sobre propiedad intelectual en Cartagena en 2015, de Winston Churchill. Con ellas, el entonces senador intentaba conquistar a los más importantes representantes de ese gremio hablando de las bondades y perspectivas de un proyecto de desarrollo económico del que, desde hace más de diez años, se ha presentado como un fiel portavoz: la llamada economía naranja, o economía creativa.

Antes de lanzarse a la política, Duque había ejercido como jefe de la División de Asuntos Culturales, Creatividad y Solidaridad del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), desde donde auguraba con particular ímpetu la idea de que, en un futuro cercano, las industrias creativas serían la base del crecimiento económico de los países.

La premisa básica de su definición (expuesta en el libro La economía naranja: una oportunidad infinita, que publicó en 2013 junto con Felipe Buitrago, su jefe programático en la campaña presidencial) es sencilla: “Transformar los contenidos simbólicos en bienes y servicios para la sociedad”. John Howkins, a quien Duque bautizó como “el Adam Smith de la economía creativa”, fue quien primero agrupó, bajo una misma etiqueta, los circuitos de producción y consumo de esos bienes y servicios en una lista que incluye desde el patrimonio cultural, el entretenimiento y las artes, hasta las empresas de diseño y software. En últimas, y como dice el mismo Howkins, con ese rótulo se pretende medir los beneficios económicos del vasto número de industrias vinculadas a la producción y comercialización de “contenidos intangibles de carácter cultural”, a través de indicadores con los que se evalúa el estado de cualquier actividad económica: demanda, ganancia, margen, impacto en el pib, generación de empleo y porcentaje de exportaciones.

Hoy, el fortalecimiento de la economía creativa es uno de los principales blasones del programa de gobierno de Duque. Entre otras, el presidente electo ha prometido crear un viceministerio de Economía Naranja en el ministerio de Cultura, establecer Áreas de Desarrollo Naranja (espacios de desarrollo público-privado para negocios creativos, a la manera de los creative districts de las grandes ciudades del mundo) y duplicar el PIB basado en esas industrias al 2025. Todo enmarcado en un plan que promete también ofrecer beneficios tributarios a estos negocios y construir centros de capacitación para adquirir “las habilidades base para participar de los beneficios de la Economía Naranja”.

El año pasado, Duque dio el primer paso: fue el principal artífice de la Ley 1834 de 2017, conocida como Ley Naranja, que busca “desarrollar, fomentar, incentivar y proteger las industrias creativas”. Gracias a ella, se formalizó la cuenta satélite de cultura, un sistema de información para rastrear el impacto de las industrias creativas en la economía nacional. El gobierno nacional también se comprometió a generar estrategias e incentivos para potenciar estas industrias, y se creó el Consejo Nacional de la Economía Naranja, presidido por el ministro de Cultura, que tiene como objetivo fortalecer “instituciones públicas, privadas y mixtas, orientadas a la promoción, defensa, divulgación y desarrollo de las actividades culturales y creativas”.

¿La cultura como negocio?

A pesar de los consensos sobre la necesidad de respaldar y vigorizar las industrias culturales que engloba la ley, algunos representantes del sector cultural colombiano la miran con sospecha. En un comunicado de mayo de 2017, la Unidad Nacional de Artistas afirmó que con ella se pretendía “eliminar la obligación del Estado de garantizar, auspiciar, financiar y defender la cultura y el arte nacionales” y que, bajo este modelo, la cultura “desaparece como derecho y se convierte exclusivamente en un negocio de las empresas del entretenimiento”. El comunicado, sumado a la presión de líderes como Aurelio Suárez, analista económico y columnista, despertó preguntas sobre el enfoque estructural del sueño naranja de Duque. Santiago Trujillo, gestor cultural, fundador de Idartes, y uno de los más abiertos críticos de la ley, afirmó que era “una tímida proclama electoral para la candidatura de un sector político, cuyo jefe se siente orgulloso de decir públicamente que nunca va al cine y que, mientras ocupó la Presidencia, liquidó orquestas, bandas, museos y espacios de formación artística”.

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El diagnóstico de Trujillo va más allá. Entre otros asuntos porque señala que el estudio de Duque y Buitrago, sobre el cual está montado su programa de fomento cultural, “nunca pudo explicar por qué, a pesar de las cifras maravillosas que presentan de la participación de la cultura en nuestra economía, los artistas ganan tan poco y tienen trabajos tan inestables”. También sostiene que tanto la ley como las propuestas de Duque en esa dirección parecen quedarse cortas en términos de acciones claras o alcances precisos: “Sus premisas son meramente mercantiles y enuncian asuntos medulares (como sus fuentes de financiación, institucionalidad, estructuras funcionales e instrumentos de implementación) de manera poco rigurosa”.

Además de la preocupación por la vaguedad sobre los “asuntos medulares”, a ciertos actores del sector cultural les inquietan los detalles ausentes. José Ricardo Alzate, actor y líder de la cartelera cultural Salallena.com, en Medellín, hace énfasis sobre tres puntos neurálgicos que los proyectos de política pública naranja, según él, no han abordado: la formalización laboral de los creadores en las industrias creativas, el monopolio de la gestión de derechos de autor de empresas como la Organización Sayco Acinpro y la ausencia de un trato diferencial para pequeños, medianos y grandes productores. “No se puede medir bajo el mismo modelo a quienes organizan un toque de punk independiente que a quienes traen a Roger Waters”, afirma.

En esa misma línea, a algunos líderes del sector cultural les queda otra espina: la conciliación que el enfoque político de Duque vaya a poder establecer entre la comercialización de la creatividad y el respeto por la diversidad y los derechos culturales. Clarisa Ruiz, gestora cultural y exsecretaria de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, considera que se debe empezar por garantizar esos derechos y reconocer la diversidad cultural como la condición básica para potenciar una verdadera economía creativa. “Sería importante preguntarle a Duque si entiende las industrias creativas como algo relacionado con derechos culturales, diversidad y pluralidad de identidades, o solamente como el consumo de bienes y servicios de manera estandarizada”, dice.

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La primera opción no parece ser la que motiva la hoja de ruta de Duque hacia un fortalecimiento de las industrias creativas. Inspirado en ciudades como Londres, Montreal y Los Ángeles, Duque ha considerado su sueño económico naranja pensando en las “zonas francas creativas” o clústeres creativos: agregados de empresas privadas de tecnología y bienes culturales que intercambian conocimiento y recursos para favorecer cooperativamente sus negocios, beneficiados por exenciones tributarias. Como expone César Ferrari, doctor en Economía, esos nuevos modos de organización económica vienen de contextos particulares, y por eso muy difícilmente pueden ser calcados. “Más que intentar fundar un Silicon Valley en Colombia, como quiere Duque, sería más valioso promover mayores competencias en los mercados financiero, de transporte o de comunicaciones para que sean más eficientes”. Para el experto, el concepto de economía naranja “es solo un nombre que suena bonito para algo que ha estado siempre en la base de toda actividad económica: un acto de creación”.

Ya se aplica

El modelo de clúster, aunque reciente, ya empieza a aplicarse en algunas ciudades. Un caso sonado es Manizales, donde la Cámara de Comercio detectó 1449 empresas dedicadas a actividades comerciales asociadas a las áreas de negocio de la economía naranja (un 8 % del tejido empresarial). Una concentración empresarial relevante ha sido ParqueSoft, una “iniciativa clúster de arte digital, ciencia y tecnologías de la información” que agremia a 38 empresas que proveen “soluciones de conocimiento y tecnología”. Este modelo concentra de forma más directa el sueño naranja de Duque y Buitrago: centros de exportación de bienes y servicios creativos articulados desde las tic, usos estratégicos de la propiedad intelectual y fortalecimiento del comercio de bienes inmateriales a través de redes de pequeñas empresas de creatividad.

Según Alzate, la dificultad está en conciliar, desde las políticas del Estado, las actividades y áreas tan diversas que pretende agrupar el proyecto de la economía naranja. Las particularidades de un contexto culturalmente diverso como el colombiano hacen que, por ejemplo, las acciones que deben ejecutarse para potenciar las industrias de servicios creativos (como los de ParqueSoft) no puedan ser las mismas que deben seguirse para, por ejemplo, proteger el patrimonio cultural o fortalecer los museos y festivales públicos en las ciudades. “Más que replicar modelos exitosos del exterior, lo que deberíamos potenciar y dinamizar son esquemas colombianos que conozcan los contextos regionales y nacionales, que con un empujón decidido podrían promover una verdadera transformación productiva de nuestro sector”, dice Trujillo, que cita entre esos modelos-experiencias a la Expedición Sensorial en Montes de María o la formación de talentos en la danza para la innovación social de Incolballet y el Colegio del Cuerpo.

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El rumbo de las políticas de robustecimiento de la economía creativa solo se conocerá después de la posesión de Duque el próximo 7 de agosto. Por ahora queda claro que, poco antes de su llegada al Palacio de Nariño, el sector cultural sigue en vilo. En últimas, lo que se negocia es una visión estructural del lugar y los usos de los bienes culturales y creativos en Colombia. También el rol que ejercerán los diversos órganos que Duque creará durante los próximos cuatro años, así como el futuro que un modelo como el de la economía naranja busca al descentralizar los esfuerzos públicos hacia industrias culturales privadas que, bajo este marco, serían las encargadas de gestionar y potenciar el sector creativo del país. La economía naranja parece ser un tránsito discursivo en el que la cultura se entiende más desde la economía que desde una perspectiva social, o incluso estética. Al leer la cuarta regla del famoso libro de Duque, algo de ese futuro sí podemos intuir: “La cultura no es gratis”.

*Editor digital de ARCADIA

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