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Édgar Garavito (1948-1999): Una poética de la transformación

En 2018 Édgar León Garavito Pardo estaría cumpliendo 70 años. Para su aniversario se prepara un libro que contiene varios de sus manuscritos inéditos de sus clases en Los Andes y en la Alianza Colombo-Francesa. Un homenaje a un filósofo que pensó lo trans en Colombia, antes de que se hablara de ello.

2017/11/22

Por Cristina Rojas Tello* Bogotá

En abril de 1948 doña Cecilia Pardo de Garavito tenía siete meses de embarazo. El 9 de abril fue asesinado uno de sus hermanos. Édgar Garavito, nacido en junio de 1948, decía que esa fecha había marcado su vida y su filosofía; afirmaba que él había absorbido el dolor y el miedo de su madre y que, desde ese momento, y durante toda su existencia, había sentido el deseo de no haber salido del vientre.

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Tras las huellas de Édgar Garavito contacté a Consuelo Pabón, su esposa y compañera en el momento más prolífico de su vida filosófica e intelectual. Pactamos encontrarnos en su casa de La Calera, ubicada justo antes del peaje de Patios, un día de semana, a las nueve de la noche.

Ella misma me abrió la puerta. Es una mujer hermosa, de unos 50 años, con una sonrisa cálida y un aire entre mágico y erudito. Pabón ha dedicado su vida al oficio de la filosofía. Entre sus temas de investigación están el cuerpo, el arte, el performance, la crueldad y el chamanismo. Es profesora de la Universidad Pedagógica Nacional. Se doctoró en París VIII con una tesis llamada “La filosofía y su doble”, que contrasta con su más reciente investigación sobre las formas alternativas de construir la paz desde el saber indígena, particularmente desde la danza. Su cátedra de Pensamiento Colombiano es un desafío a la filosofía tradicional, que no se limita a los filósofos europeos, sino que muestra a sus estudiantes que en Colombia se hizo pensamiento filosófico desde antes de la conquista y que se sigue haciendo hoy en día, como lo constata en sus viajes a diferentes comunidades indígenas.

Su casa es un lugar de libros, de objetos indígenas, que huele a chimenea y a madera. Había pensado que a esa hora íbamos a estar solas para hablar de Édgar Garavito, pero estaba reunida con varias personas, algunas de ellas indígenas del Putumayo, de Puerto Leguízamo, de rasgos fuertes, selváticos y rotundos. Me invitó a sentarme frente al fuego y me ofreció agua de panela caliente. Luego, me preguntó por mi proyecto de investigación. “Para entender la transcursividad hay dos autores fundamentales: el primero es Nietzsche, sobre todo el libro cuarto del texto Así habló Zaratustra; el otro autor es Fernando Pessoa quien, en una sola noche, se transformó en 14 personalidades diferentes que, cada una, escribían distinto. Es allí cuando aparece la transcursividad en la literatura”, me dijo. Y agregó que le le había interesado mi investigación porque desde los estudios de género nadie le había preguntado por la transcursividad. Aseguró que nada era casualidad y que prefirió invitarme a hablar de Édgar en ese contexto, pues fue el chamanismo el primer tema que lo llevó a pensar la transcursividad. “El primero pero no el definitivo ni el más determinante”, sentenció.

Edgar Garavito y su compañera, Consuelo Pabón, a finales de los años noventa.

Fue el transcurso de chamán a Tigre Mojano lo que en un principio despertó la curiosidad de Édgar Garavito y un ejemplo recurrente en las clases de antropología que dictaba en la Universidad de los Andes entre 1981 y 1982, para explicar la transcursividad dentro del discurso antropológico. El Tigre Mojano es, en resumen, un tigre espiritual. En aquellas clases acostumbraba invitar a su amigo William Torres, quien era un antropólogo de la Universidad Nacional que inició un camino de conocimiento a través del chamanismo a finales de los años ochenta, conocido por sus investigaciones etnográficas con las comunidades huitoto, sikuani, koguis, kamentsá y por su libro Uturuncu Runa, historias de la gente jaguar, cuyo tema principal es precisamente la transformación del chamán en jaguar.

Escuchar a Consuelo hablar de Édgar es experimentar cómo se intercambia constantemente el maestro, el amante, el filósofo, el amigo, el cómplice, el personaje insufrible que la impulsaba a salir de la pequeña habitación en París a caminar por el frío solo para regresar horas después y reiniciar algún juego erótico que les permitía ser otros.

Pero más allá del devenir tigre del chamán fue el mismo Édgar una suma de transcursos vitales, transcursos por lugares, estudios, personalidades pero con lugares fijos que sirven de puntos de observación a sus transformaciones.

La transcursividad: crítica de la identidad psicológica, publicado en el año 1997, pero escrito entre 1980 y 1985, fue el trabajo de grado con el que obtuvo su título de doctor en filosofía y una de las 15 tesis que dirigió el pensador francés Gilles Deleuze a lo largo de su vida académica. Otros de sus textos son Escritos escogidos; La risa heterogénea o los peligros de la homogénesis; Tiempo y espacio en el discurso de Michel Foucault.

Gilles Deleuze, a la izquierda, y Édgar Garavito, a la derecha, en París.

Para Garavito, la misión del filósofo es la de crear conceptos: el concepto es la herramienta del pensar filosófico, y estos conceptos cumplen una función social y política pues las sociedades han hablado a través de sus filósofos: el pensamiento cartesiano del siglo XVII, el pensamiento kantiano del siglo XVIII y el pensamiento nietzscheano del siglo XIX. Cumpliendo este precepto, Édgar creó el concepto de la transcursividad. Su obra está profundamente influenciada por el pensamiento francés, particularmente por la obra de Gilles Deleuze.

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Édgar en un principio entró a la Universidad Nacional de Colombia a estudiar Medicina. Estando en segundo semestre cayó en una depresión que le hizo pensar que ese no era su lugar. No resistía el olor a formol, las prácticas en la morgue. Estando en esa crisis llegó a leer a Henry Marcuse en plenos años setenta. Este y otros autores le abrieron un camino que le permitió interpretar todos los aspectos de la contracultura y darse cuenta de que tenía una facilidad especial para entender la sociología y la filosofía. Decidió entonces entrar a estudiar Sociología en la Universidad Santo Tomás.

A pesar de encontrar un lugar más acorde a su sentir, su espíritu crítico lo llevó a crear resistencia frente al carácter religioso y clerical de la institución dentro de un movimiento estudiantil al lado de Consuelo Uribe y German Rey, entre otros.

Esta movilización hizo que lo expulsaran de la universidad y, por eso, se mudó a Medellín para terminar sus estudios de Sociología en la Universidad Autónoma Latinoamericana.

Intelectualmente, en los años setenta, Medellín era muy diferente a Bogotá. Allí el pensamiento francés estaba a la orden del día, Foucault y Deleuze eran estudiados con dedicación mientras que en Bogotá aún prevalecía el estudio del marxismo.

Es en Medellín donde Édgar profundiza en Deleuze y en Foucault se convierte en conocedor de su obra. Tanto conoció la obra de estos dos filósofos que profesores en Medellín como Antonio Restrepo y Luis Alfonso Palau lo invitaron a dictar clases sobre filosofía francesa cuando todavía era estudiante. Allí comenzó a forjarse como educador al igual que sus padres.

Tras graduarse en Medellín, Garavito regresó a Bogotá y se hizo maestro en varias universidades de la ciudad. En este mismo momento se fue a vivir con Consuelo Uribe, su primera compañera. En 1977, Garavito se fue a estudiar a París, a la Universidad de la Sorbona donde, precisamente, conocería a Deleuze. El filósofo postestructuralista, nacido en París en 1925, fue uno de los grandes críticos e inspiradores de mayo del 68. Y entre sus obras, como La lógica del sentido; El Anti Edipo o Mil Mesetas, Garavito sintió que había encontrado una inmensa fuente de conocimiento. A finales de los años setenta Édgar se graduó de la Sorbona y regresó a Bogotá. En 1979 se hizo maestro de la Universidad de los Andes. Ese mismo año se separó de Consuelo Uribe. En estos años Édgar estuvo de un lado a otro, incluso estuvo un tiempo en España como invitado de German Rey y su esposa, donde escribió algunas columnas para el diario El Mundo y el ensayo La máquina barroquizante y Roland Barthes: una filosofía del placer que hace parte de su libro Escritos escogidos. En ese momento, Deleuze aceptó ser su tutor de tesis de doctorado. En 1981, y de regreso a la Universidad de los Andes, conoció a Consuelo Pabón, su segunda compañera.

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Estas líneas de esbozos autobiográficos solo pretenden demostrar que toda la vida de Édgar Garavito fue un transcurso. En 1981, viajaría de nuevo a París, en donde se encontraría con Pabón, para adelantar estudios en París VIII, la universidad en la que Deleuze y varios filósofos de una universidad habían creado en Vincennes, un suburbio de París, y luego trasladada al norte de la capital francesa, a Saint Dennis, como un experimento social tras los acontecimientos de mayo de 1968. Una universidad libre, o con la ilusión de serlo. Allí Édgar adelantaría su doctorado sobre la transcursividad.

Fotografía de los años noventa.

Todo en Édgar, insisto, fue un transcurso: desde su infancia hasta su relación con Consuelo Pabón, desde la pluralidad de identidades que lo habitaban hasta París. Seguramente muchas más razones había, pero fueron principalmente estas tres las que lo precipitaron en la búsqueda de un concepto que diera cuenta de la experiencia vital que rompe la identidad impuesta. La necesidad de explicar esos recorridos pulsionales del ser humano lo llevó al concepto de la transcursividad.

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La palabra “consuelo” persiguió a Édgar durante toda su vida; fue un punto fijo en medio de sus transcursos. Cuando era niño, se empecinó en que le regalaran una muñeca, lo cual no era bien visto ni en esa época ni ahora. Fue tanta su persistencia que un día se la regalaron. La muñeca se llamaba Consuelito. Ese nombre, decía Édgar, lo había marcado, porque así mismo se llamaron sus dos compañeras: Consuelo Uribe y Consuelo Pabón.

Su relación con Consuelo Pabón fue un escenario de experimentación, de creación. Un lugar, tal vez el único, en el que pudo ser él mismo y pudo sacar a la luz todos los transcursos que lo habitaban, gracias a la complicidad de una compañera que lo empujaba a la aventura de ser o, más bien, de no ser. La suya fue una relación perversa, como ella misma la describe. Perversa porque se permitía muchas cosas que una pareja convencional de aquellos tiempos no se hubiera atrevido. Consuelo Pabón fue una compañera sexual, una interlocutora, una mujer discursiva que no temía transformarse en otros seres. Una mujer con la capacidad de convertirse en otros seres fue una apuesta frente a la que Édgar no dimitió, todo un campo de experimentación.

La otra apuesta era la de construir otro tipo de relación, en la que los roles impuestos de lo femenino, lo masculino o de lo humano podían intercambiarse o desaparecer, donde lo más importante era la experiencia vivida como una aventura filosófica. “Nuestro amor estuvo vinculado directamente con la guerra, guerra de cada cual contra sí mismo y contra el peligro de caer en una identidad, en un nosotros, en una conyugalización. Fuimos aliados en la pasión suprema de destruir nuestras propias identidades”.

Ese fue el sentido erótico y filosófico que sustentó su relación durante los 15 años que estuvieron juntos. Después de su separación, Édgar moriría y Consuelo tomó la decisión de seguir caminando sola. “Esa fue nuestra tragedia, solo podíamos funcionar si teníamos una perversión que nos pudiera mantener juntos, por eso fue una relación trágica, porque no pudimos separarnos”. Consuelo era ménade, ella encarnaba la estética de la crueldad. Édgar era el anacoreta, el encarnaba en sí mismo la transcursividad.

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A Édgar le gustaba andar por las ciudades asimilando el lugar donde estaba, fue volviéndose parisino aún cuando era colombiano en un acto consciente para asimilar y absorber toda aquella ciudad. Se transformaba en el lugar y en la persona con la que iba a interlocutar según la edad, la cultura, la posición socioeconómica, incluso el género, en un acto que implicaba preparación previa hacia ese transcurso. Esos transcursos le permitían ser otro y entenderlo. El transformarse en el otro era una tarea filosófica, pues no era representación ni actuación, era vivencia. Retomaba para ello el concepto de Deleuze de cambio de velocidad y en eso cambiaba su ropa, su pronunciación, su traje.

París siempre habitó a Édgar. Allí tenía a Gilles Deleuze por maestro, Mil Mesetas en el horizonte, a Consuelo como interlocutora y la imagen de Marilyn Monroe que siempre reía en el techo de la pequeña habitación parisina.

Marilyn Monroe, una de las fascinaciones de Garavito.

A Édgar le encantaba ir a las calles de prostitutas en París: la Rue Saint Denis y la Rue Blondel. En esas calles habitaban mujeres que exhibían sus cuerpos de formas elegantes, seres a los que les gustaba asumir diferentes identidades en su quehacer. Había, por ejemplo, una Úrsula Andress, una Venus de las pieles y otros personajes diversos. Ellas asumían una pluralidad de identidades en su oficio y eso a Édgar le encantaba. Un París de prostitutas transcursivas fue otra inspiración para él.

La transcursividad como concepto define la posibilidad de transformación del ser humano en un ser diferente al que impone la biología, lo jurídico, lo social, incluso lo que imponen los propios transgenerismos. Permite reconocer el franqueamiento de la identidad y el resurgir de un nuevo yo en constante transformación, sin que esto se lea desde lo médico o lo patológico. En ese sentido, una experiencia de vida trans desde el concepto de transcursividad más que leerse como una enfermedad a curar, se lee como una experiencia poética, filosófica y estética.

Consuelo Pabón en 2014.

Cuando le pregunté a Consuelo qué pensaría Édgar hoy frente al tema de la diversidad sexual, me respondió que estaría feliz de ver cómo las personas hacen cada vez más visibles sus transcursos por el género. Seguramente sería muy crítico frente a la idea de tránsitos que tienen un solo sentido o que se detienen o llegan a un lugar fijo.

*Profesional de la Dirección de Diversidad Sexual del Distrito.

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