Sandra Borda. Ilustración: Nicolás Gutiérrez. Sandra Borda. Ilustración: Nicolás Gutiérrez.

El año del retroceso: una columna de Sandra Borda

"2018, al igual que 2017, fue otro de esos años en que tocó poner el hombro para resistir el poder cada vez más aplastante del discurso autoritario que se viene tomando el mundo".

2018/11/27

Por Sandra Borda

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Si alguien me hubiese preguntado hace cinco años si veía posible un retroceso, como el que presenciamos en la actual coyuntura en lo que podríamos llamar “ideas liberales”, no se me hubiese ocurrido pronosticar el lúgubre escenario actual. Casi por reflejo, los seres humanos tendemos a abrazar y celebrar los avances como si fueran contundentes e irreversibles. Pero en el mundo liberal, con su lento y gradual deterioro, nadie imaginó que íbamos a tener que volver a explicar los problemas que trae la discriminación en todas sus formas; que íbamos a tener que defender de nuevo los derechos de las minorías; que nos tendríamos que devolver para insistir en señalar que la xenofobia no es una manera sana de interactuar con los otros. En otras palabras, nadie imaginó que íbamos a tener que volver a empezar de cero.

Pero aquí estamos. Y 2018, al igual que 2017, fue otro de esos años en que tocó poner el hombro para resistir el poder cada vez más aplastante del discurso autoritario que se viene tomando el mundo; un discurso que ya conocemos, especialmente en América Latina, y que combina peligrosamente una forma populista de hacer política, el regreso del proteccionismo económico y los cierres de fronteras, el uso de la religión como criterio fundacional para decidir a quién se le conceden y a quién no derechos, el reencauche de una cultura militar que privilegia las soluciones de mano dura por efectistas, una afición notable por desarticular y deslegitimar (a las buenas o a las malas) los movimientos sociales, y una tendencia a construir enemigos apelando a diferencias raciales o culturales. Y en muchas sociedades, esta tendencia encuentra grandes aliados en los esfuerzos internacionales por debilitar el discurso y la práctica de los derechos, y el quehacer de las organizaciones internacionales. Adentro y afuera, no es un buen momento para ser una minoría.

La coincidencia entre las ideas que comparten estos nuevos autoritarismos no es gratuita. En buena parte, porque más allá de casos aislados, con más y menos matices, hay un discurso común que les está abriendo paso a estos nuevos populismos de derecha en nuestras sociedades. Permítanme mencionar solo una de las ideas que forma parte de este discurso y que además tuvo gran difusión durante el año que se termina.

En varios de los países que ahora son gobernados por la derecha he escuchado de viva voz la misma reivindicación: “Estamos hartos de la dictadura de lo ‘políticamente correcto’, por fin podemos decir lo que pensamos”. Claro, líderes como Bolsonaro y Trump, y en alguna medida Uribe en Colombia, han liberado a los espíritus autoritarios, y hoy esos espíritus flotan en nuestra cultura política con más libertad que antes. Muchos consideran eso un avance: “Ahora sí tenemos una verdadera diversidad de opiniones, ahora sí tenemos un debate honesto y transparente”. El problema con esta supuesta libertad es que abre el espacio para que los actos de discriminación se conviertan en simples opiniones y sean aceptados y normalizados como tales. Estamos volviendo así a los tiempos en que era perfectamente normal y aceptable decirle a una mujer que es tan fea que nadie sería capaz de violarla, que preferiríamos un hijo muerto a homosexual, y que jamás permitiríamos un matrimonio interracial en la familia. Cuando ya habíamos empezado a erradicar parcialmente las prácticas discriminatorias del lenguaje, las derechas populistas se hicieron elegir masajeando y enarbolando al misógino, al racista y al homófobo que algunos (no pocos) llevan dentro. Del uso del lenguaje al hecho hay poco, y por eso en la agenda de estas nuevas derechas reconocer el derecho al aborto de las mujeres, el derecho a la familia de la población LGBTI y el derecho a la igualdad de las minorías raciales son todas propuestas de política pública claves.

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Ahora bien, la discriminación sin sustento teórico es casi una patología. Así que esta liberación de los espíritus del yugo liberal de lo “políticamente correcto” debe contar con un sustento más trascendental. En esto creo que las derechas nos proponen sustituir el discurso liberal garantista de derechos por un discurso con sustento en lo religioso y en la cristiana y siempre muy confusa distinción entre “lo bueno” y “lo malo”. Las constantes referencias bíblicas de Bolsonaro y de los republicanos en Estados Unidos, la cercanía del actual gobierno colombiano a los grupos cristianos, el papel de la iglesia católica en la decisión argentina sobre el aborto son todos indicios de un reacercamiento entre la iglesia y el Estado. Este acercamiento ha hecho que las diversas formas de discriminación que validan y promueven la derecha obtengan entonces un sustrato de inmenso valor: el ya milenario discurso segregacionista y excluyente –construido con obsesivo cuidado por las religiones y sus respectivas iglesias– cae como anillo al dedo en el proyecto de la derecha de despojar paulatinamente a las minorías de sus derechos y reducirnos a todos las libertades a su mínima expresión.

Así las cosas, y con las grandes masas de electores en modo celebratorio gracias a que la derecha les ha permitido liberar los rasgos autoritarios de su personalidad con el argumento religioso como trasfondo, estamos condenados a la eterna paradoja de elegir nosotros mismos a aquellos que nos quieren despojar de nuestros derechos. Y mientras tanto, el resto seguimos debatiéndonos sobre cuál es la mejor manera de resistir: ¿será empoderando aún más a las minorías para que compitan en lo electoral? ¿Será apropiándose aún más del discurso de los derechos; por impopular que resulte eso en estos días? ¿Será victimizándose? ¿Será con condenas contundentes frente a los mismos rasgos autoritarios que provienen del otro lado del continuo ideológico –v.gr. el régimen de Maduro–? ¿Será que un discurso tibio y poco comprometido le baja el volumen a la polarización y permite abrir el espectro político un poco más, y así podremos salir en algo de la trinchera? ¿Será que lo mejor es sentarse a esperar a que pase la mala racha?

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