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Por qué la FILBo estará dedicada a las emociones: una reflexión de Giuseppe Caputo

El director cultural de la FILBo explica por qué este año pone en el centro las emociones.

2018/04/17

Por Giuseppe Caputo

Este artículo forma parte de la edición 151 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Cuando sale del ojo una lágrima, lo íntimo se vuelve público. Nuestro mundo interior se hace visible y también se mezcla con el mundo de afuera (nuestro mundo interior moja al resto del mundo, cae sobre él), y ya no es posible entender por separado lo privado y lo público, lo personal y lo político. Basta una lágrima para demostrar que lo personal, lo íntimo de nuestra vida, es también político.

En su edición de este año, la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) pone en el centro las emociones: todo aquello que, como una lágrima, nace en nuestro cuerpo mientras experimentamos el mundo –cuando el mundo, al decir de Spinoza, entra en nosotros–, pero también aquello que sacamos o se sale de nuestro cuerpo y vertemos en el mundo: la tristeza, la alegría, el miedo, la rabia… Lo mismo que ocurre con una lágrima ocurre con un temblor, con una carcajada, con un grito: un estado interior se exterioriza; algo que nació en nuestro cuerpo sale de allí, o de allí lo sacamos. Sale, se incrusta en el mundo y lo afecta como también el mundo nos afecta.

Lo propio ocurre con las palabras. Se forman cuando una parte del mundo entra en nosotros, y nosotros después podemos sacarlas de nuestro cuerpo o ver cómo a veces parecen salir solas, entreverando, como lo hacen las emociones, lo personal y lo político.

Pocas acciones y estados hacen más evidente esa inseparabilidad de lo privado y lo público que la lectura y la escritura, actos íntimos capaces de reconstituir el mundo. En su novela En tu vientre, el escritor portugués José Luís Peixoto, invitado a la FILBo, imagina las palabras que expone un sacerdote a Lucía, una de las niñas pastoras que aseguró haber visto a la Virgen María en Fátima en 1917: “Una mentira, fina como un cabello, perturba para siempre el orden del mundo. Lo que sabemos tiene mucha importancia. Tomamos decisiones, vamos por aquí o por allá, según aquello que sabemos. Y todo lo que vendrá después, el futuro hasta el final de los tiempos, será diferente si vamos para un lado en vez de ir por otro… Una mentira, aunque sea blanca, perturba el entendimiento que los demás tienen de la realidad, los lleva a creer aquello que no es. Esa contaminación les perturbará la lógica del mundo. Las conclusiones a las que sean capaces de llegar serán calculadas a partir de un dato falso y, desde ese momento en adelante, todas las cuentas serán multiplicaciones de errores. Una mentira desordena todo lo que toca, desequilibra el mundo… Cuando se abre la boca para soltar una mentira, la primera, hija de nada que la justifique, no tiene noción completa de hasta dónde llegará… Se está liberando a un depredador voraz… Una sola mentira puede mantener en cautiverio a generaciones enteras de personas que todavía no han nacido”. El sacerdote parte del acto íntimo de la fe (acto tan íntimo como público) y, sin negar el milagro o el deseo de un milagro, advierte de la capacidad que tienen las palabras de rehacer el mundo: queda la duda en esa novela, y por eso Peixoto es un autor tan asombroso, de si las palabras de Lucía están dañando el mundo o reparándolo, haciéndolo extraviarse para siempre o dándole una nueva oportunidad.

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Otra invitada a la feria, la escritora chilena Diamela Eltit, también mira lo que nos daña y nos repara en esa intersección permanente –en esa indisolubilidad– de lo personal y lo político. En su libro El infarto del alma (1994), basado en la visita que hace a un hospital psiquiátrico, un espacio habitado por “hombres y mujeres ante los cuales debo disimular la profunda conmoción que me provoca la precariedad de sus destinos”, “figuras deformadas por los fármacos”, “cuerpos que transportan señas sociales”, muchos de ellos incluso sin identidad civil, Eltit escribe: “Hay tantos enamorados que ya pierdo la cuenta. Se alimentan, se cuidan. Se alimentan un poquito y se cuidan como pueden y a la manera radiográfica veo la gran metáfora que confirma a toda pareja; la vida entera anexada a otro por una taza de té y pan con mantequilla. Ellos están viviendo una extraordinaria historia de amor encerrados en el hospital; crónicos, indigentes, ladeados, cojos, mutilados, con la mirada fija caminando por las dependencias con todos sus bultos a cuestas. Chilenos, olvidados de la mano de Dios, entregados a la caridad rígida del Estado”. El libro contiene una doble reparación: da cuenta de cómo estos seres, “los más desprovistos del mundo”, se dan a sí mismos y en los actos más íntimos –el desayuno, las caricias, el sexo– lo que la sociedad no les brinda. Eltit nota cómo ellos intentan resarcir lo dañado, poblar su despojo –¿puede una acción ser más evidentemente política?–, y al dar testimonio de eso, se emociona, nos emociona y les concede otra reparación.

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Que la FILBo quiera hablar de emociones significa que quiere hablar de conmoción: de eso que el mundo nos provoca y de aquello que podemos provocar en el mundo. De todo lo que nace y ocurre en nuestro cuerpo por causa del mundo, y de todo lo que puede nacer en el mundo a partir de nuestra soledad e interacción con él.

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Por razones de fuerza mayor, Sandra Borda no pudo escribir su columna para esta edición.

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